El cardenal inmortal y el milagro de la sotana resucitada: una resurrección anunciada

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolasco

Iván Nolasco

Escritor, periodista

 

Bienvenidos al Vaticano: parque temático del perdón selectivo
En los laberintos circulares del Vaticano —donde el tiempo avanza hacia atrás y la culpa se viste de oro— ha ocurrido un prodigio que ni los más doctos cronistas del Apocalipsis habrían osado predecir: el cardenal Juan Luis Cipriani, exiliado por orden papal y despojado de hábitos, ha reaparecido en Roma vestido como si jamás hubiera pecado, como si las denuncias fueran parábolas, y el castigo, una ficción eclesial.
Lo vieron, sí, en la capilla ardiente de Francisco —el mismo pontífice que le prohibió usar la cruz pectoral— como una figura salida de los Evangelios Apócrifos: negra la sotana, roja la faja, brillante el solideo. Como si la liturgia del poder fuera más fuerte que la memoria. Como si la fe, esa con minúscula, bastara para borrar el escándalo.
Cipriani: el Lázaro sin tumba
Uno podría pensar que Cipriani no es un hombre, sino un personaje de un manuscrito perdido: condenado por un papa, rehabilitado por la niebla, castigado por el derecho canónico invisible y, sin embargo, presente en las reuniones donde se decide el alma del futuro. Un espectro cardenalicio con derecho de entrada, pero no de voto. Un actor sin libreto, que recita su propia absolución en cada aparición pública.
La Iglesia —ese edificio barroco de contradicciones y siglos— ha perfeccionado el arte de castigar sin herir, de sancionar sin apartar, de purificar sin tocar el polvo. Francisco prometió una “tolerancia cero”, y lo hizo con la voz grave de quien ha conocido el infierno de los encubrimientos. Pero el infierno, se sabe, está hecho de buenas intenciones no codificadas en el derecho canónico.
Porque en la Iglesia católica, el perdón es divino y la justicia, opcional.

“No he cometido ningún delito”: confesión sin culpa, culpa sin juicio
Cipriani fue denunciado por haber tocado, acariciado y besado a un adolescente. Él, claro, lo niega. “No he cometido ningún delito”, escribió, como si la santidad dependiera de la jurisprudencia. Pero no fue juzgado, ni civil ni canónicamente. Fue, como tantos otros, simplemente apartado. Discretamente. Silenciosamente. Como se apartan los ídolos caídos de los altares sin romper el mármol.
Y sin embargo, ahí estaba. No entre sombras ni escondido entre fieles. No. Estaba en la primera fila del escándalo, exhibiendo su investidura como quien desafía a los muertos. Como quien espera que la historia lo absuelva porque los archivos del Vaticano, como los de la Inquisición, nunca se abren del todo.
Un gesto menor, dirán los teólogos. Un detalle. Un capricho textil.
Sotanas mágicas y cruces blindadas
Pero los símbolos en la Iglesia no son detalles: son dogmas. La cruz colgada al pecho de Cipriani pesa más que las palabras de su acusador. Su sotana es un escudo que repele la memoria. Su presencia en Roma, en pleno luto papal, es la demostración de que en este templo sagrado los abusadores no se arrepienten: resucitan.
¿Y la víctima? gracias por participar
Y entonces uno se pregunta: ¿dónde queda la víctima? ¿En qué rincón del limbo eclesial duermen los testimonios? ¿Qué tribunal invisible decide que un cardenal acusado puede pasearse como si el cielo ya lo hubiera perdonado?
Lo cierto es que Cipriani no está solo. Es uno entre muchos. El Becciu de los dineros. El McCarrick de los horrores. La lista es larga y los nombres, sagrados. Porque en este cuento de realismo teológico, los verdugos son pastores y las ovejas, culpables por haber hablado.
La Iglesia ha inventado una justicia que no exige pruebas ni procesos, solo paciencia. Un modelo en el que el escándalo se reza, no se investiga. Donde el pecado es menos grave que la pérdida de prestigio. Y en ese universo, Cipriani es el héroe trágico de un Evangelio sin redención.

El cementerio está lleno de santos con expediente
El cardenal camina entre tumbas como quien sabe que la suya no está escrita. Porque los cementerios vaticanos no aceptan culpables, sólo santos en disputa. Las lápidas callan lo que los altares no quieren recordar. Y Cipriani sonríe. Como quien ya ganó.
La misa continúa
Y así seguiremos: viendo pasar sotanas entre los escombros de la fe, escuchando a papas hablar de reformas mientras el silencio cubre los altares. Porque si algo ha demostrado esta institución, es que el perdón se administra como el incienso: en dosis suaves, aromáticas, y que no manchan las manos de quien lo ofrece.

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