La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

Jul 28, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Las dictaduras ya no siempre anuncian su llegada con el estruendo de los fusiles ni con el rugido de los tanques. Las más astutas aprenden a caminar en silencio. Entran por la puerta principal con el respaldo de las urnas, la solemnidad de un juramento constitucional y el aplauso de quienes confunden la legalidad con la libertad. Se sientan en el sillón presidencial sin romper una sola ventana. Después, poco a poco, comienzan a cambiar las cerraduras de la República.

La historia tiene un extraño sentido del humor. Nunca repite exactamente la misma escena. Cambia los actores, modifica el vestuario, actualiza el discurso y reemplaza los viejos uniformes por elegantes trajes. Lo único que rara vez cambia es la tentación del poder de convencerse de que ya no necesita límites.

Las dictaduras modernas aprendieron una lección que las antiguas ignoraban. Es mucho más eficiente domesticar las instituciones que destruirlas. Un Congreso obediente resulta más útil que uno clausurado. Un juez complaciente provoca menos escándalo que un preso político. Un organismo de control silencioso produce menos titulares que una censura abierta.

Así, la democracia continúa respirando, pero cada día un poco menos.

El Perú conoce esa enfermedad. La vivió cuando el Estado dejó de pertenecer a los ciudadanos para convertirse en patrimonio del poder. La corrupción dejó de esconderse porque comprendió que ya no hacía falta. Caminaba por los pasillos públicos con la tranquilidad de quien se siente dueño de la casa.

Los años pasaron.

Los protagonistas envejecieron.

Pero hay apellidos que, como ciertos fantasmas, nunca abandonan del todo el escenario. Permanecen detrás del telón esperando que la historia vuelva a necesitarlos.

Hoy la hija del dictador y genocida que hizo de las instituciones un instrumento de poder ocupa la presidencia. Ese hecho, por sí solo, no condena a nadie. Los hijos no heredan culpas como quien recibe una escritura. Lo que sí heredan son las preguntas que la historia nunca terminó de responder.

Porque el verdadero peligro nunca fue un apellido.

Siempre fue la concentración del poder.

Cuando el Congreso deja de controlar, cuando la justicia aprende a mirar hacia otro lado, cuando los organismos constitucionales se convierten en oficinas de obediencia y cuando las Fuerzas Armadas confunden lealtad institucional con fidelidad política, la democracia comienza a parecerse a esas antiguas casonas limeñas que siguen de pie mientras las termitas devoran lentamente sus cimientos.

Desde afuera todo parece intacto.

Hasta que un día el techo se desploma.

Quizá lo más inquietante no sea la corrupción. El Perú ha convivido demasiado tiempo con ella. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse. Llegar al punto en que un escándalo dure menos que una tendencia en redes sociales y una denuncia sea apenas el entretenimiento de una tarde.

Entonces ocurre el milagro más perverso de la política.

La indignación envejece.

La memoria se jubila.

Y el poder descubre que ya nadie le exige explicaciones.

Mientras tanto, las instituciones bostezan. Los jueces archivan. Los congresistas aplauden. Los funcionarios sonríen para la fotografía. Los generales saludan con impecable marcialidad mientras los bolsillos rebosan de presupuesto. Después de todo, la disciplina siempre resulta más sencilla cuando viene acompañada de partidas extraordinarias. En algún rincón, la República observa la escena con la paciencia resignada de quien ya vio demasiadas veces la misma obra representada por compañías distintas.

Dicen que la historia no se repite.

Tal vez sea cierto.

Quizá solo espera a que olvidemos para volver con otro nombre, otro rostro y la misma ambición de siempre.

Porque las naciones no pierden su libertad el día en que aparece un tirano. La pierden el día en que dejan de reconocer las señales que anuncian su llegada.

Y mientras la Casa de Pizarro vuelve a iluminarse, queda una pregunta suspendida sobre el Perú, como esas campanas que repican antes de una tormenta y que casi nadie escucha hasta que empieza a llover:

¿Estamos viendo el comienzo de una nueva etapa democrática… o el primer capítulo de una historia que juramos no volver a repetir?

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