El último brindis de Michel Rolland: la lenta pedagogía del vino

Mar 22, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Murió en Burdeos, pero dejó en Argentina algo más que una industria: dejó una forma de mirar. Y mirar —cuando se hace en serio— siempre incomoda.

Hay muertes que no hacen ruido: afinan.

La de Michel Rolland ocurrió así, casi en silencio, como si su propia vida hubiera decidido respetar la lógica que él defendió durante décadas: no forzar, no exagerar, no intervenir más de lo necesario. Un infarto, una noche, un cuerpo que se detiene con la misma discreción con la que durante años sostuvo una copa. Y sin embargo, lo que se interrumpe no es una biografía: es una forma de pensar.

Porque Michel no fue solo un enólogo. Fue, en el fondo, un corrector de miradas.

Llegó a la Argentina cuando el vino todavía era un gesto automático. Se producía como se repiten las cosas que nadie discute: por costumbre, por inercia, por una fe vaga en que lo que siempre funcionó seguirá funcionando.

Probó.

Observó.

Escuchó.

Y luego dijo algo que, en este país, suele caer mal: que no alcanzaba.

No era una crítica al vino. Era una crítica a la complacencia.

Porque hay sistemas que no fracasan por falta de recursos, sino por exceso de conformidad.

Michel detectó eso. Y decidió quedarse.

No para corregir desde afuera —ese deporte tan frecuente— sino para intervenir desde adentro. Para incomodar procesos, tensionar decisiones, introducir una palabra que aquí suele incomodar más que cualquier otra: método.

Yacochuya, después. El Valle de Uco más tarde. El Clos de los Siete como síntesis de una idea que parecía improbable: producir a escala sin resignar identidad.

Pero lo importante nunca fue la escala.

Fue la dirección.

Michel entendió algo que el país demoró en asumir: que el Malbec no era una casualidad geográfica, sino una posibilidad cultural. Y las posibilidades, cuando se las toma en serio, exigen disciplina.

Ahí estuvo su diferencia.

No en el talento —que abunda— sino en la forma de organizarlo.

Se lo discutió, como se discute a quien altera equilibrios cómodos.

Que uniformaba estilos. Que imponía una lógica extranjera. Que todos sus vinos se parecían. Y quizás —como ocurre con toda influencia profunda— algo de eso haya sido cierto.

Pero hay una pregunta que sobrevive a todas esas críticas:

¿Antes de Michel, el vino argentino tenía una voz reconocible?

La respuesta incomoda.

Porque ser reconocible no es parecerse: es sostener una identidad. Y eso fue, precisamente, lo que él ayudó a construir.

Hay una frase suya que no necesita contexto, porque funciona como una clave.

—El vino no se corrige. Se entiende.

No es una consigna técnica.

Es una posición frente al mundo.

Porque entender implica detenerse, observar, aceptar que no todo puede ser forzado. Implica renunciar a la ansiedad de modificarlo todo, a esa pulsión tan contemporánea de intervenir incluso lo que todavía no se comprende.

Michel proponía lo contrario.

Esperar.

Escuchar.

Ajustar solo cuando el proceso lo pide, no cuando la urgencia lo exige. Y en esa lógica —que parece simple— hay una sofisticación que el país todavía no termina de digerir.

Murió en Burdeos, pero su obra no tiene coordenadas.

Está en Cafayate, donde la altura dejó de ser un límite para convertirse en argumento. Está en Mendoza, donde la precisión reemplazó al ensayo perpetuo. Está en cada botella que hoy no se excusa en la tradición, sino que se presenta con una intención.

Porque si algo hizo Michel, fue eliminar una palabra del vocabulario del vino argentino: “suficiente”.

Después de él, suficiente dejó de ser suficiente. Y eso —aunque no siempre se diga— cambia todo.

No dejó una escuela en el sentido clásico.

Dejó algo más incómodo: un estándar.

Una vara que no se negocia con el contexto, ni con la economía, ni con la política de turno. Una forma de hacer que no depende del entusiasmo sino de la consistencia. Y en un país que suele celebrar el impulso más que la persistencia, esa herencia pesa.

Pesa porque obliga.

Pesa porque expone.

Hoy se dirá que el mundo del vino está de luto.

Pero el luto —como el vino— también puede ser una forma de evasión.

Porque mientras se homenajea, se evita.

Y la pregunta no es qué hizo Michel. La pregunta es qué hacemos ahora con lo que dejó.

Quizás su mayor legado no esté en los viñedos, ni en las bodegas, ni en las etiquetas que recorren el mundo.

Quizás esté en algo más sutil, más difícil de medir, más incómodo de asumir.

En esa pausa que aparece —cada vez más— antes de servir una copa.

En ese segundo de duda donde alguien se pregunta si realmente entiende lo que está por beber.

Michel Rolland no enseñó a hacer vino.

Enseñó a desconfiar de lo obvio. Y en un país donde lo obvio suele convertirse en refugio, esa enseñanza tiene algo de desafío permanente.

Porque entender un vino —como entender un país— no es repetir lo que se sabe. Es animarse a mirar lo que todavía no se quiere ver.

Y ahí, justo ahí, donde la mirada empieza a incomodar… es donde empieza, también, su legado.

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