Israel, Irán y la herencia que nunca se repartió

Abr 9, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Donde la guerra no empieza con misiles… sino con interpretaciones

Antes de Gaza, antes de Teherán, antes de las fronteras: hubo una promesa. Y, como toda promesa mal leída —como toda promesa convertida en propiedad—, terminó dividiendo lo que alguna vez fue uno.

Hay relatos que no envejecen.

No porque sean eternos.

Porque no terminan.

La historia de Isaac e Ismael no explica Medio Oriente.

Lo expone. Lo deja incómodo. Como una piedra que nadie puede sacarse del zapato de la realpolitik.

No es causa.

Es forma.

Un patrón que insiste: cuando una promesa se administra como herencia exclusiva, deja de ser esperanza… y empieza a ordenar conflictos.

No busco reducir la geopolítica a un relato bíblico.

Hago algo más incómodo: muestro cómo ciertas lecturas —antiguas, persistentes— siguen operando debajo de los discursos modernos.

I. Abraham: la promesa como exceso

Abraham no fue un hombre dividido.

Fue un hombre excedido.

Una descendencia incontable.

Un pueblo.

Una tierra.

Pero toda promesa, cuando entra en la historia, exige decisiones.

Y toda decisión deja a alguien afuera.

El dato que suele omitirse no es menor: Dios también bendice a Ismael. No lo excluye. Lo incluye… pero en paralelo.

La grieta no nace del texto.

Nace de la lectura.

II. Dos hijos, una disputa que nunca cerró

Ismael fue primero.

Urgencia.

Isaac vino después.

Risa.

La historia no estalla. Se desplaza. Se vuelve más persistente: una legitimidad disputada.

Porque el conflicto no empieza cuando uno pierde.

Empieza cuando dos creen tener derecho.

Ahí se produce la torsión: la promesa que debía unir, separa; la bendición que debía multiplicarse, se administra como escasa.

Y entonces ocurre algo más profundo: cuando un dios no resuelve, organiza el conflicto.

No por lo que dice.

Por lo que deja abierto.

Dos descendencias. Dos promesas. Dos destinos.

Demasiado margen para que los hombres hagan lo que mejor saben hacer: apropiarse.

Siglos después, el islam no hereda ese conflicto.

Lo reescribe.

Recupera a Ismael no como expulsado, sino como origen.

No cambia la historia.

Cambia la legitimidad.

III. El error de leer literal lo que opera simbólicamente

Acá el análisis suele simplificar… y fallar.

Israel no es un personaje bíblico.

Es un Estado.

Irán no es árabe.

Es persa.

Y su islam es chiita, no ismaelita.

Entonces, ¿por qué este relato sigue importando?

No por genealogía.

Por estructura.

La historia de Isaac e Ismael no explica el conflicto Israel-Irán.

Pero le da un tono emocional. Una lógica de fondo.

No es causa.

Es eco.

IV. Cuando lo sagrado necesita coordenadas

El problema no es la fe.

Es cuando la fe necesita territorio.

Cuando lo sagrado deja de ser experiencia… y se vuelve frontera.

La tierra prometida deja de ser sentido.

Pasa a ser mapa.

Y en ese movimiento, todo se endurece: lo heredado se litiga, lo simbólico se arma, lo espiritual se vuelve estrategia.

Pero esto no es inevitable.

Es elección.

Cada vez que un líder invoca lo sagrado para justificar una línea, no está obedeciendo la historia.

Está seleccionando una lectura.

V. La actualidad como disfraz

Cada misil parece nuevo.

Pero responde a una lógica vieja.

No se repiten los hechos.

Se repite la estructura.

Dos relatos que reclaman legitimidad sobre un mismo origen… sin aceptar que ese origen pudo haber sido compartido.

La historia no empuja.

La interpretación, sí.

VI. La herencia que no supimos dividir

Tal vez el problema nunca fue la expulsión.

Fue la idea —nunca escrita, pero siempre operativa— de que la promesa no podía dividirse sin perderse.

Pero el texto no dice eso.

Bendice a ambos.

Lo que se estrechó no fue la promesa.

Fue la lectura.

Y cuando una herencia se vuelve exclusiva, deja de ser herencia.

Se convierte en disputa.

Donde la historia no se repite: se administra

Hay guerras por recursos.

Por poder.

Y las más difíciles: las que se pelean por sentido.

La de Isaac e Ismael no terminó en el desierto.

Se institucionalizó.

Hoy se llama geopolítica.

Ayer, herencia.

El calendario cambia.

La lógica, no.

Y sin embargo, hay algo que sigue sin intentarse: leer la promesa como posibilidad, no como propiedad.

Porque mientras lo divino siga funcionando como argumento —y no como misterio—, la grieta no se va a cerrar.

No hace falta olvidar.

Hace falta algo más incómodo.

Generosidad.

Y quizás recién ahí —entre Gaza y Teherán, entre mapas y memorias— empiece a insinuarse una sospecha: que el conflicto no está en lo que se prometió… sino en la forma en que decidimos administrarlo.

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