Consumo, coartadas y costumbres
Se discute cuándo abrir, para no discutir por qué nadie vuelve.
En una provincia donde el precio es alto y el servicio pésimo, el horario no va a hacer la diferencia. El problema no está en la franja horaria sino en la escena completa, en ese pequeño teatro cotidiano donde el cliente entra con expectativa y sale con resignación. Se puede abrir de corrido, extender la jornada, sofisticar el discurso con estudios y estadísticas, pero mientras el valor percibido siga siendo menor al precio pagado, la decisión final será siempre la misma. No volver.
El impulso del cambio, acompañado por la Universidad Nacional de San Juan, aporta datos que durante años nadie tuvo o nadie quiso tener. Eso ordena. Pero no transforma. Porque el problema del comercio sanjuanino no es la falta de información. Es la falta de reacción frente a una realidad que hace tiempo dejó de ser discutible.
Las cámaras empresarias se aferran a la siesta como si fuera un rasgo identitario innegociable, casi una tradición constitucional. Los sindicatos empujan derechos con una retórica que a veces parece detenida en otra economía, en otro consumidor, en otro país. Y en el medio, la academia mide, clasifica, segmenta. Todos hablan. Nadie corrige lo esencial.
La discusión del horario funciona, en ese contexto, como una coartada elegante. Permite debatir sin incomodar, opinar sin exponerse, simular movimiento sin asumir costos. Porque cambiar el horario es fácil. Cambiar la cultura del servicio no.
Y ahí es donde el diagnóstico se vuelve incómodo. El comercio sanjuanino, en términos generales, no compite por experiencia. Compite por inercia. Vende porque está, no porque seduce. Atiende porque debe, no porque entiende. Y en un mercado donde el consumidor compara cada vez más, esa lógica ya no alcanza.
Lo que debería estar en el centro del debate no es el reloj, es la formación. Capacitar vendedores, profesionalizar la atención, construir valor real. Entender que hoy el cliente no compra solo un producto, compra una experiencia completa. Pero eso exige inversión, tiempo y, sobre todo, autocrítica. Tres variables escasas en cualquier sistema que se acostumbra a sobrevivir sin cambiar.
Y luego está el ritual. Porque también conviene decirlo. Sindicatos, gremios y asociaciones necesitan moverse para justificar su lugar. Y pocas cosas resultan tan eficaces como reactivar discusiones estacionales. Cada invierno trae su propio debate. Cada verano, su propia resistencia. Un ciclo perfecto donde todos participan y nada cambia.
Mientras tanto, el consumidor ya votó. Compra menos, selecciona más, se desplaza sin aviso. No necesita estudios para decidir. Le alcanza con una mala experiencia.
Se adapta al horario.
Pero no negocia la decepción.














