Cuando nombrar a Sarmiento roza la blasfemia pública

Abr 27, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Transparencia, memoria y conveniencia

La credibilidad no se declama. Se prueba. Y cuando faltan pruebas, sobran los gestos.

Manual básico de administración simbólica

La gestión real deja rastros.

La otra deja actos.

Una se puede auditar.

La otra se puede aplaudir.

El problema empieza cuando los gestos reemplazan a los hechos.

Porque en política, el símbolo no es inocente. Se elige, se construye y —sobre todo— se utiliza. Y en ese uso, muchas veces, se revela más de lo que se pretende ocultar.

San Juan vuelve a entrar en esa zona incómoda donde la transparencia deja de ser un principio y pasa a ser una variable. Una variable que se ajusta según el momento, la necesidad o el costo político.

No es un error.

Es un método.

Cuando el dato falta, aparece la escenografía

Cuando las cuentas no aparecen, cuando los números no se explican, cuando los pedidos de información se diluyen en trámites que se estiran hasta volverse inofensivos, el poder no se queda inmóvil. Reacciona. Pero no siempre con datos. A veces, con escenografía.

Actos.

Placas.

Nombres.

No para esclarecer.

Para ocupar el vacío.

En ese movimiento aparece, inevitable, la figura de Domingo Faustino Sarmiento. Invocado como legitimación rápida, como si su sola mención alcanzara para cubrir aquello que no se explica.

Bautismos sin expediente (o cuando el mérito entra por la puerta de atrás)

Pero Sarmiento no fue un adorno de mármol. Fue, ante todo, un método.

Un hombre incómodo para cualquier administración que prefiera la niebla antes que la precisión. Porque su verdadera herencia no está en los bustos ni en los discursos escolares, sino en algo mucho menos fotogénico: la obligación de explicar.

Y ahí es donde el presente se vuelve elocuente.

Porque cuando no hay proceso, aparece el dedo.

Cuando no hay criterios, aparece la cercanía.

Cuando no hay ideas, aparecen los nombres.

Y así, lo que debería ser un reconocimiento público termina pareciéndose más a una decisión privada. Sin concurso, sin discusión, sin trazabilidad. Apenas una firma que ordena… y una sociedad que después intenta entender.

En ese punto, el homenaje deja de ser homenaje.

Se convierte en síntoma.

Porque los nombres, en política, deberían ser la consecuencia de una trayectoria verificable, no el punto de partida de una explicación pendiente.

El arte de tapar con símbolos

Entonces ocurre algo sutil pero revelador: el símbolo deja de iluminar y empieza a tapar.

No porque el símbolo sea débil.

Sino porque se lo está usando para cubrir una zona donde faltan datos.

Y en esa zona —difusa, imprecisa, cuidadosamente administrada— es donde crece la desconfianza. No como escándalo, sino como sospecha persistente. Esa que no necesita pruebas definitivas para instalarse, porque se alimenta de otra cosa: la ausencia de claridad.

Transparencia optativa, desconfianza obligatoria

La opacidad no siempre implica ilegalidad.

Pero siempre implica un problema político.

Porque en democracia, la legitimidad no se sostiene en la intención, sino en la verificación. Y cuando esa verificación no llega, la relación entre el Estado y la sociedad empieza a deteriorarse de forma silenciosa.

Primero se relativiza.

Después se normaliza.

Finalmente, se incorpora.

Y cuando se incorpora, el problema deja de ser un caso aislado para convertirse en una cultura.

El ciudadano molesto (o el problema de preguntar)

Una cultura donde explicar se vuelve opcional.

Donde responder es una carga.

Donde el ciudadano que pregunta empieza a incomodar más que el funcionario que no responde.

Ahí es donde la credibilidad cambia de naturaleza.

Deja de ser un activo.

Se transforma en deuda.

Y toda deuda —por más que se difiera— termina venciendo.

Antesala: cuando todo empieza con una pregunta

Ese es el punto crítico en el que hoy se encuentra la gestión. No en lo que anuncia, sino en lo que no logra demostrar. Porque cada silencio administrativo, cada dato incompleto, cada expediente que no se abre a tiempo, construye un contexto donde cualquier política futura nace condicionada.

Ya no se evalúa solo lo que se propone.

Se evalúa quién lo propone… y qué explicó antes.

Por eso, lo que viene no empieza con una compra ni con un programa.

Empieza con una pregunta.

Una sola. Incómoda. Persistente.

¿Dónde están las cuentas claras de lo que ya se hizo?

Final sin acto oficial

Porque el poder puede sostenerse un tiempo en la palabra, pero no sobrevive a la ausencia de pruebas.

El ciudadano no necesita un escándalo para desconfiar. Le alcanza con una duda que no se responde, con un número que no aparece, con una explicación que siempre queda para después. Ahí empieza el desgaste real, el que no se mide en encuestas sino en algo más silencioso: la credibilidad que se retira.

Y cuando la credibilidad se retira, lo hace sin aviso. No rompe, no estalla. Se ausenta.

Desde ese momento, cada anuncio suena más alto… pero pesa menos. Cada acto convoca… pero convence menos. Cada nombre que se invoca —incluso el de Domingo Faustino Sarmiento— deja de ser respaldo y pasa a ser contraste.

Porque ya no alcanza con nombrar.

Hace falta demostrar.

Y ahí, justamente ahí, es donde empieza a escribirse el verdadero balance de una gestión.

No en lo que dice.

En lo que puede probar.

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