Sarajevo, o la conciencia sitiada

Feb 18, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Hubo un sitio, hubo miles de muertos, hubo niños. Y hubo también —entre archivos fatigados, testimonios tardíos y silencios de una densidad casi geológica— una sospecha insoportable que el tiempo no consiguió disolver ni la prudencia diplomática logró volver decorosa: que incluso la barbarie puede adquirir forma de sistema, organizarse sin sobresaltos, repetirse con la serenidad de una rutina, mientras el mundo, experto en indignaciones breves, perfecciona su disciplina más constante: la de continuar como si nada.

La dejadez del mundo

El mundo, esa entidad solemne que se proclama guardián de valores universales y conciencia moral del planeta, ha demostrado una habilidad mucho más estable que su retórica humanitaria: la capacidad de contemplar el desastre sin permitir que éste altere seriamente el funcionamiento del orden. No es que las tragedias sean negadas —el negacionismo abierto ya resulta innecesario—, sino algo más eficaz y más moderno: son convertidas en espectáculo informativo, administradas en dosis tolerables, digeridas por la maquinaria mediática hasta perder toda capacidad de perturbar.

La atrocidad, debidamente televisada, deja de ser escándalo para convertirse en paisaje.

Hay una forma particularmente sofisticada de indiferencia que no necesita cinismo explícito, porque le basta la fugacidad. El sufrimiento ajeno se observa, se comenta, se archiva, y finalmente se transforma en una abstracción estadística que permite preservar intacta la tranquilidad de las potencias, la compostura de los organismos internacionales, la serenidad burocrática de la conciencia global. La historia acumula cadáveres; el mundo acumula comunicados.

Y nada envejece más rápido que un comunicado.

Hay frases que atraviesan los siglos no como reflexiones, sino como advertencias que la humanidad insiste en confirmar. Homo homini lupus. Plauto la escribió en una Roma que no se hacía ilusiones sobre la naturaleza humana; Hobbes la rescató para recordarnos que el orden social no es una condición natural, sino una tregua precaria sostenida por el miedo. La modernidad, siempre inclinada a confiar en sus propias ficciones civilizatorias, prefirió relegar la sentencia al terreno cómodo de la filosofía.

Hasta que Sarajevo la devolvió al territorio brutal de los hechos.

La alteración del tiempo

A comienzos de los años noventa, mientras Europa celebraba su supuesta madurez histórica, Yugoslavia comenzaba a desintegrarse entre nacionalismos inflamados, resentimientos acumulados y fracturas étnicas cuya virulencia desmentía cualquier ilusión de progreso irreversible. Bosnia-Herzegovina declaró su independencia en abril de 1992, y el gesto político fue respondido con la lógica más antigua y más eficaz de la historia: la violencia.

Entonces comenzó el sitio.

Un sitio no es únicamente un cerco militar. Es una deformación del tiempo, una pedagogía del desgaste, una asfixia prolongada. Sarajevo fue rodeada, bombardeada, sometida a la persistencia metódica del peligro. Mil cuatrocientos veinticinco días en los que la vida dejó de medirse en proyectos o expectativas para reducirse a cálculos mínimos: cruzar una calle, buscar agua, sobrevivir.

El futuro, en una ciudad sitiada, se convierte en una noción obscena.

La violencia, repetida, se vuelve costumbre.

Y la costumbre es siempre más devastadora que el sobresalto.

Desde las colinas, la artillería ejecutaba su rutina de trueno distante. En las calles, los francotiradores transformaban el movimiento humano en una lotería mortal. Cruzar una avenida dejó de ser un gesto trivial para convertirse en un acto de cálculo. El azar, en Sarajevo, tenía puntería.

En ciertos muros apareció una advertencia: Pazite, snajper.

Cuidado, francotirador.

Nada resulta más peligroso que un horror al que uno se acostumbra.

Murieron miles de personas.

Entre ellas, 1.601 niños.

Los números, a diferencia de los cuerpos, no gritan.

Los rumores que incomodan

Incluso en medio de aquella devastación comenzaron a circular relatos demasiado atroces para ser aceptados sin resistencia, demasiado incómodos para ser integrados sin fricción en la narrativa oficial del conflicto. Durante años fueron tratados como exageraciones, distorsiones, leyendas de guerra.

Nada más funcional al olvido que lo inverosímil.

Décadas después emergió una expresión moralmente corrosiva: “safaris humanos”. Según denuncias judiciales, durante el asedio habrían existido circuitos que facilitaban la llegada de extranjeros adinerados interesados en participar en la caza de civiles.

La barbarie no como arrebato, sino como entretenimiento.

La violencia no como tragedia, sino como servicio.

La banalidad del mal no es una excepción. Es un método.

Si las denuncias resultaran ciertas, la pregunta inevitable no sería únicamente quién disparó, sino quién supo, quién calló, quién decidió no saber.

El silencio también es una forma de participación.

La pregunta que persiste

Sarajevo no fue sólo una tragedia localizada en un punto del mapa, sino una advertencia brutal sobre la facilidad con que el horror puede instalarse en la normalidad del mundo mientras la conciencia internacional oscila entre la indignación retórica y el cansancio. Allí quedó expuesta la distancia entre los discursos civilizatorios y la fragilidad real de la vida humana.

Y cuando el estruendo de las armas se desvanece, cuando la historia comienza su paciente trabajo de sedimentación y el mundo recupera esa serenidad inquietante que sólo la distancia permite, regresa, inevitable, la única pregunta que jamás encuentra respuesta suficiente:

¿Cuántos Sarajevos más tendremos que vivir… antes de reconocer que la verdadera tragedia no ocurre en las ciudades sitiadas, sino en la conciencia del mundo?

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