EL TEOREMA DEL MONO INFINITO

Sep 7, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista. novelista y ensayista.

 

Si un mono golpeara durante un tiempo infinito las teclas de una máquina de escribir, alguna vez terminaría escribiendo a Shakespeare. En San Juan hemos decidido comprobar una variante más ambiciosa; si un gobierno produce suficientes anuncios, actos, fiestas, expedientes, fotografías y comunicados, quizá algún día produzca también una explicación.

El teorema del mono infinito es una de esas ideas matemáticas que parecen haber sido concebidas después de observar la política. Sostiene, simplificando brutalmente, que un mono pulsando teclas al azar durante un tiempo infinito terminará escribiendo cualquier texto imaginable. Incluso Hamlet. No porque el mono haya comprendido a Shakespeare. Por probabilidad.

Pensé en el pobre animal mientras observaba al gobierno de Marcelo Orrego y descubrí que quizá llevamos años interpretando equivocadamente su administración. Nosotros creíamos que gobernaba. Tal vez está experimentando. Y hay que reconocer la magnitud científica del proyecto.

Se anuncian obras. Se presentan programas. Se inauguran actividades. Se organizan eventos. Se firman convenios. Se celebran exposiciones. Se realizan conferencias. Se publican fotografías. Se suben videos. Se entregan computadoras. Se anuncian inversiones y después se anuncian los anuncios de las inversiones. La máquina de escribir no descansa.

Tac, tac, tac.

Fiesta Nacional del Sol. Ironman. ArgOliva. Expo Minera. Expo Rural. Origen San Juan.

Y así sucesivamente.

Uno podría pensar que semejante capacidad de producción comunicacional debería permitir responder preguntas relativamente sencillas. Por ejemplo, cuánto costó determinada actividad, quién contrató, mediante qué procedimiento, cuánto aportó el Estado o dónde puede consultarse un convenio.

Pero ahí la teoría encuentra sus límites. Porque el mono infinito puede escribir Hamlet, pero aparentemente todavía no consigue redactar una respuesta completa a un pedido de acceso a la información pública. Y eso tiene mérito.

En abril presenté formalmente en Casa de Gobierno un pedido de información sobre gastos públicos. No pregunté por la composición química de una estrella situada a veinte millones de años luz. Pregunté por dinero público.

Pasaron los meses y el mono siguió escribiendo. Hubo actos, comunicados, fotografías, inauguraciones y anuncios. La maquinaria estatal demostró que podía producir miles de palabras. Justamente las palabras que respondían aquellas preguntas parecían estadísticamente imposibles.

Entonces comprendí algo. Quizá el problema nunca fue la falta de información, sino la abundancia de información irrelevante.

Vivimos en una época extraordinaria en la que los gobiernos descubrieron que la mejor manera de esconder una cosa no siempre consiste en ocultarla. A veces basta con rodearla de otras mil. Una fotografía tapa un expediente, un anuncio desplaza una pregunta, una conferencia sepulta un número y una sonrisa correctamente iluminada puede durar exactamente lo necesario para que nadie pregunte quién pagó las luces.

Guy Debord habría disfrutado observándolo. El espectáculo ya no acompaña al poder. En ocasiones parece sustituirlo. El ciudadano mira imágenes, el periodista recibe comunicados, el funcionario concede entrevistas y todos participamos de una gigantesca representación en la cual se habla permanentemente para evitar, con admirable disciplina, decir determinadas cosas.

No afirmo que todo esté mal. Sería demasiado fácil y, además, falso. Un gobierno puede organizar eventos, promocionar San Juan, impulsar inversiones, realizar obra pública y buscar financiamiento. Debe hacerlo. Gobernar también consiste en ejecutar.

La cuestión comienza después.

¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Quién? ¿Con qué contrato? ¿Bajo qué condiciones? ¿Dónde está el expediente?

Ahí aparecen los silencios. Y los silencios administrativos poseen una característica fascinante, nunca vienen solos. Los acompaña una explicación sobre transparencia.

El gobierno informa que informa, publicita que comunica, comunica que transparenta y transparenta, fundamentalmente, aquello que decidió mostrar. Es como un restaurante donde el mozo nos enseña fotografías maravillosas de la cocina, presenta al chef, explica la procedencia de los ingredientes y organiza una conferencia sobre gastronomía sostenible, pero cuando uno pide la cuenta desaparece misteriosamente por la puerta del fondo.

No necesariamente hubo delito. Pero uno empieza a preguntarse por qué demonios cuesta tanto traer la cuenta.

El teorema del mono infinito tiene otra enseñanza interesante. Para producir una obra coherente mediante combinaciones aleatorias hacen falta cantidades absurdas de tiempo. Quizá allí reside nuestra equivocación.

Exigimos demasiado pronto. Queremos conocer hoy cuánto costó algo que ocurrió ayer. Queremos leer los convenios antes de celebrarlos. Queremos saber las condiciones antes de aplaudir. Queremos encontrar los expedientes precisamente cuando los buscamos.

Impacientes.

Tal vez debamos esperar el infinito.

En algún momento, entre millones de comunicados oficiales, fotografías de funcionarios caminando, videos verticales, discursos sobre el futuro y placas anunciando que San Juan avanza, aparecerá casualmente una frase extraordinaria:

“Adjuntamos la documentación solicitada”.

Ese día habrá que detener las rotativas. El mono habrá escrito a Shakespeare.

Mientras tanto continuará golpeando las teclas. Tac. Un anuncio. Tac. Una fotografía. Tac. Un evento. Tac. Una promesa. Tac. Otro comunicado.

Y nosotros seguiremos cometiendo esa incorregible insolencia periodística de preguntar cuánto cuesta, quién paga, qué se firmó y dónde están los papeles. Porque gobernar no consiste solamente en hacer, ni tampoco en contar que se hace. Gobernar democráticamente implica aceptar que alguien mire la cuenta.

Después de todo, el dinero público tiene una particularidad que algunos gobiernos parecen olvidar cuando llegan al poder, sigue siendo público después de gastarlo.

Quizá no necesitemos monos infinitos, máquinas de escribir eternas ni teoremas matemáticos. Tal vez alcance con algo mucho más sencillo.

Una pregunta. Una respuesta. Y un gobierno que entienda que la transparencia no consiste en publicar todo lo que quiere mostrar, sino, sobre todo, en mostrar aquello que preferiría que nadie preguntara.

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