Cuando el gobierno no comprende, no aprende…ni gobierna

Abr 15, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

—Cuento de brujas político—

Cuando la negociación fracasa, el conflicto persiste y la única respuesta es el castigo, el problema deja de ser salarial. Se vuelve más profundo: una conducción que perdió lectura… y un equipo que ya no logra corregir el rumbo.

Hay errores que duelen.

Y hay errores que delatan.

Este no duele por lo que pasó.

Delata por lo que muestra.

Porque lo ocurrido con las paritarias docentes no es un episodio aislado.

Es una radiografía.

No del conflicto.

Del gobierno.

La cadena de la incapacidad

No es un área.

No es un funcionario aislado.

Es un mecanismo que gira… pero no engrana.

Desde la conducción política hasta la ejecución técnica, lo que se vio no fue coordinación.

Fue una maquinaria que hace ruido, consume energía… y no produce resultado.

Una ministra que habla… pero no traduce.

Una secretaría que organiza… pero no resuelve.

Un sistema que se mueve… sin avanzar.

Y cuando todo funciona en apariencia —reuniones, comunicados, mesas— pero nada cambia en la realidad, el problema ya no es de piezas sueltas.

Es de diseño.

La escena repetida

Se abre la negociación.

Se monta el escenario.

Se encienden las luces del diálogo.

Y, sin embargo, el guion ya está escrito.

El conflicto aparece.

El paro se realiza.

El descuento se ejecuta.

No hay sorpresa.

No hay giro.

No hay aprendizaje.

Solo repetición.

Como una obra que insiste en el mismo acto, aunque la platea ya se haya ido.

Gobernar en modo reflejo

Un gobierno que entiende decide.

Uno que no entiende… reacciona.

Este está reaccionando.

Como quien toca siempre la misma tecla esperando otra música.

Descuenta.

Endurece.

Reitera.

Pero no escucha.

No corrige.

No recalibra.

Y cuando la respuesta es siempre la misma, el problema deja de ser el conflicto.

Pasa a ser la falta de imaginación para resolverlo.

El ritual sin efecto

Hay algo más inquietante todavía.

La escena empieza a parecerse a un rito.

Se convoca la mesa como si fuera un conjuro.

Se repiten palabras previsibles.

Se invoca el diálogo como si bastara nombrarlo para que exista.

Pero no hay transformación.

Porque no es negociación.

Es liturgia.

Una suerte de brujería administrativa donde se agitan fórmulas, se recitan consignas… y se espera que la realidad obedezca.

No obedece.

Y entonces, frente al fracaso del hechizo, aparece lo único concreto: el descuento.

Como si el problema no fuera que el conjuro no funciona, sino que los que protestan no creen en él.

La derrota que nadie nombra

La paritaria fracasó.

No en los papeles.

En la realidad.

El conflicto sigue.

El salario pierde.

El malestar se acumula.

Y, aun así, nadie se hace cargo.

Se explican decisiones.

Se justifican medidas.

Se repiten argumentos.

Pero gobernar no es explicar lo que salió mal.

Es evitar que salga mal.

Y cuando eso no ocurre, lo que hay no es una dificultad.

Es una derrota.

El límite del equipo

Hay algo que ya no se puede disimular.

No alcanza con cambiar el tono.

No alcanza con ajustar el discurso.

Porque el problema no es cómo se dice.

Es quién lo está diciendo… y cómo lo está haciendo.

Una ministra que no logra encauzar el conflicto.

Una secretaría que no logra convertir decisiones en resultados.

Un equipo que no logra salir del mismo círculo.

Y cuando el equipo no responde, la gestión se estanca.

No por falta de recursos.

Por falta de capacidad.

Cuando insistir es fallar

Entonces la discusión ya no es salarial.

Ni gremial.

Es política.

Porque cuando un gobierno insiste en lo que no funciona, deja de sostener una posición.

Empieza a exhibir sus límites.

Y acá no hay persecución.

No hay exageración.

No es una cacería de brujas.

Es algo mucho más evidente.

Es la incapacidad.

La incapacidad de comprender el conflicto.

La incapacidad de negociarlo.

La incapacidad de corregir cuando todo ya mostró que está mal.

Un gobierno que habla de diálogo… pero no escucha.

Que convoca… pero no resuelve.

Que sanciona… porque no sabe qué más hacer.

Y entonces la imagen cambia.

Ya no es un conflicto difícil.

Es una estructura que pierde consistencia.

Un gobierno que chorrea por todos lados.

Que no logra contener.

Que no logra ordenar.

Que no logra sostener.

Y en ese goteo constante —de errores, de decisiones fallidas, de falta de rumbo— lo que se diluye no es solo una paritaria.

Es la credibilidad.

Y mientras tanto, como en todo mal cuento de brujas, ocurre lo más revelador: un hechizo administrativo hace desaparecer del Banco San Juan el bono depositado —ese gesto apurado, ese parche tardío— como forma de presionar una paritaria que ya nació extendida y sin rumbo.

Pero no hay magia que sostenga lo que no se entiende.

Porque cuando no se comprende… y tampoco se aprende… seguir igual no es firmeza.

Es, simplemente, quedarse sin gobierno.

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