La sala donde el Perú volvió a mirarme

Jul 22, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

No recuerdo el primer coche bomba.

Recuerdo el silencio.

Porque los años ochenta en el Perú no comenzaron con una explosión. Comenzaron cuando el silencio empezó a pesar más que las palabras.

En Ayacucho las noches dejaron de pertenecer a la oscuridad. Eran de las botas, de los pasos apresurados, de las puertas golpeadas antes del amanecer y de los nombres pronunciados en voz baja, como si decirlos demasiado fuerte pudiera condenarlos. Los cerros aprendieron a guardar secretos. Los senderos dejaron de unir pueblos y comenzaron a separar a los vivos de los desaparecidos. Allí el miedo tenía el rostro de un vecino, de un camino vacío, de una casa que amanecía con una silla menos. El ladrido de un perro en la madrugada podía anunciar una tragedia. El viento dejó de traer solamente el olor de la tierra húmeda; también arrastraba rumores de emboscadas, desapariciones y entierros clandestinos.

Mientras tanto, en Lima, la guerra parecía llegar por entregas.

Una mañana faltaba la luz.

Otra, el agua.

Después aparecía una columna de humo elevándose sobre algún distrito, los vidrios rotos, los periódicos del día siguiente y esa extraña capacidad que tenemos los seres humanos para acostumbrarnos incluso al miedo. La ciudad seguía funcionando. Los microbuses continuaban repletos. Los vendedores ambulantes seguían atravesando el tráfico. Los niños iban a la escuela. Los adultos fingían que el día siguiente sería distinto. Era como si el país hubiera aprendido a convivir con la violencia del mismo modo en que uno aprende a convivir con una cicatriz; deja de doler todos los días, pero nunca desaparece.

Nadie sabía exactamente dónde terminaba la guerra.

Porque ya no vivía únicamente en los cerros.

También viajaba en los autobuses, entraba a las universidades, se sentaba en las plazas, dormía en los cuarteles y caminaba por los mercados. Se había vuelto parte del paisaje.

Dicen que las guerras dividen a los pueblos.

No siempre.

A veces los rompen por dentro.

Convirtieron a vecinos en sospechosos, a campesinos en enemigos potenciales, a soldados en muchachos obligados a crecer demasiado rápido y a madres en peregrinas que recorrían cuarteles, comisarías y oficinas sosteniendo una fotografía que el tiempo iba borrando más lentamente que la esperanza.

Había hijos que crecían preguntando por un padre cuyo nombre nadie se atrevía a pronunciar.

Había mujeres que seguían mirando un camino vacío con la obstinación de quien se niega a aceptar que la ausencia también puede convertirse en una forma de vida.

Había hombres que seguían respirando, aunque por dentro llevaran años sin dormir.

Entonces comprendí que las guerras nunca terminan cuando callan los fusiles.

Terminan, si es que alguna vez terminan, cuando dejan de heredarse.

Muchos años después crucé una puerta de concreto suspendida frente al mar de Miraflores.

No entré a un museo.

Entré a una conversación que el Perú llevaba demasiado tiempo postergando.

Cada fotografía parecía conocerme.

Cada objeto guardaba una historia que nadie había terminado de contar.

Cada testimonio tenía la incómoda costumbre de hacer preguntas en lugar de ofrecer respuestas.

Mientras avanzaba entre las salas sentía que aquellas escenas ya las había recorrido antes.

Había conocido a esos hijos que intentaban reconstruir una infancia edificada sobre silencios.

Había acompañado a una madre que seguía buscando cuando todos los demás habían aprendido a resignarse.

Había viajado junto a quienes descubrieron que el pasado nunca ocupa el asiento de atrás. Siempre viaja a nuestro lado, esperando el instante preciso para volver a mirarnos.

Fue entonces cuando una idea atravesó el recorrido.

Cuando la literatura detalla en palabras el instante exacto en que un corazón se rompe, tres obras distintas recorren un mismo camino: impedir que el olvido tenga la última palabra.

Seguí caminando.

Solo al llegar al final levanté la vista.

Frente a mí aparecía el nombre del lugar.

Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social.

Comprendí que el verdadero recorrido no había comenzado al entrar en ese edificio. Había empezado décadas atrás, entre los cerros de Ayacucho. Había descendido por las calles oscuras de Lima. Había atravesado hogares donde el terrorismo sembró el miedo y donde, demasiadas veces, la respuesta del Estado también dejó heridas que todavía buscan verdad y justicia. Y terminaba allí, donde el Perú intenta entender que recordar no significa elegir un bando, sino negarse a aceptar que el horror pueda repetirse.

Recién entonces descubrí quiénes me habían acompañado durante todo el camino.

Aquellos hijos que heredaban una guerra que nunca eligieron habían nacido de la pluma de Emanuel Grau, en Hijos de la guerra.

La madre que seguía buscando cuando todos habían dejado de hacerlo caminaba desde las páginas de Eduardo Reyme, en Los ojos de Angélica.

Y ese pasajero invisible que demostraba que nadie puede escapar de la memoria era el que Alonso Cueto había sentado para siempre en La pasajera.

Salí del edificio mirando el océano.

Por primera vez entendí que la memoria no existe para encarcelarnos en el pasado.

Existe para impedir que algún día otro niño tenga que aprender a recordar, antes que una explosión, el silencio.

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