Donde aún respiran las palabras: lectura, memoria y resistencia

Abr 23, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

En un tiempo que lo acelera todo, leer sigue siendo el último acto de pausa. Y escribir, una forma —casi obstinada— de no desaparecer.

El libro. Silencioso. Quieto. Un objeto como cualquier otro hasta que deja de serlo. No hace ruido. No pide nada. Apenas respira. Y, sin embargo, puede cambiarte la vida. Puede salvarla.

Lo sé porque lo he visto. En estaciones del subte, en cafés culturales, en bibliotecas populares. Gente que leía como si la historia les sostuviera el alma. Lo sé también porque soy escritor, y escribir es, en el fondo, un intento de hablar con alguien que quizás nunca conocerás. Uno se sienta solo, frente a una pantalla o una hoja en blanco, y escribe como quien arroja un mensaje en una botella al mar —sin saber si alguien lo encontrará—.

«Uno no es lo que escribe, sino lo que ha leído», decía Borges. Quizá por eso seguimos intentándolo.

Sin embargo, algo ha cambiado. En los últimos años, he notado cómo las personas pasan frente a las librerías sin detenerse. Las bibliotecas parecen más templos vacíos que centros de descubrimiento. La lectura se escapa, como las volutas de una taza de café caliente en medio del frío.

Cada vez cuesta más ver a un niño perderse en un libro; resulta más fácil verlo atrapado en pantallas que solo ofrecen estímulos, sin contar historias.

No es nostalgia. No hablo de libros por amor a las cosas viejas. Hablo de lo que se pierde cuando se deja de leer: la capacidad de imaginar al otro, de ponerse en su lugar, de encontrar belleza en la pausa. Leer no es solo entretenimiento; es un acto de humanidad.

«La literatura es mentira, pero de la buena», escribió Juan Rulfo. Tal vez sea esa mentira —la que nos hace más verdaderos—, la que más necesitamos hoy.

El 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. No es una fecha cualquiera: ese día murieron tres gigantes de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Sin embargo, nadie los ha enterrado del todo. Siguen vivos en sus páginas. Escribir es, en esencia, un intento de escapar a la muerte.

«Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, sino justicia», escribió Cervantes a través de su Quijote. Y lo mismo sentimos quienes escribimos: cada palabra es una lanza contra el olvido, la injusticia y el silencio.

«Me moriré en París con aguacero», presagió Vallejo. Al igual que él, morimos un poco cada vez que se pierde un lector.

Pero, ¿qué ocurre con quienes escriben hoy? ¿Qué defensa tienen cuando el libro ya no se valora, cuando se fotocopia sin remordimiento, se descarga sin crédito y se reproduce sin nombre?

Aquí entra en escena el derecho de autor, ese escudo que no se ve, pero que permite que sigamos escribiendo.

El derecho de autor no es burocracia ni censura. Es memoria y justicia. Reconoce que una obra tiene un padre o una madre, y que su voluntad importa. Protege lo más básico: el derecho a que te nombren, a que no destruyan tu obra, a que no lucren con ella sin tu consentimiento.

Y, sí, también es el pan que alimenta el oficio, el alivio de las cuentas que se equilibran, el aliento que nos permite seguir trazando letras en el vacío.

«Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo», escribió Galeano. Los autores somos eso: pequeñas voces con un gran eco.

En muchos lugares del mundo, el reconocimiento como autor no depende de trámites ni formalidades. Basta con crear. El acto mismo de escribir ya es una declaración de existencia.

Sin embargo, existen registros voluntarios que permiten dejar constancia de esa creación: una especie de «partida de nacimiento» para la obra, protegida ante el olvido o el abuso. No son cadenas, sino huellas, pruebas de que cada historia nace con un nombre, una intención, una voz.

Los derechos de autor se dividen en morales y patrimoniales.

Los primeros son eternos: nadie puede quitarte el derecho a ser autor.

Los segundos son la manera en que decides qué se hace con tu obra: si se imprime, se vende, se transforma en película o se adapta al teatro. Todo eso te pertenece.

No es codicia; es trabajo. Y, como cualquier trabajo, merece respeto.

Los tiempos han cambiado. La tecnología ha traído maravillas, pero también sombras. Hoy todo se copia, se comparte y se transforma en segundos.

El riesgo es que se olvide que detrás de cada archivo hay un corazón latiendo.

La obra ya no tiene rostro. La voz del autor se difumina entre enlaces rotos y archivos anónimos.

«Lo esencial es invisible a los ojos», escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito. Y eso es lo que perdemos cuando dejamos de ver al autor detrás de la obra: lo esencial.

La inmediatez nos ha robado la paciencia. Leer es esperar, es convivir con el silencio, es dejar que una historia nos lleve sin saber adónde.

Pero ahora queremos todo al instante. Queremos saber sin profundizar, opinar sin haber leído, compartir sin haber sentido.

El hábito de la lectura se desvanece, y con él, se debilita también la necesidad de proteger a quien escribe.

«Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros», escribió Franz Kafka.

Y quizás por eso urge tanto volver a leer: para romper el hielo de la indiferencia, del ruido, del olvido.

«No hay oscuridad sino ignorancia», escribió Shakespeare en Noche de Reyes. Y esa es, quizá, la tragedia más grande de este tiempo: no solo que se lea menos, sino que se olvide por qué importa leer.

Aun así, sigo escribiendo. Porque en cada rincón hay un lector esperando el eco de una palabra que resuene con su ser.

Porque un libro no es solo papel o tinta: es el eco de una voz, el soplo de un espíritu, la resistencia de una época.

La literatura, al igual que la vida misma, no desaparece por falta de ruido, sino por ausencia de amor.

«Solo cabe progresar cuando se piensa en grande, solo es posible avanzar cuando se mira lejos», dijo Ortega y Gasset.

Mientras alguien lea, las palabras seguirán respirando.

Proteger un libro es proteger la memoria.

Defender el derecho de autor es, en el fondo, defender la promesa de que, mientras alguien escriba y alguien lea… las palabras no morirán.

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