Dicen que algunas madrugadas de septiembre Sarmiento vuelve a San Juan.
Nadie lo ha visto llegar, pero debe hacerlo temprano, cuando todavía las escuelas están cerradas y el viento mueve la jarilla como si estuviera barriendo el desierto. Camina despacio, con aquella cara imposible de confundir, mira las montañas y probablemente se pregunta qué hicimos con aquel país que alguna vez imaginó sentado frente a un pupitre.
Sarmiento tuvo contradicciones enormes, palabras brutales y errores que la historia no tiene por qué absolver. Pero comprendió algo que nuestra dirigencia política parece olvidar con sorprendente facilidad. Un país puede levantarse después de una crisis económica, reconstruir una ruta y hasta corregir un gobierno, pero difícilmente recupera los años en que decidió no educar bien a sus hijos.
Por eso construyó escuelas, impulsó bibliotecas y convirtió al maestro en protagonista de una idea de nación.
Imagino entonces a Sarmiento entrando hoy en una escuela sanjuanina. No encuentra primero al ministro ni al funcionario. Encuentra a una maestra.
Llegó temprano. Acomoda unas sillas, revisa cuadernos, prepara la clase y conoce perfectamente cuál de sus alumnos todavía tiene dificultades para leer. Sabe quién llega triste, quién necesita ayuda y quién aprendió hace unos días a dividir después de creer durante meses que jamás podría hacerlo.
Después Sarmiento visita el Ministerio.
Y allí comienza a perder la paciencia.
Descubre escritorios, expedientes, asesores, programas con nombres nuevos, plataformas, capacitaciones, anuncios y funcionarios capaces de pronunciar durante veinte minutos la palabra “transformación” sin explicar exactamente qué están transformando.
Cada gobierno parece haber descubierto nuevamente la educación. Cambian los nombres de los planes, los colores de los folletos y las fotografías de las autoridades. Llegan computadoras, aplicaciones y metodologías presentadas como revoluciones pedagógicas. Mientras tanto, el problema continúa siendo desesperadamente antiguo. Hay chicos que no comprenden lo que leen y otros que llegan a la secundaria arrastrando dificultades matemáticas elementales.
Cuando aparecen los resultados incómodos comienza otro espectáculo. La muestra fue pequeña, faltó tiempo, hubo pandemia, existe una situación social compleja, la culpa pertenece al gobierno anterior o los resultados deben interpretarse de otra manera.
Siempre aparece una explicación. Lo que rara vez aparece es un funcionario diciendo nos equivocamos.
Sería injusto responsabilizar solamente a quienes gobiernan hoy. El deterioro educativo argentino atravesó gobiernos, partidos e ideologías. Cada administración recibió una escuela herida y, demasiadas veces, en lugar de curarla, cambió el nombre del remedio.
Y los docentes quedaron en medio.
Les pidieron enseñar, contener, alimentar, completar formularios, adaptarse a reformas, soportar burocracia, incorporar tecnologías y resolver dentro del aula problemas que la política no pudo solucionar fuera de ella. Después, cuando los números fueron malos, alguien miró hacia la escuela buscando responsables.
Quizá Sarmiento, después de recorrer ministerios y oficinas, regresaría al aula. Allí encontraría nuevamente a aquella maestra, inclinada sobre un pupitre, explicándole por tercera vez una cuenta a un niño. Tal vez entonces comprendería que su vieja obsesión todavía sobrevive, no en los discursos oficiales ni en los homenajes del 11 de septiembre, sino en ese pequeño territorio donde alguien enseña y otro aprende.
Porque los gobiernos pasan. También pasan ministros, secretarios, funcionarios, programas y fotografías oficiales. Algunos desaparecen tan rápidamente que pocos años después nadie recuerda sus nombres.
Un maestro tiene otro extraño privilegio. Puede quedarse viviendo durante décadas en la memoria de alguien.
Por eso hoy no quiero felicitar al sistema educativo. Quiero homenajear a quienes lo sostienen a pesar de sus contradicciones. A la maestra que corrige cuando todos duermen, al profesor que vuelve a explicar, al docente que alguna vez puso una mano sobre el hombro de un alumno y le dijo simplemente “Vos podés”.
Quizá mañana Sarmiento vuelva a marcharse por las calles de San Juan. Antes de desaparecer entre el viento y la jarilla, acaso mire hacia una escuela, vea encenderse la primera luz de un aula y sonría.
Porque allí estará nuevamente una maestra esperando a sus alumnos.
Y mientras exista un docente dispuesto a encender esa luz, este país todavía tendrá una oportunidad de salir de la oscuridad.
Feliz día, maestros.
Los gobiernos administran la educación. Ustedes, todos los días, hacen algo mucho más difícil. La mantienen viva.














