En Mar del Plata el verano tiene algo de liturgia pagana. La ciudad, fatigada y luminosa, se ofrece como un escenario donde todo parece provisional: las sombrillas, los romances, las promesas de descanso. Yo sostengo allí una costumbre antigua, casi maniática, que repito con la fidelidad de quien teme romper un conjuro: cada temporada, sin excepción, entro a una sala teatral. No por esnobismo ni por nostalgia, sino por gratitud. El teatro —lo aprendí hace años— es uno de los pocos lugares donde la mentira se vuelve una forma superior de verdad.
Había llegado a la función con ese ánimo liviano que concede la costa. La noche era tibia, el murmullo turístico componía su sinfonía habitual, y la fila frente a la boletería parecía una versión democrática de la esperanza: jubilados curiosos, parejas jóvenes, adolescentes con risa de estreno. Nadie sospechaba nada. O, mejor dicho, todos sospechábamos lo mismo: que en unos minutos las luces se apagarían y comenzaríamos ese pacto tácito entre desconocidos dispuestos a creer en lo improbable.
La sala, como siempre, cumplió su ceremonia. Oscuridad, silencio, expectación. Pero algo, desde los primeros parlamentos, comenzó a desentonar con la delicadeza que uno espera de la ficción. No fue un error de actuación ni un tropiezo técnico. Fue una vibración más sutil, más inquietante: la sensación de que los personajes no hablaban entre sí, sino hacia nosotros. Como si el escenario hubiese dejado de ser territorio dramático para convertirse en aula. Como si la obra no quisiera contar una historia, sino impartir una lección.
Los diálogos avanzaban con la rigidez de un alegato. Cada frase parecía escrita no para revelar un conflicto humano, sino para subrayar una certeza ideológica. La ambigüedad —esa patria natural del arte— había sido desalojada. Nadie dudaba, nadie se contradecía, nadie se deslizaba por las zonas grises donde respira la condición humana. Todo era nítido, impecablemente correcto, asépticamente previsible.
Entonces ocurrió lo inevitable: la trama, dócil y disciplinada, desembocó en su destino pedagógico. El desenlace no llegó como una consecuencia dramática, sino como una proclama. El mensaje político emergió con la solemnidad de un decreto moral. No había allí ironía ni sutileza, sino una vocación didáctica que convertía al espectador en destinatario de una verdad ya resuelta. La ficción, en su instante más sagrado, pedía carnet.
No me incomodó la política —el arte siempre dialogó con ella— sino la obediencia. Ese tono de certeza incontestable que no invita a pensar, sino a asentir. El teatro, reducido a altavoz. Los personajes, degradados a portadores de consigna. La emoción, utilizada como vehículo de una conclusión obligatoria. Salí de la sala con una tristeza difícil de explicar sin caer en exageraciones, pero perfectamente reconocible: la tristeza que produce el arte cuando renuncia a su libertad.
Afuera, Mar del Plata continuaba su bullicio indiferente. Las veredas, ajenas al pequeño drama estético, sostenían su tráfico de heladerías, risas y vendedores ambulantes. Nadie parecía advertir que, en alguna parte, algo más que una obra había terminado. Caminé unas cuadras con esa incomodidad silenciosa que dejan ciertas experiencias culturales: no la decepción —siempre subjetiva— sino la sospecha.
Porque la pregunta, incómoda y persistente, comenzó a insinuarse con la terquedad de las ideas inoportunas: ¿qué ocurre cuando el arte ya no depende del público, sino de la estructura que lo financia? ¿Qué mutaciones invisibles se producen cuando la supervivencia de la obra se decide menos en la taquilla que en la oficina? No es una acusación, sino una inquietud. No un juicio moral, sino una observación empírica.
El subsidio cultural, concebido como herramienta de estímulo, puede —en ciertos contextos— alterar la ecología misma de la creación. No por mala fe ni por conspiración, sino por una lógica casi biológica: todo sistema de incentivos modela conductas. Cuando el aplauso deja de ser el único veredicto decisivo, aparece una tentación sutil pero poderosa: hablarle más al sistema que al espectador.
El riesgo no es económico. Es artístico. El creador, liberado de la presión brutal —y a veces virtuosa— del público, puede deslizarse hacia una zona de confort donde la obra ya no necesita seducir, sorprender ni inquietar a la audiencia real. Basta con alinearse con el clima correcto, con la sensibilidad dominante, con la retórica esperada. El teatro, entonces, deja de ser aventura y se vuelve trámite.
El resultado no es necesariamente mediocre. Puede incluso ser brillante en su ejecución. Pero algo esencial se diluye: la incertidumbre. Esa tensión vital entre el escenario y la butaca, entre la propuesta y la recepción, entre el riesgo y la respuesta. El arte, privado de esa fricción, comienza a endurecerse. Ya no explora: afirma. Ya no pregunta: enseña. Ya no provoca: confirma.
Tal vez la obra que vi sea apenas un episodio menor en la vasta cartografía teatral argentina. Tal vez mi lectura sea injusta, excesiva o caprichosa. Pero la sensación persiste con la obstinación de ciertas intuiciones: cuando la ficción se subordina al mensaje, algo en el arte se marchita. No porque la política lo contamine, sino porque la certeza lo inmoviliza.
El teatro —cuando es verdaderamente teatro— no adoctrina. Inquieta. No disciplina. Desordena. No confirma creencias. Las pone en crisis. Su grandeza radica en esa ambigüedad incómoda donde ninguna verdad permanece intacta. Donde el espectador no recibe instrucciones, sino preguntas. Donde la emoción no es un medio, sino un fin.
Y entonces, como nota pintoresca de una noche que pretendía ser apenas cultural, llegó la escena final fuera del libreto. El director, ya sin personajes que lo protegieran, apareció ante el público para ofrecer lo que consideró necesario: la interpretación exacta del panfleto. No habló como artista, sino como traductor de consignas. Explicó, subrayó, ordenó. Allí donde la obra había sido insistente, él fue definitivo. Allí donde la metáfora aún respiraba, él la clausuró con la prolijidad de quien teme ser malentendido.
Fue en ese instante —casi doméstico, casi humano— cuando Ivana, mi compañera de vida, tomó con fuerza mi mano. No hizo falta mirarnos. El gesto, silencioso y elocuente, llevaba implícita una súplica afectuosa: “no se te ocurra decir nada”. Sonreí. No por acuerdo ni por resignación, sino por esa ironía íntima que a veces sustituye al debate inútil.
Caminamos rápidamente hacia la salida, mezclados entre aplausos convencidos y entusiasmos fervorosos. Afuera, la noche marplatense seguía intacta, ajena a toda revelación ideológica. Y mientras descendíamos los escalones, una certeza modesta pero irrevocable se acomodó en mi ánimo:
Hay discusiones que no valen la pena. No por falta de argumentos, sino por exceso de paredes.














