Primero fueron los abogados, después los maestros y en el calendario siempre queda ArgOliva. Cuando faltan resultados para exhibir, sobran fiestas para fotografiar. El problema empieza cuando detrás del brindis aparece el dinero público y, delante de las preguntas, desaparecen las facturas.
En San Juan la política parece haber descubierto que gobernar puede ser agotador, pero sacarse fotografías es bastante más sencillo. Lo comprendí viendo cómo el poder comenzó a deslizarse, con la delicadeza de un invitado que nadie recuerda haber invitado, dentro de celebraciones que deberían pertenecer a sus verdaderos protagonistas. Primero fueron los abogados. Después los maestros. Y el espectáculo continúa.
No importa demasiado la profesión ni el motivo. Hace falta un salón, algunas mesas, gente suficiente para llenar el encuadre y, por supuesto, una cámara. El resto lo hace la liturgia oficial. Llegan los funcionarios, sus acompañantes y quienes acompañan a los acompañantes. Alguien acomoda las sillas, otro prepara el teléfono y entonces ocurre el milagro institucional. La política estaba allí, “acompañando”.
Qué palabra extraordinaria. Cuando no hay demasiado que explicar, siempre se puede acompañar.
Con los abogados la escena tuvo cierta belleza kafkiana. La política celebrando a quienes conocen las leyes mientras el ciudadano intenta conocer en qué se gasta su dinero. Con los maestros fue todavía mejor. Funcionarios homenajeando durante una noche a docentes que durante el resto del año deben discutir salarios, condiciones laborales y las consecuencias de un sistema educativo que no se arregla levantando una copa frente a una cámara. Sonría, maestra. Un poquito más cerca del funcionario. Ahí. Perfecto. Feliz día. El lunes volvemos a la realidad y en paritarias, no te conozco.
Pero sería injusto pensar que esta vocación festiva termina allí. El orreguismo posee experiencia suficiente en convertir acontecimientos en grandes vidrieras del poder. En esa geografía del espectáculo aparece también ArgOliva, porque cuando la política encuentra un escenario donde pueden mezclarse producción, gastronomía, empresarios, discursos y fotografías, resistirse sería casi una irresponsabilidad electoral.
No discuto la importancia de promocionar el aceite de oliva, la producción sanjuanina ni los encuentros capaces de generar actividad económica. Lo que discuto es la necesidad casi patológica de convertir cada actividad social, profesional o productiva en escenografía gubernamental. Una cosa es promover, otra apropiarse y una tercera, bastante más delicada, pagar.
Y ahí termina la fiesta y comienza el periodismo de investigación.
El dinero público tiene una característica que algunos funcionarios parecen olvidar cuando llegan los brindis. No pertenece al gobierno. Pertenece al ciudadano. Por eso detrás de cada salón contratado, escenario, servicio gastronómico, sonido, pantalla, publicidad, traslado o estructura financiada con recursos estatales existe una pregunta mucho menos elegante que una copa de vino.
¿Cuánto costó?
Y después aparecen otras todavía más incómodas. Quién cobró, de qué partida salió el dinero, cómo se contrató y dónde están los expedientes, contratos, órdenes de compra y facturas.
Qué manera de arruinar una fiesta.
La política adora mostrar el escenario terminado. Lo que suele entusiasmarla bastante menos es mostrar la cuenta. Para la fotografía existe una velocidad extraordinaria. Funcionarios sonriendo, autoridades saludando, discursos, abrazos, copas y mesas perfectamente preparadas aparecen inmediatamente en las redes. Pero cuando alguien pregunta por los gastos, el tiempo administrativo adquiere propiedades cercanas a la eternidad.
La fotografía tarda segundos. La rendición puede tardar meses.
Debe ser algún fenómeno de la física estatal todavía no estudiado.
Por eso el problema no son los abogados, los maestros ni ArgOliva. Tampoco las fiestas, reconocimientos o encuentros productivos. Una sociedad necesita celebrar. El problema aparece cuando el homenaje se convierte en propaganda, la propaganda se financia con recursos públicos y después los números se vuelven tímidos.
Si el dinero es público, las cuentas también deben serlo. Completas, visibles, sin maquillaje y sin obligar al ciudadano o al periodista de investigación a convertirse en arqueólogo administrativo para descubrir cuánto costó aquello que el gobierno exhibió orgullosamente en sus redes.
Hay algo profundamente irónico en todo esto. El contribuyente puede terminar pagando una celebración a la que nunca fue invitado para luego contemplar gratuitamente las fotografías de quienes sí asistieron. Es un negocio comunicacional perfecto. El ciudadano pone los impuestos, el Estado paga, el funcionario sonríe y la política se queda con la foto.
Después vendrá la publicación oficial. Nos dirán que “compartieron”, “acompañaron”, “celebraron” y “reconocieron”. Verbos hermosos y cuidadosamente elegidos. Faltará solamente uno, quizá el más importante cuando se trata de fondos públicos.
Gastamos.
Y junto a ese verbo debería aparecer una cifra.
Tal vez por eso la política desesperada necesita meterse en cada celebración. Cuando la gestión cotidiana no produce suficientes aplausos, siempre queda la posibilidad de organizar un lugar donde los aplausos estén incluidos. Y si además el dinero no sale del bolsillo del funcionario, la fórmula roza la perfección. Se paga colectivamente, se celebra institucionalmente y se capitaliza políticamente.
Primero fueron los abogados, después los maestros. Está ArgOliva y vendrán otros, porque el calendario es generoso y el presupuesto, aparentemente, también.
Así que preparen las mesas, acomoden las copas y enciendan las cámaras. La política ya confirmó asistencia y, por lo visto, también encontró quién pague la fiesta.
Nosotros.
Después del brindis quedará apenas una pequeña impertinencia periodística, claro, de un periodista independiente, sin pauta y con la incómoda vocación de preguntar: Ahora muestren la cuenta.














