El streaming de la estupidez

Ago 8, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hubo un tiempo en que la ignorancia necesitaba esconderse. Se pronunciaba en voz baja, se disimulaba con silencios o, al menos, conservaba cierto pudor antes de convertirse en espectáculo.

Ese tiempo terminó.

Las redes sociales democratizaron la palabra, lo cual fue extraordinario, pero también democratizaron la estupidez, lo cual resultó bastante más rentable. Hoy cualquiera puede transmitir en vivo una ocurrencia, una mentira, una teoría improvisada o un disparate monumental. Y mientras más extravagante sea, mayores posibilidades tiene de convertirse en tendencia.

La verdad exige paciencia. La estupidez necesita apenas conexión a internet.

La política aprendió la lección antes que nadie.

Durante décadas, los dirigentes construían legitimidad rodeándose de economistas, historiadores, juristas, intelectuales y asesores. Algunos incluso cometían aquella extravagancia hoy casi revolucionaria de leer libros. Ahora basta un celular, una cámara, algunas luces y un equipo de comunicación dispuesto a convertir cualquier improvisación en contenido.

Keiko Fujimori parece haber entendido perfectamente los nuevos tiempos. Su incursión en el universo del streaming no debería analizarse solamente como una estrategia para acercarse a públicos jóvenes. Es el síntoma de una transformación bastante más profunda. La política decidió abandonar parcialmente la plaza, el Parlamento y el debate para competir en el territorio del entretenimiento.

Y allí las reglas son diferentes.

No importa necesariamente quién argumenta mejor. Importa quién genera más reproducciones. No importa demasiado la profundidad de una propuesta. Importa cuánto dura el fragmento que puede circular por TikTok. La democracia, que alguna vez pretendió formar ciudadanos, parece cada vez más interesada en fabricar audiencia.

El problema tampoco es Keiko. Sería demasiado sencillo reducirlo a ella.

Javier Milei convirtió el exabrupto en herramienta de comunicación política. Donald Trump comprendió hace tiempo que una provocación podía recorrer el planeta antes de que un especialista terminara de explicar por qué era falsa. Nayib Bukele construyó una comunicación perfectamente adaptada a la estética de las redes.

Son políticos profundamente diferentes, pero todos comprendieron algo elemental. En la política contemporánea, la atención puede valer tanto como el voto.

Entonces apareció una nueva especie.

El político influencer.

Ya no necesita convencer durante una conferencia de dos horas. Necesita sobrevivir treinta segundos frente al pulgar de alguien que desliza una pantalla mientras espera el colectivo.

La consecuencia era previsible. Las ideas comenzaron a adelgazar.

Un programa económico se convierte en una frase. Una discusión histórica termina convertida en meme. Un problema social complejo cabe milagrosamente en cuarenta segundos. Cualquier explicación que necesite contexto corre con enorme desventaja frente al insulto, porque explicar requiere tiempo mientras insultar necesita apenas cinco palabras.

La política descubrió que pensar es lento y el algoritmo tiene prisa. Y entonces apareció otra paradoja de nuestro tiempo, quizá todavía más fascinante.

La inteligencia artificial.

Hoy cualquiera puede escribir unas líneas técnicamente correctas, razonablemente coherentes y hasta revestidas de apariencia intelectual con ayuda de una máquina. Puede hablar de economía sin haber abierto un manual de economía, citar filosofía sin haber soportado veinte páginas de Kant y redactar un discurso histórico sin distinguir demasiado bien entre lo que realmente conoce y lo que acaba de preguntarle a un algoritmo.

La inteligencia artificial no volvió inteligente a la humanidad. Le dio, entre muchas otras cosas extraordinarias, la posibilidad de parecerlo.

Una herramienta capaz de ampliar el conocimiento también puede convertirse en maquillaje para la ignorancia. Antes, para aparentar que uno sabía, había que leer por lo menos lo suficiente como para engañar a los demás. Ahora alcanza con formular una pregunta, copiar una respuesta y pronunciarla frente a una cámara con suficiente seguridad.

Nunca tuvimos tantas herramientas para pensar. Y quizá nunca tuvimos tantas herramientas para evitar hacerlo.

La tecnología no tiene la culpa. Una biblioteca tampoco es responsable de que alguien utilice sus libros solamente para decorar una pared. El problema sigue siendo humano. Confundimos acceso al conocimiento con conocimiento, información con criterio y una respuesta correctamente redactada con una idea propia.

Por eso el desafío ya no será solamente distinguir al inteligente del ignorante. Será distinguir al que piensa del que simplemente aprendió a parecer que piensa.

Tal vez por eso, mientras observo esta nueva política transmitida en vivo, editada verticalmente y condimentada con frases fabricadas para convertirse en tendencia, confieso que a veces extraño la política de antaño.

No porque haya sido necesariamente mejor. También estuvo llena de miserias, corrupción, traiciones, caudillos y oportunistas. La nostalgia suele cometer el pecado de limpiar demasiado los recuerdos.

Pero aquella política conservaba algo que estamos perdiendo.

La palabra tenía peso.

Pienso en Raúl Alfonsín frente a aquellas multitudes argentinas que permanecían escuchándolo hablar de democracia, derechos humanos, justicia y Constitución. Podía terminar un acto recitando el Preámbulo de la Constitución Nacional y miles de personas entendían que aquello no era una pieza decorativa, sino una declaración política.

Pienso en Fernando Belaúnde Terry regresando al gobierno del Perú en 1980 después de doce años de régimen militar. Un arquitecto que hablaba de instituciones, territorio, democracia y construcción nacional sin necesitar que alguien resumiera sus ideas en quince segundos para hacerlas digeribles.

Pienso incluso en Alan García, independientemente del juicio que merezcan sus gobiernos y de las enormes controversias que dejó su trayectoria. Uno podía estar radicalmente en contra de él y reconocer algo que hoy comienza a escasear. García podía subir a una tribuna y construir un discurso. Tenía formación, memoria, referencias históricas y una extraordinaria capacidad retórica para sostener durante largo tiempo la atención de una plaza.

Y pienso en Alfonso Barrantes Lingán, Frejolito, hombre de izquierda y adversario político del aprismo y de la derecha peruana, capaz de defender sus convicciones dentro de una época en la que discutir todavía significaba confrontar ideas.

Alfonsín era radical. Belaúnde representaba otra tradición democrática. García era aprista. Barrantes provenía de la izquierda.

Precisamente ahí está el punto.

No extraño una ideología.

Extraño una categoría de político.

Aquellos hombres podían enfrentarse ferozmente porque tenían algo que enfrentar. Existían doctrinas, proyectos de país, concepciones diferentes sobre el Estado, la economía, la democracia y la justicia social. Había discursos que podían durar una hora porque detrás de aquella hora existían lecturas, historia, formación política y una idea, acertada o equivocada, del país que pretendían gobernar.

No necesitaban bailar frente a una cámara.

No necesitaban disfrazarse.

No necesitaban producir una barbaridad cada treinta segundos para evitar que el público cambiara de pantalla.

Podían equivocarse, mentir, fracasar y hasta gobernar desastrosamente. La elocuencia jamás fue certificado de honestidad ni garantía de buen gobierno. Alan García constituye, precisamente, una advertencia suficiente contra cualquier romanticismo. Pero existía cierta obligación de construir un argumento.

Hoy tenemos teléfonos capaces de acceder en segundos a casi todo el conocimiento acumulado por la humanidad y políticos que necesitan expresarse como si la capacidad de atención del ciudadano no pudiera superar los cuarenta segundos.

Ese es quizá el verdadero problema del streaming político. No convierte necesariamente al político en estúpido. Convierte la estupidez en espectáculo.

Y cuando la política adopta completamente la lógica del entretenimiento, el dirigente deja de hablarle al ciudadano y comienza a seducir al espectador.

El ciudadano pregunta. El espectador mira.

El ciudadano exige explicaciones. El espectador cambia de canal.

El ciudadano recuerda. El algoritmo necesita que olvide para ofrecerle inmediatamente el próximo escándalo.

Quizá la política de antes no fuera mejor.

Pero al menos intentaba parecer seria. Y cuando un político se paraba frente a una multitud, uno podía estar en desacuerdo, insultarlo después en el café o votar contra él en las elecciones.

Pero primero había que escucharlo.

Porque tenía algo que decir.

La estupidez, mientras tanto, también evolucionó. Primero dejó de avergonzarse. Después descubrió las redes sociales. Consiguió seguidores, aprendió a monetizarse y encontró en la inteligencia artificial una herramienta formidable para redactarse correctamente.

Finalmente comprendió que también podía presentarse a elecciones.

Ahora transmite en vivo. Y hasta parece inteligente.

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