Minería, frontera y omisión
San Juan tiene el recurso, la ley y la razón. Pero olvidó algo más importante: el territorio no se administra desde un mapa. Y cuando eso ocurre, el desarrollo deja de ser promesa… y empieza a ser conflicto.
El problema no empezó en La Rioja.
Empezó mucho antes, cuando San Juan creyó que tener la mina era suficiente.
Porque en minería —como en política— la posesión nunca garantiza el control. Apenas lo insinúa.
El Proyecto Vicuña lo expone con una claridad incómoda. Jurídicamente, San Juan está en lo cierto. La mina está en su territorio, sus leyes aplican, su “compre local” es legítimo. Incluso el propio intendente riojano Hugo Páez lo admitió sin rodeos.
Pero la ley ordena el papel.
No ordena el territorio.
El punto ciego
San Juan hizo bien lo difícil: atraer inversión, consolidar reglas, sostener un perfil minero.
Lo que no hizo —y hoy se paga— fue pensar el sistema.
Porque el proyecto no existe solo en Iglesia.
Se mueve, respira y se abastece atravesando La Rioja.
Y en ese tránsito aparece lo que nadie quiso gestionar: la dependencia.
La suspensión judicial del corredor no es un exceso.
Es la consecuencia de un modelo incompleto.
No alcanza con gritar “minería”
Hay algo más incómodo que el conflicto. Su origen.
San Juan instaló un discurso fuerte en torno a la minería.
Lo repitió. Lo defendió. Lo convirtió en bandera.
Pero confundió intensidad con capacidad.
Porque no alcanza con gritar “minería”.
Hace falta saber administrarla.
Y administrar minería no es inaugurar ni anunciar.
Es coordinar.
Es anticipar.
Es negociar.
Es integrar.
La capacidad profesional de la dirigencia no es un detalle técnico.
Es el corazón del modelo.
Cuando esa capacidad falla, el resultado no es silencio.
Es conflicto.
El error de creer que la ley alcanza
San Juan legisló.
Pero no articuló.
Confundió jurisdicción con control.
Y eso, en proyectos de frontera, es un error estructural.
El “compre local” defendido como escudo terminó funcionando como límite.
No porque esté mal —no lo está—, sino porque fue pensado sin entorno.
Mientras tanto, La Rioja quedó en una zona incómoda:
Aporta tránsito.
Aporta trabajadores.
Recibe impacto.
Pero no participa.
Esa ecuación no es injusta.
Es inestable.
Y toda inestabilidad, tarde o temprano, se expresa.
Lo que se debió hacer (y no se hizo)
No faltaban recursos.
Faltó dirección.
San Juan debió construir, desde el inicio, un esquema distinto.
Acuerdos interprovinciales reales.
Licencias ambientales compartidas.
Integración laboral progresiva.
Mesas de gobernanza permanentes.
Infraestructura planificada como sistema.
Nada de esto es ideológico.
Es técnico.
Y cuando lo técnico se reemplaza por discurso, la realidad se encarga de corregir.
Tener la mina no es tener el poder
San Juan posee el recurso.
Pero no controla todas las variables.
Ese es el núcleo del problema.
En minería moderna, el poder no está solo en el yacimiento. Está en la red:
Accesos.
Licencia social.
Estabilidad institucional.
Articulación territorial.
Cuando uno de esos nodos falla, el proyecto deja de ser propio… aunque lo sea en los papeles.
No es un conflicto. Es un límite
Esto se pudo evitar.
Pero evitarlo requería algo más que voluntad política.
Requería capacidad.
Capacidad de anticipar.
Capacidad de integrar.
Capacidad de gobernar un sistema, no solo un recurso.
Porque la minería no se declama.
Se gestiona.
Y cuando la gestión queda por debajo del discurso, ocurre lo inevitable: la realidad deja de escuchar… y empieza a interrumpir.
San Juan tiene la mina.
Ahora necesita algo más difícil: estar a la altura.
Porque cuando la emoción reemplaza a la planificación, el resultado no es desarrollo… es improvisación.
Y un ejemplo empieza a asomar, silencioso pero evidente.
La zona franca de Jáchal.
Otra vez la expectativa.
Otra vez el anuncio.
Otra vez la promesa.
Pero con la misma pregunta de fondo, todavía sin responder: ¿hay capacidad para sostener lo que se promete?
El problema es que el desarrollo… siempre llega después.
Y en el medio, donde debería haber capacidad, aparece la evidencia más incómoda.
La incapacidad.
Un gobierno que anuncia más de lo que entiende.
Que ejecuta menos de lo que promete.
Y que reemplaza equipos técnicos por lealtades.
No es un desliz.
Es un método.
Faltan técnicos.
Sobran consignas.
Se confunde gestión con militancia.
Profesionalismo con pertenencia.
Planificación con relato.
Y cuando eso ocurre, el resultado no es neutro.
Es caro.
Porque los proyectos no fallan por falta de recursos.
Fallan por falta de conducción.
San Juan tiene la oportunidad.
Pero sigue sin resolver lo esencial: quién está realmente preparado para sostenerla.














