La Taza de Café y el Laberinto: Cuando los nombres mueren (y renacen) en la geopolítica del desencanto

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

En un universo donde los mapas son espejos y los nombres, conjuros de poder, la república de las letras ha registrado un hecho singular: el Golfo de México, ese azul antiguo que Hernán Cortés surcó con naves de sombra, ha sido rebautizado como «Golfo de América» por decreto de una nación que se cree dueña del sustantivo “América”. Así, en el gran teatro de la onomástica, donde cada topónimo es un campo de batalla entre la memoria y el olvido, se inicia una partida de ajedrez cuyas piezas son tazas de café, mares mutilados y aranceles afilados como peones envenenados.
Canadá, ese país de bosques y silencios cartografiados, ha respondido con una jugada inesperada: en las brumas de Columbia Británica, la cafetería Kicking Horse Coffee proclama en sus vitrinas: «Lo sentimos, Americano. Ahora es Canadiense». El café americano, ese brebaje que los soldados de Roosevelt diluían en las trincheras de Italia para domar el espresso, demasiado intenso para cualquier paladar que no fuera de piedra, ha devenido en canadiense. Un acto mínimo, sí, pero en el laberinto de los símbolos, hasta el agua caliente es parte de la política.
Donald Trump, un demiurgo que dibuja su imperio con tiza sobre un tablero tambaleante, ha desatado su segundo diluvio: aranceles como excomuniones, fábricas de chips reducidas a ruinas arqueológicas, automóviles eléctricos perseguidos como bestias heréticas en un concilio medieval. Pero en el norte, donde el frío agudiza el ingenio, Canadá opta por una rebelión más sutil: robar un nombre, como si en él residiera el alma de las cosas.
El americano no era americano, nos recuerda un tratado olvidado de la Biblioteca de Babel. Nació en los cafés de Nápoles, donde los soldados del Tío Sam, incapaces de soportar el éxtasis oscuro del clásico espresso, pidieron agua para domesticarlo. Así, el café americano fue un acto de colonización inversa: Europa inventó un nombre para designar la debilidad ajena. Hoy, Canadá reclama ese rito, arguyendo que entre las tropas aliadas también hubo hijos de Winnipeg y Vancouver. ¿Qué es un nombre sino un espejo quebrado donde cada fragmento refleja un yo distinto?
México, mientras tanto, observa cómo su golfo es borrado. En los mercados de Oaxaca, entre el humo de los tamales, se murmura: «Si ellos tienen su Golfo de América, nosotros tendremos nuestro café de olla». Pero el café de olla ya existe: es canela y piloncillo en una olla de barro, un rito ancestral que ningún decreto puede imitar. México, sin urgencia por renombrar, prefiere recordar. Porque en la guerra de los nombres, lo que sobrevive no es lo rebautizado, sino lo que nunca tuvo que cambiar.
Hay quien ve en esto una estrategia de mercaderes, un marketing vestido de patriotismo. Otros, un acto metafísico: cambiar el nombre de las cosas para alterar su esencia. Borges, en su Historia universal de la infamia, habría sonreído ante la idea. Porque, en el fondo, este episodio es un capítulo más del Libro de Arena, donde cada página es un espejo y cada espejo, un imperio.
¿Qué queda al final? Un mapa que ya no representa tierras, sino voluntades; un café que ya no sacia sensaciones, sino orgullos. Y en el centro, el Aleph: ese punto que contiene todos los puntos, donde se cruzan el Golfo de América, el café canadiense y la sombra de un presidente que, quizá sin saberlo, ha convertido el mundo en un cuento de ficciones y rivales.
Posdata: Se rumorea que en una librería de la siempre cultural Buenos Aires, un volumen apócrifo titulado Onomatología de las sombras analiza estos hechos. Su autor, un tal J.L.B., concluye: «En el principio era el Verbo, y al final, el Verbo fue traicionado en cien versiones apócrifas».
No termino de escribir y ya aparece un tuit de Boric, indignado por la mención de “la cultural Buenos Aires”. Argumenta con fervor que la primera denominación de Ciudad Cultural le correspondió a Santiago de Chile y no a la urbe porteña. La discusión se vuelve tendencia. En los comentarios, un usuario responde con un mapa del siglo XVI, otro cita a un cronista olvidado y alguien más pregunta qué tiene que ver todo esto con el café. El algoritmo, satisfecho, los observa en silencio.

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