El café de los infinitos saltos

Nov 4, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica personal sobre Julio Cortázar y la alquimia de “Rayuela”

Entre el aroma de un café oscuro recién filtrado y las páginas de Rayuela, descubro que la literatura no se explica: se respira. Esta es mi lectura más íntima de Cortázar, escrita desde la certeza de que todo lector es también un personaje que aún no se reconoce.

No recuerdo el día exacto en que abrí Rayuela, pero sí recuerdo el aroma del café. Era un invierno que olía a tinta y a melancolía, y yo tenía la absurda certeza de que los libros podían cambiarlo todo. Sobre la mesa humeaba una prensa francesa recién bajada, un café oscuro que se resistía al azúcar y un ejemplar de Cortázar que parecía esperarme desde hacía décadas.

Entendí entonces que hay libros que no se leen: se habitan. Rayuela no se abre, se cae. No se estudia: se tropieza. Es un precipicio amable, un espejo roto donde el reflejo te devuelve distinto cada vez.

Mientras el café respiraba sobre la mesa, pensé que quizás la vida no imita al arte, sino que lo intuye. Que lo persigue torpemente, como un eco que intenta recordar de dónde proviene el sonido. Porque si la existencia tuviera estructura de novela, Cortázar la habría escrito en un tablero sin principio ni final.

El café como portal

El primer sorbo fue un salto. El café recién filtrado tenía la textura de una certeza que se disuelve.

Lo bebí despacio, como si cada gota marcara el compás de la lectura. En la página abierta, Oliveira hablaba de la Maga, de ese amor que se busca incluso cuando ya no se espera encontrarlo.

Aferrado a la taza comprendí que Rayuela era un mapa sin coordenadas.

Cortázar había convertido el caos en una brújula y al lector en un cómplice.

De pronto, París se deslizaba sobre la superficie del café como un reflejo: las luces del Pont des Arts, la humedad del Sena, las frases suspendidas entre la vigilia y el sueño.

Por un instante lo imaginé del otro lado de la mesa, inclinado sobre su taza, fumando sin prisa. Tenía esa sonrisa de quienes saben que escribieron algo que ya no les pertenece.

El vapor ascendía entre nosotros como un puente invisible, una conversación entre épocas.

En ese momento sentí que leer Rayuela era abrir un portal: uno que no lleva a otra realidad, sino a la profundidad de la misma. Porque hay libros que no nos transportan: nos devuelven.

Los laberintos de la palabra

Cortázar no escribió una novela: inventó una forma de perderse.

Rayuela no tiene capítulos, tiene pulsos. No tiene trama, tiene respiración.

Cada página es una nota de jazz; cada palabra, un instrumento afinado por el azar.

Mientras avanzaba, sentí que el libro no se dejaba leer: se defendía.

Me empujaba fuera de la comodidad narrativa, me obligaba a armar el rompecabezas con piezas que cambiaban de forma mientras las observaba.

Leía, bebía, volvía a leer.

El café se enfriaba con la misma lentitud con la que aceptaba que no había que entender Rayuela: había que dejarse habitar por ella.

Era una lectura más cercana a la música que a la literatura.

Cada frase improvisaba sobre el silencio, cada palabra tenía el ritmo de lo imprevisible.

Cortázar no buscaba lectores: buscaba interlocutores. Y eso —descubrí— es lo que distingue a los escritores que perduran.

En Rayuela, el lector no es un testigo pasivo; es un jugador que arriesga el sentido.

Al saltar de un capítulo a otro, uno acepta el vértigo de no saber dónde está el suelo. Y es justamente ahí, en ese desorden, donde el libro se vuelve humano.

La Maga, o la fuga del sentido

Pensé en la Maga.

No como personaje, sino como cicatriz luminosa.

Ella es la ausencia que da sentido a la búsqueda, el reflejo que se escapa cuando uno cree tenerlo.

Oliveira la busca en París, pero en realidad la persigue dentro de sí.

Y yo mientras la leía comprendí que todos lo hacemos: cada vez que amamos, que recordamos, que escribimos, que esperamos.

Buscamos algo que no tiene nombre, y sin embargo, lo reconocemos al hallarlo.

La Maga representa esa nostalgia por lo que nunca tuvimos, y sin embargo nos pertenece.

Por eso su figura es más cercana al mito que al amor.

Ella encarna la intuición de que el sentido no se conquista, se intuye; y que la vida, como Rayuela, solo puede vivirse saltando entre certezas parciales.

El café ya estaba tibio, pero seguía siendo negro y honesto.

Miré su fondo y vi mi propio rostro deformado por el reflejo.

Pensé que Cortázar había logrado lo que todos los escritores sueñan: que su libro sea un espejo donde el lector no se reconozca del todo.

San Juan, París y un mismo silencio

Cierro los ojos y escucho los ruidos de mi ciudad.

San Juan, a las seis de la tarde, tiene un silencio mineral, un calor que se demora sobre los techos como un recuerdo.

En ese instante, París parece menos lejana.

Las ciudades, pienso, son apenas escenarios del alma.

Cortázar nació en Bélgica y se hizo argentino en el exilio.

Yo nací en Ica, Perú —tierra de vino, desiertos y espejismos—, y hace años encontré en San Juan un lugar donde el silencio también escribe.

Quizás eso nos une: esa incapacidad de pertenecer del todo, esa nostalgia por lo que todavía no vivimos.

Cada vez que vuelvo a Rayuela, me descubro entre dos geografías: la del polvo y la del aire.

Ica me enseñó el viento en Paracas; San Juan, el fuego del vino.

Entre ambas, aprendí que escribir es también una forma de emigrar: dejar un lugar sin irse del todo.

Vuelvo a la taza.

En el fondo queda un sedimento espeso, una constelación de posos que podría ser el mapa secreto de Rayuela.

Cierro el libro.

Pero el libro no se deja cerrar.

El último salto

Cada generación cree que ha entendido Rayuela.

Y sin embargo, nadie la entiende.

Porque no fue escrita para eso.

Fue escrita para recordarnos que la vida no tiene índice ni prólogo.

Borges me enseñó a desconfiar de la realidad.

Cortázar, en cambio, me enseñó a dialogar con ella.

A comprender que el arte no es un reflejo de lo vivido, sino su traducción más lúcida.

La literatura no imita la vida: la revela.

Y en esa revelación, la vida se vuelve inteligible, aunque siga siendo incomprensible.

No hay respuestas definitivas en Cortázar, apenas la certeza de que la duda es el único modo de permanecer despierto.

El café se ha enfriado del todo.

Pero el aroma persiste, como si el tiempo no supiera que debe marcharse.

Miro hacia la ventana y sonrío.

Quizás Cortázar tenía razón: el arte no es la copia del mundo, es el intento más humano de comprender su misterio.

Y en esa búsqueda —tibia como el fondo del café— entiendo por fin que Rayuela no enseña a vivir: enseña a despertar.

Y mientras escribo estas líneas, el café vuelve a servirse solo.

Tal vez sea Cortázar, recordándome que la vida —como su libro— nunca termina de leerse.

Nací en Ica, Perú, tierra de vino, vientos y desiertos luminosos.

Vivo en San Juan, Argentina, donde el silencio tiene acento cuyano y el café aún sabe a madrugada.

Entre el aroma y las palabras intento seguir los pasos de quienes entendieron que la literatura no es un refugio, sino una forma de estar despierto mientras el mundo duerme.

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