Por San Juan… y nada para San Juan

Oct 22, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En San Juan, la corrupción no se esconde: se acomoda.

No necesita disfrazarse, porque ya se volvió paisaje.

Y lo más inquietante no es el delito, sino el silencio.

Nadie denuncia. Nadie pregunta. Nadie quiere recordar.

Y entonces uno se pregunta —como si el eco de la historia repitiera su propia ironía—: ¿será que siguen los mismos modos, los mismos nombres, las mismas manos que firmaban ayer y aplauden hoy?

La corrupción que cambió de oficina

Cuando Marcelo Orrego llegó al poder, juró renovación y transparencia.

Pero la transparencia, en la política sanjuanina, es un vidrio empañado: deja pasar la luz, pero distorsiona lo que muestra.

Los empresarios que antes hacían fila en Casa de Gobierno siguen ahí, solo que con otro color de corbata.

Las contrataciones directas, los sobreprecios, los subsidios sin rendición… no son invento nuevo: son la continuidad prolijamente maquillada del mismo sistema.

Y en ese decorado, la prensa —la misma que monopolizó la palabra durante la gestión anterior— continúa tocando el mismo violín desafinado.

El monopolio mediático conserva la vieja pauta como brújula y escudo: cuidar la espalda del poder, mirar sin ver, callar a tiempo.

Cambió el discurso, no la partitura.

Y el ciudadano, cansado de escuchar promesas de limpieza, empieza a sospechar que el agua que ofrecieron para lavar el pasado era la misma que lo ensuciaba.

El pacto del silencio

El silencio es el idioma más estable de la política local.

No se pronuncia: se practica.

Nadie acusa, porque todos se deben favores. Nadie investiga, porque todos temen que el espejo los delate.

En San Juan, la corrupción no se combate: se administra.

Y el pacto no escrito que sostiene al sistema se resume en una frase que ya es costumbre: “Vos no me denuncies, y yo no te recuerdo.”

Así se sobrevive. Así se gobierna. Así se pudre la república desde adentro.

La herencia del mutismo

Durante años, los gobiernos prometieron modernidad y terminaron repitiendo las viejas liturgias del poder.

El presupuesto se volvió un altar donde se sacrifica la ética, y la política, un mercado de favores donde cada silencio se cotiza más caro que un contrato.

Mientras tanto, los medios oficialistas —algunos con la misma línea editorial que ayer, otros con el mismo dueño de siempre— convierten el escándalo en rumor, y la justicia, en trámite diferido.

El ciudadano asiste a la función sabiendo de memoria el final: la culpa se diluye, los culpables ascienden y el pueblo aplaude por inercia.

¿Por qué nadie denuncia?

Porque todos están dentro del mismo teatro.

Los que se fueron dejaron las luces encendidas para que los nuevos actores siguieran con la obra. Solo cambió el reparto.

Y la platea —el pueblo—, cansada de tanto intermedio, empieza a entender que el guion no se reescribe en las elecciones, sino cuando alguien se atreve a decir lo que todos saben.

El país del espejo roto

El próximo domingo 26 de octubre se celebrarán en todo el país las elecciones legislativas nacionales, en las que se renovará la mitad del Congreso de la Nación: 24 senadores nacionales y 127 diputados ocuparán nuevas bancas en el Parlamento.

Ese día, los partidos y las alianzas políticas intentarán ampliar su representación, asegurar poder y preservar privilegios.

Y, una vez más, los argentinos —y los sanjuaninos, entre ellos— creerán elegir el futuro, cuando en realidad estarán decidiendo si quieren seguir mirando al pasado con nostalgia o con vergüenza.

Porque sabemos por quién votamos.

Sabemos quién promete y no cumple, quién roba y sonríe, quién calla y se acomoda.

El problema no es la ignorancia: es la resignación.

La corrupción no muere con un cambio de gobierno; muere con un cambio de costumbre.

Y mientras el silencio siga siendo rentable, la corrupción seguirá siendo un negocio.

Tal vez por eso nadie denuncia: porque todos, en distinta medida, aprendieron a vivir del ruido de lo no dicho.

Y ese, en el fondo, es el verdadero poder.

Posdata desde el valle del silencio

San Juan, esa tierra que alguna vez soñó con ser ejemplo de desarrollo, terminó convertida en un santuario del acomodo, donde los milagros se gestionan por decreto y la transparencia se imprime en papel membretado.

Hoy, bajo la bandera de Por San Juan, la consigna parece haberse cumplido… aunque al pie de la letra: todo, efectivamente, fue “por San Juan” —los contratos, las licitaciones, los subsidios, los silencios—, pero no para San Juan.

Y así, la provincia logró lo que pocos: institucionalizar la ironía.

Un territorio donde el silencio cotiza, la impunidad tiene oficina y la esperanza, horario reducido.

Si alguna vez el país busca un modelo de cómo callar con elegancia, sabrá a dónde mirar:

Por San Juan.

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