Se predica con el ejemplo, algo que hoy falta

May 25, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

El poder ama los teatros porque en los teatros todo puede parecer verdadero durante algunas horas. La luz correcta convierte la escenografía en patria, el vestuario en épica y el aplauso en consenso. Tal vez por eso la política moderna siente una fascinación casi religiosa por las galas patrias, los actos conmemorativos y las ceremonias donde la historia deja de ser memoria para convertirse en decoración institucional.

El pasado 24 de mayo, en la sala principal del Teatro del Bicentenario de San Juan, el gobernador Marcelo Orrego y buena parte de su gabinete asistieron a “Hilos de Revolución”, una propuesta artística que buscaba reconstruir la identidad nacional mediante la metáfora del tejido colectivo. Música, danza, imágenes, actores y una narrativa visual destinada a recordar que la patria fue construida por hombres y mujeres anónimos que cosieron la historia con sacrificio, hambre y coraje.

Todo muy bello.

Todo muy sensible.

Todo demasiado cómodo.

Porque mientras en el escenario se hablaba de identidad colectiva y memoria nacional, afuera —o más precisamente dentro de la realidad cotidiana de la provincia— seguía funcionando otra obra mucho menos poética: la administración del discurso como maquillaje político. Y allí aparece la verdadera contradicción de esta época. La dirigencia argentina aprendió a homenajear valores que ya no practica.

La Revolución de Mayo no fue solamente una fecha escolar ni una postal para los manuales. Fue, antes que nada, un problema moral. Moreno, Belgrano y Castelli no tenían marketing institucional, community managers ni videos cinematográficos para redes sociales. Tenían algo mucho más peligroso; coherencia. Belgrano renunció a privilegios mientras el norte se caía de hambre. Moreno escribía contra los abusos del poder mientras arriesgaba su propia vida política. Podían equivocarse —y muchas veces se equivocaron—, pero entendían algo elemental: el ejemplo era la primera forma de autoridad.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

La política aprendió a representar virtudes que ya no necesita ejercer. Se habla de austeridad desde oficinas climatizadas. Se invoca el sacrificio mientras aumentan los gastos protocolares. Se homenajea al trabajador en escenarios donde el pueblo solamente entra como espectador. La patria se convirtió en una narrativa visual cuidadosamente iluminada para que nadie mire demasiado los márgenes.

Y San Juan, naturalmente, no escapa a esa lógica.

Porque la pregunta incómoda no es si la gala estuvo bien organizada ni si los artistas estuvieron a la altura —probablemente lo estuvieron—. La verdadera pregunta es otra: ¿qué ejemplo ofrece diariamente la dirigencia que aplaudía emocionada desde las butacas oficiales?

Allí empieza el problema.

Porque predicar con el ejemplo implica algo mucho más difícil que asistir a una función patriótica. Implica transparencia cuando nadie está mirando. Implica austeridad cuando las cámaras se apagan. Implica explicar contratos, abrir números, tolerar críticas y comprender que gobernar no consiste solamente en administrar relatos emocionales sobre la identidad provincial.

La política sanjuanina —como gran parte de la política argentina— parece haber desarrollado una extraña habilidad para confundir gestión con escenografía. Se inauguran anuncios antes que soluciones. Se producen actos antes que resultados. Se multiplican slogans mientras las instituciones pierden credibilidad lentamente, como una tela vieja que comienza a deshilacharse desde adentro.

Por eso el título “Hilos de Revolución” termina funcionando casi como una ironía involuntaria de estos tiempos. Porque la verdadera trama que sostiene hoy a la Argentina no está en los escenarios oficiales ni en los discursos cuidadosamente editados. Está en la gente común que sigue sosteniendo el país mientras observa cómo la dirigencia interpreta patriotismo delante de un telón iluminado.

Docentes que sobreviven con salarios deteriorados. Médicos agotados. Comerciantes que cierran persianas. Jóvenes que ya no sueñan con progresar sino con irse. Ellos son los verdaderos tejedores contemporáneos de esta nación cansada. Los otros —los del palco, los de la foto institucional, los del aplauso solemne— muchas veces apenas administran símbolos vacíos.

Y quizá allí resida la tragedia silenciosa de esta época; la política todavía recuerda cómo representar la épica, pero parece haber olvidado cómo merecerla.

El teatro terminó. Las luces se apagaron. Los funcionarios regresaron a sus vehículos oficiales. Afuera, mientras tanto, la realidad seguía esperando algo infinitamente menos artístico y mucho más revolucionario: un poco de coherencia.

Porque la patria nunca necesitó gobernantes perfectos.

Pero siempre necesitó dirigentes capaces de parecerse, al menos un poco, a aquello que dicen defender.

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