Hay palabras que no envejecen: se las deja de usar. Y en ese gesto —aparentemente inocente— el lenguaje empieza a olvidar lo que alguna vez supo decir.
No fue un estruendo.
Ni una reforma académica.
Ni siquiera una discusión.
Fue más simple —y por eso más grave—: dejamos de decirlas.
El cementerio de las palabras no tiene verja, ni epitafios, ni flores marchitas. No hay duelo. No hay ceremonia. Está —silencioso, prolijo, eficiente— en cada frase donde el lenguaje deja de incomodar y empieza a cumplir.
Como un trámite.
Como un formulario.
Como un titular que corre… y nadie controla. (Ironman en San Juan: millones que corren… y nadie controla).
Ansina: del modo en que solíamos decir
Allí yace ansina
—hoy: así—.
No murió: fue desalojada.
Porque no es lo mismo decir ansina que decir “así”.
En la primera hay territorio.
En la segunda, utilidad.
Ansina arrastra polvo, tiempo, una geografía entera.
“Así” —limpio, correcto, exportable— no arrastra nada. Y en ese vaciamiento, el idioma empieza a parecerse demasiado a ciertas cifras que crecen sin explicación… y sin preguntas.
Vide: del tiempo que sabíamos conjugar
Allí descansa vide
—hoy: vi—.
No era error.
Era memoria.
Decir vide implicaba detenerse.
Había peso.
Había pasado.
Hoy decimos “vi”… y seguimos.
El tiempo se volvió breve.
Administrable.
Editado en tiempo real.
No importa lo ocurrido.
Importa cómo se cuenta.
Como si la historia —al igual que ciertos discursos— pudiera reescribirse sin haber ganado ninguna batalla.
Mesmo: de la identidad sin permiso
Más allá, resiste mesmo
—hoy: mismo—.
Incómodo.
Torcido.
Persistente.
Decir mesmo —mismo, pero sin permiso— era insistir en lo propio, aun cuando el idioma exigiera corrección.
Hoy todo debe encajar.
Todo debe sonar bien.
Todo debe parecer correcto. Y en ese “mismo” —limpio, aprobado, domesticado— la identidad se vuelve decorativa.
Como ciertas gestiones que gobiernan sin agua… pero con relato. (La dicotomía que Fernández esconde: el ministro que gobierna sin agua).
Agora: del presente que pesaba
Antes, decir agora
—hoy: ahora— implicaba habitar el tiempo.
Agora no era un instante.
Era permanencia.
Ahora, en cambio, se atraviesa.
El presente ya no se vive: se responde, se consumes, se descarta.
No hay densidad.
No hay pausa. Y en ese “ahora” —rápido, útil, desechable— el tiempo pierde espesor.
El idioma acompaña esa velocidad sin resistencia.
Se adapta.
Se simplifica.
Se vuelve funcional.
Como si hablar fuese simplemente gestionar.
Afronta: de la herida que obligaba
Antes alguien quedaba afrentado
—hoy diríamos: ofendido—.
Y no era lo mismo.
La afronta no pasaba:
Quedaba.
Pesaba.
Exigía respuesta.
Obligaba a detenerse.
A reconocer.
A asumir.
Hoy todo es “ofensa”.
Rápida.
Intercambiable.
Olvidable. Y en esa palabra —ofensa, correcta, liviana, administrable— la herida pierde espesor.
Como si la dignidad también pudiera pagarse en cuotas. (El aula paga la cuenta: educación en cuotas, dignidad en suspenso).
Como si el lenguaje —igual que ciertas políticas— hubiese aprendido a licuar el conflicto hasta hacerlo irrelevante.
El aula paga la cuenta.
El idioma también.
Fasta y haiga: de lo que el lenguaje expulsa
En el cementerio también están fasta y haiga
—hoy: hasta y haya—.
No murieron.
Fueron corregidas hasta desaparecer.
La lengua moderna no corrige: depura. Y en esa depuración: lo incómodo se elimina, lo imperfecto se ridiculiza, lo distinto se borra.
Porque “hasta” y “haya” no solo reemplazan: ordenan.
Definen qué suena bien.
Qué se acepta.
Qué se enseña. Y todo lo demás —fasta, haiga— queda del otro lado.
Como si el idioma necesitara una frontera.
Pero hay algo inquietante en esa limpieza.
Todo lo que no encaja… desaparece.
Como si el idioma se hubiese vuelto un sistema cerrado.
Sin fisuras.
Sin margen.
Sin conflicto.
Como ciertas estructuras que aprenden a sostenerse sin resistencia. (La mentira del amparo: crónica de un derecho entregado sin resistencia).
Cuán: de la intensidad que dejamos de preguntar
Y aparece cuán.
Una palabra que no medía: interrogaba.
Hoy cuantificamos todo.
¿Cuánto impacta?
¿Cuánto rinde?
¿Cuánto suma?
Pero ya no preguntamos: ¿cuán profundo?, ¿cuán grave?, ¿cuán verdadero?
Porque esas preguntas incomodan. Y el lenguaje moderno —como ciertas formas de poder— no elimina lo incómodo: lo evita.
No se trata de nostalgia.
Nadie propone volver a un castellano que ya no somos.
Pero sí de advertir algo más incómodo: el idioma no se empobrece solo.
Se lo empobrece.
Se lo ordena.
Se lo corrige.
Se lo domestica.
Hasta que deja de ser territorio… y pasa a ser herramienta.
Hasta que deja de incomodar… y empieza a obedecer.
El cementerio de las palabras no está en el pasado.
Está ocurriendo.
En cada frase que simplifica.
En cada palabra que reemplaza.
En cada silencio que evita.
Porque cuando una palabra desaparece, no se pierde solo un sonido.
Se pierde una forma de mirar. Y cuando se pierde una forma de mirar… también se pierde una forma de entender.
Quizás haya que volver —aunque incomode— a ese cementerio invisible.
No para desenterrar palabras.
Para reconocer qué enterramos con ellas.
Porque en alguna de esas voces —torcidas, antiguas, incómodas— todavía hay algo que el presente no puede administrar.
Algo que no se deja corregir.
Algo que no se deja simplificar.
Algo que —si vuelve— no ordena.
Desordena. Y cuando el lenguaje desordena… ya no alcanza con explicarlo. Hay que hacerse cargo.














