El largo monólogo argentino

May 30, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hubo un momento en que Argentina dejó de administrarse como un país y empezó a narrarse como una ficción.

No ocurrió de golpe.

Las tragedias nacionales jamás llegan haciendo ruido. Se parecen más a la humedad; avanzan lentamente por las paredes mientras la gente continúa viviendo adentro creyendo que todavía habita una casa firme.

Primero cambiaron las palabras.

Después cambió la realidad.

Y finalmente cambió algo mucho más peligroso; la manera en que los argentinos comenzaron a mirarse entre sí.

Porque existen gobiernos que construyen rutas, escuelas o monedas estables. Y existen otros que descubren una herramienta más poderosa; editar emocionalmente la realidad hasta convertir el relato en sustituto de los hechos.

Entonces apareció ella.

Siempre hablando.

Desde balcones iluminados.

Desde atriles interminables.

Desde cadenas nacionales que parecían homilías transmitidas para un país entero sentado frente al televisor como quien espera instrucciones en medio de una tormenta.

No daba conferencias de prensa.

No respondía preguntas.

No discutía.

Sentenciaba.

La democracia empezó lentamente a deformarse hasta parecer una obra de teatro donde solamente un personaje tenía derecho al monólogo y el resto debía elegir entre aplaudir o convertirse en enemigo.

Y enemigos sobraban.

El campo.

Los periodistas.

Los jueces.

Los empresarios.

Los jubilados.

Los que compraban dólares.

Los maestros.

Los que preguntaban demasiado.

Toda construcción populista necesita fabricar culpables visibles para ocultar sus propias ruinas invisibles.

Mientras tanto el país envejecía.

Los trenes comenzaron a parecer cementerios de hierro. Las escuelas se llenaron de discursos vacíos y techos rotos. La moneda dejó de servir como refugio y empezó a parecer una broma impresa en papel. La cultura del trabajo fue reemplazada lentamente por la dependencia emocional del subsidio y la obediencia política disfrazada de justicia social.

Pero el deterioro más grave nunca fue económico.

Fue moral.

Porque hubo un tiempo donde la viveza criolla comenzó a cotizar más alto que la honestidad y donde la corrupción dejó de producir vergüenza para convertirse en argumento ideológico.

Entonces aparecieron las sombras.

Empresarios que despertaban millonarios después de haber sido simples empleados.

Hoteles donde jamás dormían pasajeros pero circulaban fortunas.

Funcionarios contando dinero como cajeros clandestinos.

Bolsos atravesando conventos.

Secretarios insultados en grabaciones filtradas.

Militantes hablando de igualdad desde camionetas blindadas.

Revolucionarios vestidos con relojes europeos.

La corrupción argentina nunca tuvo elegancia mafiosa.

Tuvo estética administrativa.

Planillas.

Sobres.

Sellos.

Discursos eternos sobre el pueblo pronunciados desde escenarios decorados con lujo monárquico.

Y sin embargo millones seguían creyendo.

Porque los populismos comprenden algo que las democracias racionales olvidaron hace décadas; la gente muchas veces no busca verdad. Busca fe. Busca una voz que le prometa orden en medio del caos, aunque el precio sea entregar lentamente el pensamiento crítico.

Entonces llegó el fanatismo.

Y el fanatismo siempre termina produciendo la misma tragedia; transforma ciudadanos en creyentes y adversarios en enemigos morales.

Las familias comenzaron a fracturarse por política.

Los amigos dejaron de hablarse.

Los debates se transformaron en trincheras emocionales.

Argentina empezó a discutir menos ideas y más identidades.

Ya no importaban demasiado las contradicciones.

Ni los hoteles vacíos.

Ni las fortunas inexplicables.

Ni los funcionarios detenidos.

Ni las grabaciones.

Ni los procesamientos.

Todo podía justificarse mientras el enemigo pareciera peor.

Así funcionan los grandes relatos políticos; no convencen a todos, solamente logran que millones renuncien voluntariamente a hacerse ciertas preguntas.

Y mientras tanto ella seguía hablando.

Siempre hablando.

Como si el silencio pudiera resultar más peligroso que la propia decadencia.

Quizá porque en el fondo todo liderazgo mesiánico comparte el mismo terror; no perder elecciones, sino perder el monopolio del relato.

Por eso señalaban periodistas.

Por eso perseguían disidentes.

Por eso convertían cualquier crítica en traición.

Porque llega un momento en que ciertos gobiernos dejan de distinguir entre patria y liderazgo, entre Estado y biografía personal.

La historia está llena de dirigentes que terminaron creyéndose indispensables.

Todos acabaron igual.

Encerrados dentro de su propio eco.

Años después quedaron las causas judiciales. Los discursos archivados. Los trenes oxidados. Los muertos convertidos en estadísticas. Las cadenas nacionales repetidas como viejas liturgias de una religión política ya agotada.

Pero quizá el daño más profundo haya sido otro.

La lenta destrucción de la confianza entre argentinos.

Porque ningún poder destruye solamente instituciones.

También modifica el alma colectiva de un país.

Y acaso por eso Argentina continúa todavía discutiendo fantasmas como quien conversa con heridas que nunca terminaron de cerrar.

No porque el pasado siga vivo.

Sino porque hubo una época en que el poder logró algo mucho más grave; convencer a millones de personas de que la realidad podía reemplazarse simplemente contándola de otra manera.

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