La soberanía según el manual del socio: petróleo ajeno, deuda propia y discursos prestados

Ene 5, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Desde el noble arte de denunciar secuestros ajenos con las manos ocupadas: la soberanía, cuando conviene, también se declama engrilletada.

Hubo un tiempo —no tan lejano, pero ya convenientemente envuelto en neblina— en que la palabra soberanía se pronunciaba con acento bolivariano y billetera argentina. Se decía con gesto grave, como si fuera una estampita; se repetía con la solemnidad de quien jura defender la Patria… mientras pasa la gorra por Caracas. En aquellos años, la épica se financiaba con cheques opacos y tasas de interés que no figuraban en los folletos del Fondo Monetario porque eran todavía más creativas.

Hoy, Cristina Fernández de Kirchner denuncia el “secuestro” de Nicolás Maduro y la violación de la soberanía venezolana por parte de Washington. Lo hace con tono de cátedra internacional, invocando cartas, doctrinas y un derecho internacional que —detalle menor— jamás fue convocado cuando Buenos Aires y Caracas firmaban pactos a puertas cerradas, con la prolijidad de quien guarda un recibo incómodo en el bolsillo interno del saco.

La escena es conocida: la tribuna moral se arma rápido cuando el petróleo es ajeno. La indignación, en cambio, camina despacio cuando la deuda es propia.

Bolivarianismo financiero: tasas revolucionarias

Entre 2005 y 2014, Argentina y Venezuela ensayaron una danza diplomática que combinó consignas antiimperialistas con ingeniería financiera de autor. Bonos argentinos comprados por Caracas, intermediaciones difusas, comisiones que nadie veía y tasas que harían sonrojar a cualquier manual básico de macroeconomía. No era el FMI: era peor. Pero tenía música, boina y aplausos.

El arquitecto sentimental de ese idilio fue Hugo Chávez, un líder que entendía la política como un reality y la economía como un monólogo. A cambio de afecto ideológico, Venezuela compraba deuda argentina con entusiasmo épico; a cambio de silencio, Argentina celebraba la solidaridad petrolera. La soberanía, en ese guion, era una palabra elástica: se estiraba cuando convenía y se guardaba cuando estorbaba.

PDVSA (Petróleos de Venezuela S.A), la caja y el relato

Mientras PDVSA funcionaba como caja negra continental, el relato se blanqueaba con discursos. No había licitaciones claras, pero sí abrazos televisados. No había transparencia, pero sí consignas. El petróleo no se contaba: se cantaba. Y cuando alguien preguntaba por los números, se le explicaba que la Patria no se mide con una hoja de cálculo.

La paradoja es deliciosa: hoy se acusa a Estados Unidos de querer “apoderarse del petróleo venezolano”, como si ese petróleo no hubiera sido, durante años, una billetera de favores geopolíticos y un sostén de lealtades discursivas. El problema nunca fue quién se quedaba con el crudo; el problema fue quién se quedaba con el vuelto.

Big Stick, mate amargo

En su denuncia, Cristina desempolva la Doctrina Monroe y el “Gran Garrote”. La invocación es correcta; la memoria, selectiva. Porque el big stick también puede ser un cheque con tasa preferencial y letra chica. También puede ser un préstamo sin control parlamentario. También puede ser una cadena de intermediarios que cobra por acercar a dos gobiernos que se juran hermanos.

Si la soberanía es no dejar que te manden, ¿qué nombre tiene aceptar dinero caro, opaco y políticamente condicionado? ¿Cooperación Sur–Sur? ¿Amor revolucionario? ¿O simple dependencia con bandera alternativa?

Washington como villano único

Nada une más que un enemigo externo. Donald Trump aparece como antagonista perfecto: tosco, directo, petrolero. La narrativa se simplifica: el malo roba recursos; el bueno denuncia. Fin del cuento.

Pero la historia larga es menos cómoda: cuando Caracas financiaba a Buenos Aires, nadie hablaba de violación de soberanía; cuando los intereses superaban a los del FMI, nadie gritaba usura. Porque el pecado no era la deuda: era quién la firmaba.

La ética del micrófono

El micrófono es un instrumento noble: amplifica la voz y, con suerte, la memoria. También sirve para editar el pasado. En ese ejercicio, Cristina es maestra: denuncia lo que otros hacen hoy y olvida lo que ella hizo ayer. No es hipocresía; es técnica. La misma que permite indignarse por la legalidad internacional mientras se administran acuerdos sin control público.

Conviene subrayar el tono: esto es parodia. No sentencia judicial ni acta notarial. Es literatura política, esa rama del humor negro donde los discursos se miran al espejo y el espejo se ríe.

La cárcel del relato

Algunos dirán —con ironía excesiva— que la exmandataria habla desde una prisión simbólica: la del propio relato, esa celda de consignas donde todo se explica por complots ajenos y nada por decisiones propias. Otros exagerarán y hablarán de cárceles reales. La parodia toma nota y sigue: el punto no es el barro judicial, sino la gimnasia moral que permite denunciar afuera lo que se practicó adentro.

Soberanía, versión exportación

Defender la soberanía de Venezuela es legítimo. Oponerse a intervenciones extranjeras, también. Lo que chirría es hacerlo sin revisar el álbum familiar: las fotos con Chávez, los bonos con tasa revolucionaria, los intermediarios felices, las cajas negras con bandera.

Porque la soberanía no es una palabra para el acto: es una práctica diaria. Y no se defiende con discursos importados ni con deudas caras disfrazadas de hermandad.

El café frío

En el bar de la geopolítica, la taza se enfría rápido. Hoy se denuncia a Washington; ayer se aplaudía a Caracas; mañana se escribirá otro hilo. El problema no es cambiar de opinión: es cambiar de memoria.

La soberanía, al final, no es quién captura a quién, sino quién se anima a pasar la cuenta completa. Con intereses incluidos.

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