Tengo muy buenos amigos peronistas. Algunos ya no están. Se fueron dejando ese silencio incómodo que aparece cuando uno pasa por un lugar donde alguna vez fue feliz sin darse cuenta. Con varios de ellos compartí interminables conversaciones alrededor de una taza de café en la peatonal de San Juan, donde la política todavía podía discutirse sin mostrar primero el recibo de sueldo.
Los extraño. No porque pensáramos igual, sino porque pensaban, porque defendían sus ideas con una pasión que hoy parece una antigüedad, porque conocían la historia de su movimiento y podían hablar de Perón, de Evita, de la justicia social y de las contradicciones del propio peronismo sin preguntarle antes al gobernador de turno.
Eran peronistas hasta en sus equivocaciones. Y eso, aunque parezca extraño, siempre me mereció respeto.
Aquellas discusiones estaban cargadas de historia y admiración. Podíamos disentir durante dos horas y despedirnos con un abrazo. La política era una manera de entender el mundo, no una oficina de nombramientos.
Hoy, 17 de octubre, Día de la Lealtad Peronista, los recuerdo. A los que ya no están y a quienes todavía permanecen fieles a una doctrina que, con luces y sombras, puso la cuestión social en el centro de la política argentina.
Pero por respeto a esos hombres y a esa memoria no puedo callar frente a una especie política que en San Juan encontró territorio fértil. El peronista de alquiler.
Ayer levantaba los dedos en V, juraba fidelidad a Perón y a Evita; hoy aparece sonriente en una fotografía con el oficialismo provincial, explicando, con la serenidad de quien acaba de recibir una revelación, que los tiempos cambiaron.
Siempre cambian cuando aparece un sueldo.
No hablo de quienes cambian de ideas después de pensar. Hablo de quienes dejan de pensar apenas les ofrecen un cargo. La política necesita acuerdos, sí, pero lo demás es comercio de voluntades, aunque lo disfracen de vocación de servicio.
Hay dirigentes que recorren todo el espectro político sin alejarse jamás del presupuesto. Cambian los gobernadores, cambian los partidos, cambian los discursos, pero ellos permanecen. Poseen una extraordinaria capacidad de adaptación que avergonzaría a Darwin. No sobreviven los más aptos, sino los más dispuestos.
Hoy quieren ser intendentes, mañana concejales y, si la suerte no alcanza, se conforman con ser simples asesores. Total, cualquier cargo sirve cuando las convicciones han dejado de tener valor y la doctrina se convierte en moneda de cambio.
Son las prostitutas de la política, aunque la comparación resulte injusta con quienes no necesitan pronunciar discursos sobre la lealtad mientras negocian sus servicios.
Y aun así tienen el descaro de encontrarte por la calle, mirarte directamente a los ojos, estrecharte la mano y hablarte de principios, como si la memoria de los demás pudiera borrarse con la misma facilidad con la que ellos cambian de camiseta.
No solamente traicionan aquello que proclamaban defender. Pretenden que olvidemos lo que dijeron, lo que prometieron y lo que juraron. Ese es, quizá, su mayor desprecio hacia la inteligencia ajena.
El 17 de octubre de 1945 fue una movilización popular protagonizada fundamentalmente por trabajadores que reclamaban la liberación de Juan Domingo Perón. De allí surgió una identidad colectiva que atravesó generaciones, proscripciones y persecuciones.
Reducir semejante historia a la posibilidad de conseguir un cargo constituye una forma miserable de utilizar la memoria de quienes creyeron en ella.
No idealizo al peronismo. Su historia tiene luces y sombras, conquistas sociales y contradicciones. Pero lo respeto demasiado como para tolerar que algunos pretendan convertirlo en una credencial de empleo.
Admiro al peronista que discute, que estudia, que aporta, que reconoce los errores de su movimiento sin renegar de su historia. Al que pierde una elección y continúa pensando lo mismo al día siguiente.
A ese peronista lo respeto profundamente.
A veces imagino que vuelvo a encontrarme con mis amigos en aquella mesa de la peatonal. El café humeante, los diarios abiertos, alguna discusión sobre Perón, la historia argentina o el destino de San Juan.
Los escucho defender apasionadamente sus ideas y pienso en esos otros personajes que hoy recorren los despachos oficiales buscando un lugar donde acomodar sus ambiciones.
Entonces comprendo que no solamente extraño a mis amigos. Extraño una manera de hacer política en la que todavía era posible perderlo todo menos la dignidad.
No me molesta que alguien haya cambiado de partido. Me molesta que pretenda convencerme de que no ha cambiado de principios.
A mis amigos peronistas, a los que están y a aquellos que ya nunca volverán a sentarse conmigo frente a una taza de café, les dedico estas palabras. A ellos, mi admiración y mi memoria.














