A las nueve en punto ingresó la acusada. Se llamaba Gramática Española, tenía casi mil años y un prontuario tan voluminoso que hubo que trasladarlo en veintitrés diccionarios.
—Se la acusa de machismo lingüístico agravado, reiterado y continuado —anunció la fiscal.
El juez acomodó sus anteojos.
—Pruebas.
La fiscal abrió el expediente.
—Zorro. Astuto, justiciero, espadachín.
—Zorra… puta.
El juez levantó una ceja.
—Perro. Mejor amigo del hombre.
—Perra… puta.
La fiscal pasó la página.
—Fulano, Mengano y Zutano. Individuos cualesquiera.
—Una cualquiera… puta.
Otra página.
—Regalado. Participio de regalar.
—Regalada… puta.
El juez comenzó a perder la paciencia.
—Hombre público. Funcionario.
—Mujer pública…
La fiscal respiró.
—Puta.
A la quinta, el juez pidió café. Yo empecé a sospechar que aquello tenía menos de juicio lingüístico que de allanamiento a un prostíbulo.
La defensa llamó a Zorra.
—Profesión.
—Hembra del zorro.
—¿Prostituta?
—No. Eso lo inventaron ustedes.
Entró Perra.
—¿Profesión?
—Mamífero doméstico. Cuatro cachorros. Y quisiera saber por qué demonios estoy imputada.
Regalada presentó entradas gratuitas, promociones de supermercado y botellas de vino. Cualquiera no pudo acreditar identidad porque podía ser cualquiera.
Finalmente compareció Mujer Pública.
—¿Profesión?
—Estoy pensando dedicarme a la política.
El juez levantó la vista.
—Eso pertenece a otro fuero.
La fiscal golpeó la mesa.
—¡El idioma discrimina!
Entonces la Gramática pidió declarar.
—Señoría, durante siglos los humanos llamaron conquistador al hombre que acumulaba mujeres y puta a la mujer que acumulaba hombres. Yo no inventé esa hipocresía. La archivé. ¿Y ahora la culpable soy yo?
Silencio.
El Gobierno reaccionó con extraordinaria rapidez. Es decir, creó un ministerio.
Nació el Ministerio de Reparación Semántica y Protección de Sustantivos Históricamente Ofendidos. Tenía ministra, viceministra, cuatro secretarías, treinta y siete asesores, vehículos oficiales y presupuesto.
Lingüistas, ninguno.
Su primera resolución reemplazó “perro” y “perra” por “canes autopercibidos”. Para el perro castrado aprobaron “perriverse”.
El animal, citado como testigo, levantó una pata y orinó sobre la resolución.
El juez ordenó incorporar el acto al expediente.
—Es la declaración más clara del proceso.
Después compareció Cervantes como amicus curiae. Nadie preguntó cómo llevaba cuatro siglos muerto y todavía entendía mejor el castellano que los funcionarios vivos.
—Señoría —dijo—, ¿no sería más sencillo dejar de utilizar la sexualidad femenina como insulto?
La sala quedó muda.
La propuesta era peligrosa. Si los problemas podían resolverse sin ministerios, observatorios, comisiones ni consultores, aquello podía provocar una tragedia laboral.
Llegó la sentencia.
El juez absolvió a la Gramática por falta de mérito y condenó a la sociedad a mirarse al espejo antes de volver a denunciar al diccionario.
Parecía terminado.
—¡Objeción!
Irrumpió la Sociedad de Putas Unidas.
La presidenta avanzó hasta el estrado.
—Durante siglos utilizaron nuestra profesión para insultar a media humanidad. Lo soportamos. Pero hay una calumnia que no pensamos tolerar.
—¿Cuál? —preguntó el juez.
La mujer miró al magistrado, al jurado y finalmente a las cámaras.
—Nosotras no tenemos hijos políticos.
El juez golpeó la madera circular con su mazo.
—Ha lugar. Retírese semejante acusación por falta absoluta de pruebas.
La Gramática sonrió.
Las putas también.
El pueblo apeló.














