Donde estaba Fordow, hoy hay un cráter

Jun 22, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

“Fordow ha desaparecido”, proclamó Donald Trump como si deletreara una victoria divina. La frase resuena como un eco oscuro de Hiroshima y Nagasaki, como un trueno sordo que arrastra los nombres de otras ciudades convertidas en polvo por la voluntad hegemónica de un imperio que, con cada siglo, encuentra nuevas formas de vestir la guerra con la retórica de la paz. Pero la historia es obstinada, y siempre vuelve a decirnos lo que no queremos escuchar: que ningún ataque preventivo es inocente y que cada bomba lanzada en nombre del orden mundial siembra una futura catástrofe en nombre de la justicia.

El 22 de junio de 2025, la humanidad volvió a abrir los ojos frente a un horror que ya conocía. Estados Unidos, en una maniobra unilateral y sin respaldo del derecho internacional, bombardeó las bases nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahán. El ataque, ejecutado con aviones B-2 y bombas GBU-57, fue anunciado por redes sociales como si se tratara de una actualización del mercado bursátil. El lenguaje oficial se volvió espectáculo y la guerra, contenido viral. El mundo, una vez más, fue convertido en tablero por quienes no están dispuestos a aceptar la multipolaridad del siglo XXI.

Este bombardeo no es un hecho aislado, sino el capítulo más reciente de una historia imperial que atraviesa más de un siglo. Lo que comenzó con la doctrina Monroe y las intervenciones en América Latina tomó un tono más siniestro en 1953, cuando la CIA orquestó el derrocamiento de Mohammad Mosaddeq en Irán, un primer ministro democráticamente electo que cometió el “crimen” de nacionalizar el petróleo. Desde entonces, Estados Unidos ha mantenido una política sistemática de sabotaje, presión y guerra encubierta en Medio Oriente, siempre bajo la excusa de proteger la democracia, cuando en realidad defendía sus intereses económicos y geoestratégicos.

La historia de la agresión al pueblo iraní —y por extensión al derecho internacional— se construye con el mismo molde que se usó para Vietnam, Irak, Libia o Siria. En todos los casos se parte de una narrativa: la necesidad de detener una amenaza. En Vietnam fue el comunismo; en Irak, unas armas de destrucción masiva que nunca existieron; en Libia, una guerra civil amplificada para justificar el derrocamiento de Gaddafi; en Siria, la excusa fue el uso de armas químicas. Ahora es Irán, el eterno enemigo preferido, acusado de aspirar a la bomba atómica sin evidencia concluyente, contradiciendo incluso los informes de sus propios servicios de inteligencia.

La diferencia es que esta vez no se trató de advertencias ni de sanciones, sino de una agresión directa que puede escalar a una guerra regional o incluso mundial. Al menos 430 personas han muerto ya, la mayoría civiles, mientras que el gobierno de Teherán, herido pero no destruido, promete represalias. Las bases estadounidenses en Irak, Baréin y Catar se convierten ahora en blancos latentes. La violencia tiene memoria, y las naciones no olvidan cuando las golpean en su corazón científico y simbólico.

Hay en la retórica de Trump un eco del discurso de Harry Truman al anunciar la bomba sobre Hiroshima. En ambos casos se proclama el inicio de una nueva era, una supuesta victoria de la civilización sobre la barbarie. Pero la barbarie, esta vez, no está en Teherán, sino en Whiteman, Misuri, desde donde partieron los bombarderos como heraldos de la devastación.

En el siglo XXI, Estados Unidos se presenta como policia del orden global, pero actúa como un imperio en decadencia, desesperado por mantener su supremacía frente al ascenso de potencias que ya no le temen. China observa en silencio. Rusia se frota las manos. India refuerza su neutralidad estratégica. Y Europa, como siempre, se lamenta a destiempo.

El ataque a Irán no es solo un acto de guerra, sino una confesión de fracaso. Fracaso de la diplomacia, fracaso del multilateralismo, fracaso de un sistema internacional que no puede impedir que una sola nación decida el destino de millones.

No es la primera vez que Irán es humillado por las potencias occidentales, pero cada humillación deja huellas profundas. El nacionalismo persa no es una moda, sino una fuerza histórica. Herederos del imperio aqueménida, los iraníes han sobrevivido invasiones griegas, árabes, mongolas y británicas. Saben esperar. Saben resistir. Y cada bomba que cae sobre su suelo no solo destruye concreto, sino que fortalece su determinación.

Así como Pearl Harbor fue el despertar del gigante dormido estadounidense, el bombardeo de Fordow puede convertirse en la chispa de una era de confrontación directa que el mundo creía superada. Ya no estamos ante una guerra fría, sino ante un mundo caliente, donde los equilibrios geopolíticos se disuelven como castillos de arena frente a los misiles guiados por GPS.

Es imperativo que la historia condene este acto con la severidad que merece. Que no se normalice la guerra preventiva. Que no se glorifique la destrucción. Que no se confunda la fuerza con la justicia. Porque cuando un presidente celebra la desaparición de una base científica como si fuera un gol en la final del Mundial, no estamos ante un líder, sino ante un incendiario con acceso al botón nuclear.

Hay que decirlo sin eufemismos: esto no es defensa. Es agresión. No es paz. Es intimidación. Y no es un ataque quirúrgico, sino una herida abierta en el cuerpo del derecho internacional.

Hoy Fordow es un cráter. Pero el cráter más profundo es el que se abre en la conciencia colectiva de la humanidad. Si no detenemos la lógica de la guerra preventiva, mañana no será Irán. Será cualquier país que desafíe la narrativa imperial. Y entonces, cuando el próximo misil caiga, no diremos “no sabíamos”. Diremos “no hicimos nada”.

Porque, como escribió Albert Camus en su discurso sobre la guerra de Argelia:

“Nombrar la violencia no es legitimar al terrorista. Es denunciar al Estado que lo engendró.”

La historia lo exige: condenar el ataque a Irán es defender lo poco que aún queda del futuro.

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