El usurpador de la Tierra Santa

Jun 14, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Crónica desde la orilla donde nunca cesa el fuego

Nadie recuerda ya el olor de los naranjos. Dicen los ancianos de Qalqilya (Palestina), con la voz hecha polvo, que antes del zumbido de los drones y del lamento de las sirenas, hubo un tiempo en que los huertos florecían como versos. Pero ahora —cuentan, mientras mastican dátiles secos en patios resquebrajados— el tiempo solo florece en los mapas del despojo.

La historia oficial suele comenzar en 1948. Pero esta crónica prefiere otra versión, la que murmuran los muros desgastados de Jaffa y las piedras rotas de Lydda: aquella que empieza con hombres barbudos y trajeados, que llegaron desde Europa con biblias en los bolsillos, rifles al hombro y una promesa antigua: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Lo demás fue procedimiento: ocupar, nombrar, derribar, negar.

Porque eso es lo que hizo Israel. Nació con la bendición culpable de un mundo que había visto el horror nazi, pero en lugar de fundar un refugio fundó una fortaleza. No hubo acuerdo, solo partición. No hubo reconciliación, solo expulsión. En Deir Yassin, en Haifa, en Ramla, el nuevo Estado enseñó sus dientes. La Nakba —ese éxodo de carne viva— fue el nacimiento de otra Palestina: la del destierro, la de las llaves oxidadas, la de los hijos nacidos sin patria.

La usurpación no fue solo militar. Fue también simbólica. Se ocuparon tierras, sí, pero también nombres, canciones, cosechas. Donde antes había pueblos palestinos, hay autopistas con nombres bíblicos. Donde hubo olivares, hay asentamientos. Donde hubo escuelas, hay escombros. Y sobre todo, donde hubo una esperanza, hoy hay un muro.

Mohammed, un maestro en Jenin, dice que cada año enseña menos geografía, porque cada año hay menos Palestina que mostrar. “No es una guerra”, dice, mientras su hijo dibuja el mar que nunca ha visto, “es una poda lenta”. A veces, añade, podan en racimo: una casa, una familia, una calle.

En Tel Aviv, los portavoces hablan de autodefensa. Todo es defensa: las bombas, los desalojos, los disparos, el hambre. “Necesitamos espacio vital”, dice un funcionario. Y por un instante suena a un eco de otros imperios que también confundieron la expansión con la seguridad.

A los palestinos se los acusa de resistir. Como si resistir no fuera el mínimo gesto de dignidad. Como si caminar hacia casa, cruzar una frontera impuesta, o mantener viva una lengua no fuera ya un acto político. Pero cuando se es pobre, árabe y sin Estado, hasta respirar puede ser subversivo.

En Gaza, donde los niños nacen con metralla en el alma, ya no hay cuadernos ni semáforos. Solo ruinas. Algunas tan frescas que aún huelen a cuerpo. Y sin embargo, entre los escombros, alguien enciende una hornalla, alguien borda una bandera, alguien canta. Porque incluso la tierra ocupada late, sangra, resiste.

La comunidad internacional mira hacia otro lado. Europa juega al equilibrista moral. Estados Unidos alimenta la maquinaria israelí como quien acaricia un perro rabioso. Y la ONU firma resoluciones que nadie cumple. ¿Qué puede hacer Palestina con su justicia sin dientes?

La historia tiene memoria, aunque la nieguen. Y los pueblos, incluso los que parecen condenados a la desaparición, dejan huellas. Ninguna ocupación es eterna. Roma cayó. El apartheid cayó. Incluso los imperios más despiadados terminan derrumbándose cuando confunden el poder con la impunidad.

Tal vez por eso, en un rincón de Belén, bajo la sombra del muro, una anciana borda en hilo rojo el mapa de Palestina. “Es para mi nieta”, dice. Y al ver la forma del bordado, se comprende que la tierra prometida no era para quienes la prometieron. Sino para quienes nunca se fueron.

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