Mientras los chicos tienen dificultades para comprender un texto y las escuelas siguen esperando soluciones concretas, los funcionarios celebran cargos, reuniones y porcentajes de carga en plataformas administrativas.
La noticia llegó envuelta en el lenguaje habitual de la burocracia educativa. La ministra de Educación participó de una nueva Asamblea del Consejo Federal de Educación y fue elegida vicepresidenta del encuentro. Hubo fotografías, discursos, felicitaciones y una larga enumeración de documentos, relevamientos, bases homologadas y sistemas de información. Lo que no hubo fue una sola explicación sobre cómo esa designación mejorará la vida de los alumnos sanjuaninos.
Porque el problema de la educación provincial no es la falta de vicepresidentes. El problema es la falta de resultados.
Hace años que la educación argentina produce diagnósticos, organiza congresos y acumula plataformas digitales, estadísticas y mesas de trabajo. Sin embargo, los niveles de comprensión lectora continúan siendo preocupantes y miles de estudiantes terminan la escuela sin las herramientas mínimas para desenvolverse en el mundo laboral moderno.
San Juan no es ajena a esa realidad. La provincia atraviesa uno de los momentos económicos más importantes de su historia. La minería del cobre promete transformar la estructura productiva, los corredores bioceánicos modifican la geografía comercial de Sudamérica, los puertos del Pacífico redefinen rutas de exportación y la inteligencia artificial comienza a cambiar profesiones enteras.
Y si el futuro de San Juan es tan extraordinario como lo pinta su jefe político en cada discurso, entonces usted debería dedicar menos tiempo a la foto y más tiempo a la realidad. Porque si verdaderamente estamos frente a una transformación histórica de la provincia, la educación debería estar corriendo delante de los acontecimientos y no detrás de ellos. La función de un Ministerio de Educación no es acompañar el relato oficial; es preparar a las próximas generaciones para el mundo que viene.
Sin embargo, resulta difícil encontrar una política educativa ambiciosa destinada a preparar a los jóvenes para ese escenario. Se habla poco de comercio exterior, de logística internacional, de automatización industrial, de inteligencia artificial aplicada a la producción, de idiomas vinculados al comercio global o de los empleos que llegarán con la minería moderna. Tampoco parece existir una estrategia clara para convertir a la educación en una herramienta capaz de preparar a San Juan para competir en la economía del conocimiento.
La sensación es que seguimos formando alumnos para un mundo que ya no existe.
Mientras tanto, la gestión educativa continúa fascinada por los procedimientos. Se celebra haber alcanzado un 87,9% de carga de datos en una plataforma nacional.
Perfecto.
Pero si de completar planillas se trata, envíe a su secretaria.
Para eso existen equipos administrativos.
Usted, ministra, debería estar ocupándose de resolver los problemas educativos de la provincia, mejorar la comprensión lectora, elevar el nivel matemático, modernizar la educación técnica y conectar las aulas con el futuro económico que se aproxima.
Porque los formularios completos no educan. Las plataformas no alfabetizan. Las reuniones no enseñan. Los cargos no generan aprendizaje.
Y las fotografías retocadas tampoco transforman la realidad.
Transforman la imagen.
Nada más.
La tragedia de buena parte de la gestión pública moderna consiste precisamente en eso: confundir comunicación con resultados. Creer que una fotografía reemplaza una política pública, que una publicación en redes sociales sustituye una escuela funcionando bien o que una campaña institucional puede reemplazar el aprendizaje real.
Por eso cada vez resulta más difícil distinguir dónde termina la gestión y dónde comienza el departamento de marketing. Mientras los funcionarios administran datos, porcentajes y publicaciones cuidadosamente editadas, miles de familias siguen esperando respuestas concretas. Los alumnos no aprenden más porque una plataforma tenga mayor carga de información. Los docentes no trabajan mejor porque una fotografía oficial tenga mejor iluminación. Las escuelas no mejoran porque una funcionaria aparezca sonriendo en una reunión federal.
La realidad tiene una característica incómoda; no puede retocarse. Los problemas de comprensión lectora siguen allí. Las dificultades de aprendizaje siguen allí. Las escuelas que necesitan inversión siguen allí. Y los desafíos educativos de una provincia que pretende convertirse en protagonista del desarrollo minero, logístico y tecnológico también siguen allí.
Porque las inversiones podrán llegar, los proyectos podrán anunciarse y los funcionarios podrán sacarse todas las fotos que quieran, pero si la educación no acompaña esa transformación, San Juan seguirá exportando minerales mientras importa conocimiento. Seguirá enviando materia prima al mundo mientras compra afuera el valor agregado, la tecnología y los profesionales que no fue capaz de formar.
Por eso la noticia no debería ser que una ministra fue elegida vicepresidenta de una asamblea. La noticia debería ser que San Juan lidera las pruebas de lectura, que disminuye el abandono escolar, que las escuelas técnicas forman a los trabajadores que demandará la nueva economía provincial y que la educación se convirtió en el verdadero motor del desarrollo.
Pero para eso hace falta algo más difícil que viajar a Buenos Aires, ocupar una silla en una reunión, administrar datos y aparecer en fotografías cuidadosamente editadas.
Hace falta trabajar más en San Juan que en las redes sociales.
Hace falta menos relato y más resultados.
Hace falta menos imagen y más realidad.
Hace falta gobernar.
Y esa sigue siendo la materia pendiente de esta gestión.














