Cuando la política necesita un enemigo, a veces basta con mirar el horizonte.
Hay enemigos que existen. Y hay enemigos cuya principal utilidad consiste en no existir nunca.
Sobre esa paradoja construyó Dino Buzzati una de las novelas más inquietantes del siglo XX. En El desierto de los tártaros, una fortaleza dedica su existencia a vigilar un inmenso desierto del que, según la tradición, debería surgir una invasión. Nadie ha visto jamás a los tártaros. Nadie puede asegurar siquiera que existan. Sin embargo, toda la lógica de la fortaleza depende de esa amenaza. Cada guardia, cada relevo, cada ascenso y cada esperanza encuentran sentido en la posibilidad de un enemigo que nunca termina de aparecer. Mientras tanto, el tiempo hace su trabajo silencioso; los jóvenes envejecen, las generaciones se reemplazan y la vida se consume contemplando un horizonte que jamás devuelve aquello que prometía. Lo extraordinario de la novela es que el desierto nunca cambia; quienes cambian son los hombres que, convencidos de que la gran batalla está por llegar, terminan descubriendo demasiado tarde que el verdadero adversario fue el tiempo perdido esperando un enemigo que quizás nunca existió.
No es una novela sobre la guerra, sino sobre el poder que necesita esperar una guerra para justificar su propia existencia.
Algo de esa vieja fortaleza parece haberse instalado entre San Juan y La Rioja.
Cada tanto, desde un lado de la cordillera política alguien lanza una declaración. Del otro llega una respuesta inmediata. Se convocan conferencias de prensa, se escriben comunicados, se multiplican las entrevistas y las redes sociales se llenan de defensores del honor provincial. Durante algunos días pareciera que el destino de ambas provincias depende de ese intercambio.
Después llega el lunes. Los hospitales siguen esperando recursos, las escuelas continúan enfrentando los mismos problemas, los productores siguen preguntándose cómo vender más, los jóvenes continúan buscando trabajo y la infraestructura permanece esperando inversiones. Pero la batalla discursiva ya cumplió su función.
En la fortaleza de Buzzati necesitaban que los tártaros aparecieran para justificar décadas de vigilancia. Nuestra política necesita enemigos para justificar varios días de agenda.
Mientras la opinión pública discute quién respondió con mayor firmeza, quién fue más patriota o quién ganó la pulseada mediática, otras preguntas desaparecen silenciosamente.
¿Qué ocurre con el endeudamiento? ¿Dónde están las inversiones que transforman la economía? ¿Por qué la transparencia sigue siendo una asignatura pendiente? ¿Cómo evolucionan el empleo, la educación y la producción?
Es curioso. Cuando esas preguntas comienzan a instalarse, siempre parece levantarse una tormenta de arena en el horizonte. Y entre la polvareda aparece un nuevo adversario. A veces es el Gobierno nacional. A veces una provincia vecina. A veces un gobernador. Da exactamente igual quién ocupe ese papel. Lo importante es que alguien distraiga la conversación.
Buzzati comprendió que el verdadero enemigo nunca fueron los tártaros. El verdadero enemigo era el tiempo perdido esperándolos.
Nuestra política ha perfeccionado esa metáfora. Los gobernadores ya no esperan invasores montados a caballo. Esperan un micrófono, una declaración o un tuit; una oportunidad para librar una batalla simbólica que dure exactamente el tiempo suficiente para desplazar del debate los problemas reales.
Y entonces aparecen funcionarios, asesores y comunicadores ocupando las murallas de esa fortaleza moderna llamada redes sociales. Desde allí vigilan el horizonte. No buscan soluciones. Buscan conflictos, porque los conflictos producen titulares y los titulares, durante unas horas, producen olvido.
Quizá, después de todo, los tártaros nunca lleguen. Quizá nunca existieron. Pero la espera habrá cumplido su objetivo: mantener ocupados a los centinelas mientras la realidad seguía pasando por otro lado.
Y cuando el polvo del desierto vuelva a asentarse, uno de los gobernadores tendrá el privilegio de viajar a Estados Unidos en pleno Mundial, con todos los gastos cubiertos, para hablar de inversiones, recorrer estadios y sonreír para las fotografías. El otro regresará a su despacho preguntándose cuál será el próximo enemigo al que deberá señalar para que nadie vuelva a mirar demasiado de cerca los resultados de su gestión.
Los ciudadanos, en cambio, seguirán exactamente donde comenzaron esta historia: esperando que la política abandone la fortaleza de los enemigos imaginarios y empiece, por fin, a conquistar el único territorio que realmente importa.
El de las soluciones.














