Angaco se respeta

Jun 7, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Cuando el poder intenta disciplinar territorios mediante presión política, los pueblos recuerdan que la democracia no pertenece a los gobiernos, sino a los ciudadanos.

La política argentina tiene una costumbre peligrosa: cuando un territorio deja de responder automáticamente al poder central, comienzan las operaciones. Primero, rumores. Luego, amenazas veladas. Después, denuncias selectivas, expedientes repentinos, operadores reciclados y cadáveres políticos que vuelven a caminar como si la historia jamás los hubiese juzgado. En Argentina, los cadáveres políticos rara vez resucitan solos. Siempre existe electricidad estatal detrás del milagro.

Muchos sanjuaninos fueron testigos, en las últimas semanas, del tono utilizado por el gobernador Marcelo Orrego hacia el intendente de Angaco, José Castro. No fue una diferencia política. Fue algo más antiguo: la lógica del patrón territorial, no la de un gobernador republicano. Hubo advertencias públicas, insinuaciones incómodas y una presión política que muchos interpretaron directamente como una amenaza institucional hacia el intendente. La escena recordaba más a ciertos métodos de disciplinamiento de las viejas mafias italianas del siglo XX que a una convivencia democrática entre autoridades elegidas por el voto popular. Después comenzaron a aparecer demasiadas casualidades. Causas. Operaciones. Resurrecciones políticas.

Pero hay algo que ciertos estrategas de escritorio no comprenden: Angaco no es solo un departamento. Angaco es memoria. Es identidad cultural. Es permanencia histórica. Mucho antes de que existieran partidos políticos, ya existía Angaco. Lleva en sus entrañas la persistencia huarpe. Y eso no es folclore: es carácter histórico, dignidad colectiva. Los pueblos originarios sobrevivieron a conquistadores porque entendieron que ningún hombre gobierna eternamente.

Por eso es ingenuo creer que una inauguración parcial de una carretera puede modificar la conciencia de un pueblo. Cortar una cinta no convierte a nadie en dueño moral de un territorio. La dignidad de una comunidad no se inaugura. La memoria colectiva no se compra con actos oficiales. La gente distingue cuándo una obra nace como política de Estado y cuándo como escenografía electoral.

El pueblo de Angaco observa. Observa al diputado desesperado por construir poder territorial sin haber construido jamás una idea trascendente. Observa al concejal que confunde obediencia partidaria con liderazgo. Observa a los operadores que hablan de renovación mientras practican lo mismo que destruyó la credibilidad política argentina.

Pero, sobre todo, observa la prepotencia. La vieja arrogancia del poder provincial. Esa enfermedad que lleva a ciertos funcionarios a creer que administrar recursos públicos les otorga superioridad moral sobre los ciudadanos. Un gobernador constitucional no es propietario de una provincia. No administra súbditos ni silencios. Administra temporalmente recursos que pertenecen a toda la sociedad.

El pueblo de Angaco tiene autoridades elegidas por el voto popular. Y la voluntad popular, señor gobernador, no se aprieta, no se condiciona, no se negocia. Se respeta. Porque, en democracia, los pueblos no pertenecen a los gobiernos. Pertenecen únicamente a los ciudadanos que votan. Y el voto de Angaco ya habló. Se acepta.

Cuando un gobierno considera que los municipios deben alinearse obligatoriamente para evitar conflictos, la autonomía institucional deja de existir y comienza la lógica feudal del sometimiento político. Angaco no parece dispuesto a aceptar ese papel. Porque tiene memoria, identidad, historia y algo que los armadores políticos subestiman: dignidad colectiva.

La historia argentina está llena de hombres poderosos que creyeron controlar provincias enteras. Todos terminaron descubriendo lo mismo: el poder es transitorio; la memoria popular, no. El miedo político tiene fecha de vencimiento; la dignidad colectiva, no.

Por eso algunos dirigentes se desesperan por controlar Angaco. Porque los pueblos sin memoria son fáciles de administrar. Pero los pueblos con memoria hacen preguntas incómodas: preguntan por las amenazas, por las causas repentinas, por los cadáveres que vuelven exactamente cuando el poder los necesita.

Tal vez allí resida el verdadero temor: no en perder un municipio, sino en descubrir que todavía existen pueblos capaces de mirar al poder directamente a los ojos. Pueblos que no se arrodillan. Que no olvidan. Que recuerdan quiénes eran antes de que existieran los gobiernos y quiénes seguirán siendo cuando los gobiernos ya no estén.

Los gobernadores pasan. Los diputados pasan. Los concejales oportunistas pasan. Las campañas pasan. Pero los pueblos permanecen. Y Angaco… la noble Angaco… ha permanecido demasiado tiempo en la historia para convertirse ahora en propiedad política de un gobierno provincial prepotente y matonesco.

Angaco, señor gobernador, se respeta.

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