Después de los resultados de PISA, de las explicaciones de la ministra y de admitir que Matemática sigue siendo una deuda, San Juan encontró una curiosa manera de homenajear al hombre que convirtió la educación en una obsesión nacional; suspender las clases.
Hay ironías que necesitan un escritor. Otras las redacta directamente el Ministerio de Educación.
Domingo Faustino Sarmiento pasó buena parte de su vida convencido de que la educación era una de las pocas herramientas capaces de modificar el destino de una sociedad. Construyó escuelas, discutió con medio país, exageró, se equivocó, se ganó enemigos y convirtió la enseñanza en una cuestión de Estado. Ciento treinta y ocho años después de la repatriación de sus restos, su provincia natal encontró una manera singular de rendirle homenaje; suspender las clases.
La Resolución N.º 16889-ME-2026 establece que el lunes 21 de septiembre no habrá actividades áulicas por el Día del Estudiante y dispone que los dos últimos módulos del viernes 18 sean destinados a jornadas de convivencia estudiantil. No tengo nada contra el Día del Estudiante, la primavera, la convivencia ni el sano esparcimiento. Los alumnos necesitan espacios para encontrarse, compartir y celebrar.
El problema no es el festejo. El problema es el contexto.
Apenas unos días antes conocimos los resultados de PISA 2025. Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, retrocediendo respecto de la medición anterior. En Matemática, aproximadamente tres de cada cuatro estudiantes argentinos evaluados no alcanzaron el nivel básico de desempeño. Los números admiten discusiones metodológicas, pero difícilmente admitan festejos.
Frente a semejante panorama, uno imaginaría una reacción proporcional a la gravedad del diagnóstico; revisar métodos, reforzar contenidos, recuperar horas, capacitar docentes, medir aprendizajes y preguntarse sin anestesia dónde estamos fallando. En San Juan, sin embargo, buena parte de la discusión terminó desplazándose hacia las razones por las cuales los resultados no deberían preocuparnos demasiado.
La ministra Silvia Fuentes señaló que participaron apenas 70 estudiantes sanjuaninos y cuestionó que esa cantidad pudiera representar la realidad educativa provincial. La observación merece rigor. Si la muestra no permite conclusiones específicas sobre San Juan, corresponde decirlo. Pero una limitación estadística tampoco puede convertirse en escondite pedagógico. Que PISA no permita diagnosticar con precisión a la provincia no significa que San Juan pueda declararse ajeno a la crisis educativa argentina. Podemos discutir muestras, metodologías y representatividad durante meses. Mientras los adultos discuten estadísticas, los chicos siguen teniendo que aprender.
Y entonces llegó otra frase difícil de olvidar. Después de señalar avances en Lengua, la ministra afirmó que ahora “tenemos que apostar en Matemática”.
Apostar.
Quizá el verbo haya sido involuntariamente preciso. La educación parece haberse convertido en una mesa donde cada temporada se colocan las fichas sobre una casilla diferente. Hoy alfabetización, mañana Matemática, después tecnología. Pero educar no consiste en apostar. Un sistema educativo debe conseguir que un alumno pueda leer, escribir, calcular, interpretar, argumentar y pensar. No podemos descubrir Matemática después de Lengua como quien encuentra una habitación olvidada dentro de la escuela.
La ministra llegó incluso a calificarse con un “aprobado justito”. La expresión podría resultar simpática en boca de una alumna que consiguió salvar una materia. En boca de quien conduce el Ministerio de Educación adquiere otro significado. Un estudiante puede conformarse alguna vez con un aprobado justito. Una ministra de Educación debe aspirar a bastante más. Y si el cargo le quedó grande, debería renunciar. Porque cuando está en juego la formación de miles de chicos no alcanza con pasar raspando. La educación necesita mucho más que un “aprobado justito”.
Y cuando todavía intentábamos comprender semejante pedagogía de la explicación, apareció el asueto.
La coincidencia es casi literaria. Tenemos problemas educativos y reducimos horas de clase. Tenemos dificultades en Matemática y hablamos de apostar por Matemática. Tenemos evaluaciones preocupantes y discutimos la evaluación antes que el aprendizaje. Tenemos Comprendo y Aprendo, Modo Matemática, Transformar la Secundaria, programas de alfabetización, computadoras, plataformas, funcionarios y anuncios, pero seguimos evitando la pregunta más elemental: ¿están aprendiendo nuestros chicos?
Porque la educación posee una virtud despiadada, tarde o temprano desenmascara la propaganda. Podemos bautizar programas con nombres magníficos, repartir computadoras, organizar actos, elaborar estadísticas y llenar las redes oficiales de buenas noticias. Pero después aparece un alumno frente a un problema matemático y debe resolverlo. Aparece un texto y debe comprenderlo. Aparece una idea y debe razonarla. En ese instante desaparecen el comunicado, la fotografía y el discurso. Quedan solamente el estudiante y aquello que realmente aprendió.
Por eso discutir el asueto como si se tratara de decidir si los jóvenes merecen celebrar su día sería reducir el problema hasta volverlo absurdo. Claro que lo merecen. La pregunta es otra, ¿cuánto vale una hora de clase para un sistema educativo que reconoce enormes desafíos de aprendizaje?
Un día parece poco. Dos módulos parecen insignificantes. Una excepción nunca cambia nada. El problema es que la decadencia educativa casi nunca ocurre mediante una gran decisión que destruye todo de una vez. Se produce lentamente, hora por hora, concesión por concesión, contenido por contenido, exigencia por exigencia, hasta que aquello que alguna vez fue excepcional termina convertido en costumbre. Entonces llega una evaluación, coloca un número delante del espejo y todos preguntamos sorprendidos cómo pudimos llegar hasta allí.
Tal vez convendría recordar a Sarmiento antes de convertirlo en una referencia ceremonial dentro de una resolución. No hace falta canonizarlo. Fue contradictorio, polémico y excesivo. Pero comprendió algo que todavía parece costarnos entender; un país que descuida la educación no pierde solamente clases; pierde futuro.
Imagino al viejo sanjuanino leyendo las noticias de su provincia. Primero los resultados. Después las explicaciones. Luego aquello de “apostar” por Matemática. Más tarde el “aprobado justito”. Finalmente, el asueto.
Sarmiento acomoda los anteojos y vuelve a leer. Quizá piense que entendió mal.
No, Domingo. Entendiste perfectamente.
En la provincia donde naciste, mientras discutimos cuánto están aprendiendo nuestros chicos, decidimos homenajear una fecha vinculada con tu memoria cerrando los cuadernos.
Sarmiento debe estar furioso.














