Ismael, el hijo del desierto

Jul 2, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida.

No un ejército.

Una familia.

En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre reconocido por el judaísmo, el cristianismo y el islam como patriarca común. Pero antes del nacimiento de Isaac, el hijo de la promesa, Abraham tuvo un primer hijo con Agar, la esclava egipcia de Sara.

Ese hijo fue Ismael.

Durante siglos, esta historia ha sido leída como un episodio familiar. Sin embargo, también puede entenderse como el nacimiento de una de las metáforas más poderosas de la historia: la del hijo que pertenece por la sangre, pero es desplazado por la promesa; la del heredero que existe, pero queda fuera del centro del relato.

Ismael nació primero. Era hijo de Abraham tanto como Isaac. Sin embargo, el libro del Génesis sitúa el pacto principal en la descendencia de Isaac, mientras que Agar e Ismael son enviados al desierto.

Pero incluso el propio relato bíblico deja entrever una tensión. En un pasaje, Dios promete a Agar que de Ismael nacerá una gran nación. En otro, confirma que la alianza continuará por medio de Isaac. Lejos de ofrecer una narración uniforme, el texto conserva una contradicción fecunda; dos hijos, dos destinos y una misma raíz.

La tradición islámica profundiza aún más esa diferencia. Aunque el Corán no identifica expresamente al hijo que Abraham estuvo dispuesto a sacrificar, la tradición musulmana mayoritaria sostiene que fue Ismael y no Isaac. No se trata simplemente de un desacuerdo teológico. Es una forma distinta de comprender el origen, la elección y la memoria.

Durante siglos, esas diferencias convivieron sin impedir el diálogo entre culturas. El problema apareció cuando las interpretaciones comenzaron a convertirse en argumentos políticos.

El desierto, entonces, deja de ser un lugar geográfico.

Se transforma en una condición humana.

Es el espacio donde quedan quienes alguna vez pertenecieron, pero dejaron de ocupar el centro de la historia. Ismael representa al desplazado, al excluido, al hombre obligado a construir su identidad lejos del lugar donde esperaba permanecer.

No resulta extraño que buena parte de la tradición árabe haya visto en él un símbolo de sus propios orígenes. Como tampoco resulta extraño que el judaísmo encuentre en Isaac la continuidad de la promesa. Ambos relatos nacen de una misma familia y, sin embargo, recorren caminos diferentes.

Sería un error afirmar que la guerra entre Israel e Irán comenzó allí.

No comenzó allí.

El enfrentamiento actual responde a hechos políticos contemporáneos: la Revolución Islámica de 1979, la competencia por la hegemonía regional, el desarrollo nuclear, las alianzas militares y una compleja disputa por el equilibrio de poder en Oriente Medio.

Pero las guerras nunca viven únicamente de intereses estratégicos.

Necesitan relatos.

Los pueblos no combaten solo por territorio; también combaten por identidad, memoria y símbolos. Cuando un dirigente invoca la Tierra Prometida o cuando otro habla de una misión religiosa, no solo está haciendo política. Está convocando siglos de interpretaciones que siguen habitando la conciencia colectiva.

Quizá por eso Ismael continúa reapareciendo.

No porque explique los conflictos del presente, sino porque ofrece un lenguaje capaz de justificar decisiones tomadas muchos siglos después de su historia.

Tal vez Ismael nunca fue el problema.

El problema comenzó cuando los hombres transformaron un relato espiritual en un instrumento de poder.

Cuando dejaron de buscar enseñanzas y comenzaron a buscar legitimaciones.

Cuando la religión dejó de interpelar la conciencia para convertirse en una herramienta al servicio de proyectos políticos.

A lo largo de los siglos, judíos, cristianos y musulmanes han leído esta historia desde perspectivas distintas. Cada tradición encuentra en el mismo relato una verdad que dialoga con su propia experiencia histórica. Esa diversidad no debería sorprendernos. Es la consecuencia natural de textos que han acompañado a la humanidad durante milenios.

Lo verdaderamente peligroso no es interpretar. Lo peligroso es olvidar que toda interpretación sigue siendo humana.

Después de leer esta historia queda una pregunta inevitable.

A ciencia cierta no sabemos si Abraham existió exactamente como lo describen las Escrituras. La arqueología y la historia aún no han podido demostrarlo de manera concluyente. Tampoco podemos demostrar que Dios haya escrito esos textos. Lo que sí sabemos es que fueron hombres quienes los escribieron, los recopilaron, los tradujeron y, durante siglos, los interpretaron.

Y, al final, volvemos al verdadero meollo del asunto.

No a Ismael.

No a Isaac.

Ni siquiera a Abraham.

Volvemos al hombre.

Al hombre que toma un relato sagrado, una tradición milenaria, una leyenda para unos o una verdad revelada para otros, y la interpreta según las necesidades de su tiempo, de su poder o de sus intereses.

Quizá las guerras nunca hayan sido escritas por Dios. Han sido escritas por hombres convencidos de que Dios estaba de su lado. Tal vez el verdadero conflicto nunca estuvo en el desierto.

Siempre estuvo en la forma en que los hombres decidieron leerlo.

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