“Salgo a volar, San Juan, tu abril maduro, donde el reposo de la vendimia se ha propuesto un sueño póstumo para enterrar las penúltimas rosas…” (Fragmentos de la zamba cuyana San Juan en otoño atraviesan este texto).
Gobernar en tiempo de vendimia
Hay estaciones que explican mejor que los discursos.
El otoño, por ejemplo, no es una caída.
Es una transición.
Es el momento en que lo que fue cosecha empieza a convertirse en memoria.
Marcelo Orrego asumió prometiendo eso: una nueva vendimia política.
Orden. Transparencia. Gestión.
Pero gobernar no es inaugurar estaciones.
Es sostenerlas.
Y en San Juan —donde todo se mide en ciclos— el problema no es lo que se dijo en diciembre.
Es lo que empieza a percibirse en abril.
Porque hay algo en el aire —difícil de señalar, imposible de negar—: una sensación de madurez… sin transformación.
Como si la provincia hubiera llegado al punto justo… y alguien no hubiera sabido qué hacer con eso.
Educación: la promesa que no aprendió a enseñarse
“Salir, correr, silbar el viento, extraviar el pulso…” —la zamba ya lo decía—.
Hay desajustes que no hacen ruido.
Más de 16.000 estudiantes técnicos atraviesan un sistema que promete futuro, pero no logra ordenar el presente. Faltan docentes en áreas clave. Faltan condiciones. Falta decisión.
No es un problema de diagnóstico.
Es un problema de ejecución.
Porque una provincia que proyecta minería y no puede garantizar formación técnica no tiene un problema educativo.
Tiene un problema de coherencia.
Una promesa que no puede enseñarse es una promesa que empieza a desaparecer antes de cumplirse.
Y ahí —en ese desfasaje— la política pierde algo más que credibilidad.
Pierde dirección.
Minería: el poema que no vuela
“San Juan en otoño y en cualquier esquina no vuela el poema de todo este gris…”
El gobierno habla de minería como destino.
La sociedad la mira como interrogante.
Porque entre los proyectos y la vida cotidiana hay una distancia que no se cubre con cifras proyectadas.
En Iglesia, en Jáchal, en Calingasta, la pregunta no cambia:
¿Cuándo?
¿Cuándo el empleo deja de ser expectativa?
¿Cuándo el desarrollo deja de ser anuncio?
¿Cuándo el progreso deja de ser discurso?
La minería no está en discusión.
Lo que está en discusión es su traducción.
Porque cuando el poema no vuela, no es problema del viento.
Es problema de quien lo escribió.
La estructura: el pulso extraviado
“extraviar el pulso en informal desafío de los pájaros…”
Hay gobiernos que se desordenan.
Y hay gobiernos que pierden el pulso.
No es lo mismo.
El de Orrego no es un gobierno caótico.
Es un gobierno que todavía no termina de decidir qué criterio ordena sus decisiones.
La pertenencia aparece donde debería imponerse la capacidad.
La política ocupa espacios donde la gestión necesita precisión.
No es un error grave.
Es algo más peligroso.
Es una inercia.
Y las inercias, en política, no estallan.
Se acumulan.
Transparencia: el gris que no se termina de nombrar
“…un ocre misterio, color de ternura, que siempre olvidamos, nos torna feliz.”
Hay colores que seducen.
Y hay colores que encubren.
La transparencia en San Juan está en ese punto ambiguo donde la información existe… pero no alcanza.
La Fiesta del Sol no tiene un balance que permita medir su impacto real.
El Ironman se presenta como inversión, pero sin retorno claramente expuesto.
Los gastos públicos aparecen… pero no terminan de explicarse.
No es oscuridad.
Es penumbra.
Y la penumbra tiene una ventaja política: permite ver… sin obligar a entender.
Pero gobernar no es administrar lo visible.
Es hacer comprensible lo que se hace.
La distancia: el traje que ya no abriga
“parece mentira caminar tan solo, con el mismo traje de cielo y sin vos…”
Hay desconexiones que no se anuncian.
El gobierno habla en futuro.
La gente vive en presente.
El gobierno proyecta.
La gente calcula.
El gobierno explica.
La gente siente.
Y en ese desajuste —casi imperceptible— empieza a formarse una distancia.
No es ruptura.
No es rechazo.
Es algo más silencioso: una pérdida de coincidencia.
El otoño: no como caída, sino como señal
El error sería pensar que el otoño es el final.
No lo es.
Es advertencia.
Es el momento en que lo que estaba firme empieza a soltarse.
No por conflicto.
Por desgaste.
Orrego no está cayendo.
Pero tampoco está consolidando.
Está en ese punto donde el tiempo deja de ser aliado… y empieza a volverse pregunta.
La última estrofa
“San Juan en otoño y tú tan lejana… se me hace leyenda el gris de tu voz…”
Hay algo que el gobierno todavía no termina de registrar: la confianza no se rompe.
Se enfría.
Y cuando se enfría, no hay escándalo.
Hay distancia.
Marcelo Orrego todavía puede corregir el rumbo.
Pero hay algo que ya no puede hacer: seguir explicando lo que falta como si fuera parte del proceso.
Porque gobernar no es administrar la herencia.
Es interrumpirla.
San Juan no pide épica.
Pide precisión.
Que la capacidad deje de competir con la pertenencia.
Que la transparencia deje de sugerirse y empiece a demostrarse.
Porque todo lo demás —los anuncios, los discursos, los proyectos— puede sostenerse un tiempo.
Pero no indefinidamente.
Y cuando ese tiempo se agota, no hay ruptura.
Hay algo más definitivo: la política deja de doler… y empieza a volverse recuerdo.
Y entonces sí, como en la zamba, como en el otoño, como en las cosas que se pierden sin querer.
San Juan no se enoja.
Empieza a extrañar.














