Perú: La democracia que aprendió a no molestar

Abr 12, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

No hubo golpe ni ruptura visible. Solo una acumulación de gestos legales, decisiones opacas y acuerdos tácitos que fueron vaciando el conflicto hasta volverlo innecesario. En el Perú, la democracia no se quebró: aprendió a funcionar sin incomodar a nadie… salvo a quien todavía espera algo de ella.

I. El milagro reversible

Hay países que mueren con estrépito.

Golpes de Estado. Tanques en la avenida. Un general con gafas oscuras anunciando que «se ha salvado la patria». El mundo mira. Las sanciones llegan. La dictadura tiene nombre, fecha, boletín oficial.

El Perú eligió otro camino.

Más peruano, quizás. Más silencioso. Más cansado.

Aquí no hubo golpe. Hubo veinte golpes diminutos, fragmentarios, casi parlamentarios. Vacancias. Disoluciones. Interpretaciones constitucionales que olían a trampa. Una presidenta que llegó por la sucesión automática y se quedó porque el Congreso encontró en ella una utilidad: no estorbar.

No es dictadura.

Es algo más difícil de nombrar.

Es la democracia convertida en trámite.

II. El parlamento como taller de coincidencias

Jorge Basadre, el gran historiador del siglo XX peruano, escribió una vez que el Perú tenía «una costumbre de la anarquía». Se refería al siglo XIX, a los caudillos, a la inestabilidad crónica.

No imaginó esto.

Porque lo que tenemos hoy no es anarquía.

Es orden.

Un orden extraño, intestinal, que funciona por acumulación de favores. El Congreso ya no debate ideas. Debate expedientes. Nombramientos. Denegatorias. Denuncias constitucionales que se archivan solas, como si el papel tuviera voluntad propia.

Julio Cotler, el gran sociólogo de las élites, explicó una vez que el Perú era un país con «poderes sin poder». Instituciones que existen sobre el papel, pero no pesan en la realidad.

Ahora es peor.

Ahora pesan.

Pero pesan para frenar, no para construir.

III. El pacto que no se nombra

Hay un nombre que flota sobre este texto como una sombra densa.

No es Fujimori —aunque él abrió la puerta.

No es Castillo —aunque él demostró que un outsider también puede ser absorbido.

No es Boluarte —aunque ella es la cara más visible de este arreglo, ni siquiera reformándolo alcanza: aquí, hasta las cirugías dejan la sospecha de que el cuerpo nunca quiso curarse.

El nombre es otro: Supervivencia.

Las élites peruanas aprendieron algo fundamental en treinta años de democracia inestable: el adversario no es el que piensa distinto. El adversario es el que puede romper el tablero. Por eso se cuidan. Por eso se votan las leyes a escondidas, por eso los acuerdos se hacen en la madrugada, por eso nadie pregunta demasiado.

El sistema no está cerrado.

Está pactado.

Y un pacto tácito es más fuerte que una constitución. Porque la constitución se reforma. El pacto, no. El pacto respira. Se adapta. Se reinventa en cada legislatura.

IV. El votante que ya sabe

El peruano de a pie —la señora que madruga para la combi, el joven que postula a una beca, el comerciante que debe coima a un fiscalizador— no es ingenuo.

Sabe.

Sabe que su voto no cambiará la estructura de poder. Sabe que el congresista que juraba lucha anticorrupción terminará negociando una cartera. Sabe que la promesa de campaña dura hasta la primera votación en el pleno.

Y aun así vota.

No por esperanza.

Por costumbre. Por miedo. Porque no votar también es un gesto, pero un gesto que no lleva a nada.

Cotler decía que el poder en el Perú se ejercía «sin responsabilidad social». Basadre añadía que la república era «un ensayo permanente». Levitsky, más cerca en el tiempo, advirtió que la democracia peruana era «un régimen híbrido» donde las reglas formales no mandaban.

Hoy, esos tres diagnósticos convergen en una imagen incómoda:

El Perú ha perfeccionado la democracia sin rendición de cuentas.

V. La hora incómoda

Hay una escena en Conversación en La Catedral que nunca abandona a quien la lee.

No es el Zavalita en el bar. No es la pregunta famosa —«¿en qué momento se había jodido el Perú?»— que los estudiantes repiten como un mantra y los políticos usan como coartada.

Es otra.

Es más tarde. Es más oscura. Es cuando Santiago Zavalita ya no pregunta. Cuando ha dejado de buscar el momento exacto. Cuando comprende, con una lucidez que duele físicamente, que la pregunta en sí misma era un lujo de quien todavía creía que había una respuesta.

La novela no termina con un diagnóstico.

Termina con una aceptación.

Con el aire espeso de una cocina, con el olor a comida recalentada, con dos hombres que ya no tienen nada que decirse porque lo han dicho todo y nada de lo dicho ha servido para cambiar nada.

Esa es la verdadera herencia de la novela.

No la pregunta.

El silencio que le sigue.

VI. La lucidez inútil

Lo más perturbador de este sistema no es que opaque.

Es que ilumina.

Porque uno ve. Ve los nombres repetidos en las listas parlamentarias. Ve a los mismos operadores judiciales rotando de despacho. Ve a los fiscales que no fiscalizan. Ve a los periodistas que ya no se indignan —porque la indignación también se ha vuelto rutina.

Ver, en este país, no libera.

Confirma.

Y confirmar, una y otra vez, que el sistema no cambiará por la vía electoral, produce una sensación extraña: no rabia. No tristeza. Un agotamiento de baja intensidad. Un cansancio que no duele, pero tampoco deja dormir bien.

Basadre escribió que la historia peruana era «un esfuerzo por encontrar un equilibrio posible».

Lo encontramos.

Y es peor que el desequilibrio.

Zavalita, en esa cocina ya sin preguntas, miraba a Ambrosio y entendía que la verdad no servía para nada. No porque fuera falsa. Porque era inútil. La dictadura de Odría no necesitaba ser desmontada racionalmente. Necesitaba ser vivida. Soportada. Y después, olvidada hasta el siguiente turno.

Hoy no hay Odría.

Hay algo más difícil de sobrellevar: la certeza de que no hay un culpable único. Hay una coreografía. Hay muchos pequeños movimientos coordinados sin ensayo. Hay una cadena de complicidades que nadie encabeza y todos alimentan.

VII. La salida que nadie quiere nombrar

No hay salida fácil.

No la hay por la calle —las movilizaciones de 2020 y 2023 demostraron que se puede paralizar el país, pero no reconfigurar el poder.

No la hay por la urna —como si votar dos veces al año pudiera romper lo que se construye todos los días.

No la hay por la ley —porque la ley la escriben los mismos que la burlan.

Entonces, ¿qué queda?

Queda lo más incómodo: nombrar.

Ponerle palabras precisas a lo que ocurre. No llamarlo «dictadura parlamentaria» si eso es un oxímoron. No llamarlo «crisis» si ya es estable. Llamarlo por su nombre:

Democracia de baja intensidad con alta capacidad de reproducción.

Feo. Técnico. Frío.

Pero verdadero.

Y también queda —aunque duela decirlo— lo que Zavalita aprendió en esa cocina: que a veces la única forma de no volverse cómplice es negarse a participar del entusiasmo. No del voto. Del entusiasmo. De la ficción de que la próxima elección sí importa. Del cuento de que el candidato nuevo es diferente.

VIII. Epílogo para no cerrar

Zavalita preguntó una vez cuándo se había jodido el Perú.

La pregunta era literaria. Era hermosa. Era, sobre todo, una manera de eludir la pregunta verdadera.

La pregunta verdadera no está en La Catedral.

Está en lo que la novela no se atreve a decir porque sería demasiado cruel:

¿Por qué seguimos aquí si ya sabemos?

La respuesta no es heroica. No cabe en un discurso. No sirve para una tesis de posgrado.

La respuesta es más sencilla y más incómoda:

Seguimos porque no hay otro lugar. Porque el Perú no es una democracia que haya muerto. Es una democracia que aprendió a sobrevivir de sí misma. Que se volvió experta en administrar su propio vacío.

Pero hay algo peor.

No es que no haya salida.

Es que el sistema ya no la necesita.

Funciona así.

Se alimenta de su propia inercia.

Tolera el descontento. Absorbe la crítica. Recicla la indignación.

Y sobre todo —esto es lo más inquietante— no exige entusiasmo.

Solo exige presencia.

Votar. Cumplir. Seguir.

Como si la ciudadanía ya no fuera una forma de participación… sino una rutina administrativa.

Entonces la pregunta cambia.

Ya no es cuándo se jodió el Perú.

Ni siquiera por qué sigue igual.

Es otra, más incómoda, más íntima:

¿En qué momento dejamos de esperar algo distinto… y empezamos simplemente a aceptar que esto funciona?

Porque ahí —y no en el Congreso, ni en la Constitución, ni en la calle— es donde el sistema se vuelve invencible.

No cuando se impone.

Cuando deja de necesitar imponerse.

Y uno —como Zavalita, como Ambrosio, como cualquiera— ya no discute.

Solo sigue.

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