Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Jun 26, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Antes del Bitcoin fueron treinta monedas.

Una metáfora sobre la confianza, el dinero y el nacimiento del valor.

Hay ideas que sobreviven porque son verdaderas. Y hay historias que sobreviven porque, aunque nunca hayan pretendido explicar la economía, terminan haciéndolo mejor que muchos tratados de finanzas.

No hace falta profesar ninguna religión para reconocer que el Evangelio forma parte del patrimonio cultural de Occidente. Como la mitología griega, Shakespeare o Cervantes, sus relatos dejaron de pertenecer exclusivamente a la fe para convertirse en herramientas con las que seguimos interpretando el mundo.

Este ensayo toma dos de esas escenas —las treinta monedas de Judas y la frase «Dad al César lo que es del César«— como una licencia literaria para hablar del dinero más discutido del siglo XXI.

Porque quizá Bitcoin comenzó mucho antes de Internet.

Podría decirse, con la ironía que solo permite el ensayo, que Judas Iscariote creó la primera criptomoneda de la historia cuando aceptó treinta monedas por entregar a Cristo. Naturalmente, no se trata de una afirmación histórica. Aquellas monedas eran de plata, pesaban y tenían un valor material. Pero la metáfora no habla del metal sino del valor.

Judas descubrió que una persona podía cambiarse por un símbolo. No vendió plata. Vendió confianza, una relación, un vínculo. Y desde entonces la humanidad no ha dejado de hacer exactamente lo mismo.

Toda moneda, por sofisticada que parezca, es apenas una promesa. Lo fue el oro, lo fue el papel y también lo es Bitcoin. Lo único que cambia es quién garantiza esa promesa.

Durante siglos esa garantía perteneció al César. Más tarde pasó a los bancos centrales. Hoy comienza a descansar sobre algoritmos distribuidos.

Pero la pregunta sigue siendo la misma.

¿Por qué un ser humano entrega horas de su vida a cambio de algo que solo vale porque otro también cree que vale?

Ahí comienza la verdadera historia del dinero.

Las treinta monedas de Judas eran dinero-mercancía. Su valor estaba contenido en la plata. Bitcoin carece de valor intrínseco. Su fortaleza reside en la confianza que millones de personas depositan en un protocolo matemático y en una escasez programada que ningún gobierno puede alterar por decreto.

Y ahí aparece la verdadera revolución.

Bitcoin no inventó el dinero digital.

Inventó algo mucho más incómodo.

Demostró que la confianza podía existir sin pedir permiso al Estado.

Durante siglos el monopolio de la moneda fue también el monopolio del poder. Quien controlaba la emisión controlaba la economía; quien controlaba la inflación controlaba el ahorro, y quien controlaba el ahorro terminaba controlando buena parte de la libertad de las personas.

Bitcoin desafió esa arquitectura sin disparar un solo tiro. Lo hizo con código, con matemáticas y con criptografía. Y eso explica por qué tantos gobiernos desconfían de él.

No temen al algoritmo.

Temen perder el monopolio de la confianza.

Entonces vuelve a aparecer otra vieja escena.

«Al César lo que es del César.»

Más allá de cualquier interpretación religiosa, aquella frase establecía un límite. Incluso el poder tiene fronteras.

La pregunta del siglo XXI es otra.

¿Qué ocurre cuando el dinero deja de pertenecer exclusivamente al César? ¿Qué sucede cuando millones de personas pueden mover riqueza por el planeta sin pedir autorización a ningún banco central?

La respuesta todavía se está escribiendo.

Algunos países adoptan Bitcoin. Otros lo prohíben. Los bancos centrales diseñan monedas digitales propias. Paradójicamente, cuanto más crecen las criptomonedas, más rápido los Estados digitalizan su propio dinero.

El César también aprendió a programar.

Pero ninguna revolución tecnológica modifica la condición humana.

La blockchain puede eliminar intermediarios, pero no elimina la codicia. Los contratos inteligentes automatizan acuerdos, pero nunca automatizarán la honestidad. Las criptomonedas pueden proteger frente a determinadas decisiones políticas; no protegen frente a los estafadores.

El colapso de FTX no fue un fracaso de Bitcoin.

Fue un fracaso de las personas.

Porque la tecnología nunca reemplaza la ética.

Solamente la pone a prueba.

Existe otra enseñanza que suele pasar inadvertida.

Toda moneda es un puente entre el presente y el futuro. Cuando aceptamos un billete, una moneda de oro o un Bitcoin, en realidad aceptamos una promesa: creemos que mañana alguien reconocerá el mismo valor que hoy estamos aceptando.

Por eso las monedas mueren mucho antes de desaparecer físicamente.

Mueren cuando desaparece la confianza.

La Alemania de Weimar lo aprendió. Zimbabue lo sufrió. Venezuela continúa padeciéndolo. Argentina conoce demasiado bien esa sensación de descubrir que el dinero pierde valor más rápido que el esfuerzo necesario para conseguirlo.

En esos escenarios, Bitcoin deja de ser solamente una innovación tecnológica.

Se convierte en un refugio psicológico.

No porque sea perfecto.

Sino porque la confianza siempre busca un lugar donde sobrevivir.

Al final, las treinta monedas de Judas, los denarios del Imperio romano, los billetes modernos y Bitcoin poseen exactamente la misma naturaleza.

Ninguno vale por sí mismo.

Todos dependen de una decisión profundamente humana.

Creer.

Cambian los imperios, cambian las monedas y cambia la tecnología.

Pero hay algo que permanece intacto desde hace miles de años.

La riqueza nunca estuvo en el metal.

Nunca estuvo en el papel.

Nunca estuvo en el código.

Siempre estuvo en la confianza.

Tal vez Judas jamás imaginó que aquellas treinta monedas terminarían convirtiéndose, dos mil años después, en una extraordinaria metáfora para comprender el mayor debate económico de nuestra época.

Porque el dinero nunca fue únicamente un objeto.

Siempre fue una promesa.

Y ninguna inteligencia artificial, ningún banco central y ningún algoritmo han conseguido todavía fabricar el único activo que sostiene todas las monedas del mundo.

La confianza.

Artículos relacionados

El streaming de la estupidez

El streaming de la estupidez

Hubo un tiempo en que la ignorancia necesitaba esconderse. Se pronunciaba en voz baja, se disimulaba con silencios o, al menos, conservaba cierto pudor antes de convertirse en espectáculo. Ese tiempo terminó. Las redes sociales democratizaron la palabra, lo cual fue...

Los apodos que terminaron gobernando

Los apodos que terminaron gobernando

Hay pueblos que eligen presidentes.                  Nosotros elegimos personajes. Ninguna civilización bautizó con tanta precisión a sus gobernantes como América Latina. Aquí un...

Cuando la historia pierde el contexto

Cuando la historia pierde el contexto

Hay frases que no solo simplifican la historia: la deforman. Decir que “Paraguay decidió invadir Brasil”, como afirmó Luiz Inácio Lula da Silva para justificar un mayor gasto militar, es describir apenas el último movimiento de una partida sin mencionar las jugadas...

Antes que las fronteras, las puertas

Antes que las fronteras, las puertas

Hay objetos que enseñan más sobre la política que muchas bibliotecas. Las puertas son uno de ellos. No preguntan quién gobierna, qué bandera flamea ni qué ideología proclama quien las atraviesa. Solo obedecen una regla tan antigua como la convivencia: quien adquiere...

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

Las dictaduras ya no siempre anuncian su llegada con el estruendo de los fusiles ni con el rugido de los tanques. Las más astutas aprenden a caminar en silencio. Entran por la puerta principal con el respaldo de las urnas, la solemnidad de un juramento constitucional...

La sala donde el Perú volvió a mirarme

La sala donde el Perú volvió a mirarme

No recuerdo el primer coche bomba. Recuerdo el silencio. Porque los años ochenta en el Perú no comenzaron con una explosión. Comenzaron cuando el silencio empezó a pesar más que las palabras. En Ayacucho las noches dejaron de pertenecer a la oscuridad. Eran de las...

Ismael, el hijo del desierto

Ismael, el hijo del desierto

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida. No un ejército. Una familia. En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre...

Cholo soy y no me compadezcas

Cholo soy y no me compadezcas

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país. Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que...

El partido que todavía no termina

El partido que todavía no termina

Hay partidos que duran noventa minutos y hay partidos que duran medio siglo. Argentina 6. Perú 0. Rosario, 21 de junio de 1978. Casi cincuenta años después, la pelota sigue rodando. Porque aquella noche no se jugó solamente un partido de fútbol. Se jugó una leyenda....