De Santiago a Caracas: los fantasmas de la CIA y los defectos que abren la puerta

Oct 21, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La historia se repite

Medio siglo después del golpe que silenció a Salvador Allende, las viejas sombras del intervencionismo vuelven a recorrer América Latina. Pero la CIA no actúa en el vacío: detrás de cada intromisión extranjera hubo gobiernos que, entre soberbia, desorden, corrupción y dogmas, abrieron la puerta desde adentro.

Cuando el pasado no pasa

Hay frases que pesan más que los siglos. “La historia se repite” no es solo una advertencia moral; es una radiografía del poder.

Cada generación latinoamericana jura haber aprendido la lección, y sin embargo, los mismos errores vuelven con distinto uniforme.

Trump autoriza la reactivación de operaciones de la CIA en Venezuela, y el eco que responde no viene de Washington, sino de Santiago de Chile, 1973.

Las repeticiones no ocurren por azar. Detrás de cada intervención extranjera hubo también un terreno fértil sembrado por la soberbia, la improvisación o la ceguera política de quienes creyeron que gobernar era resistir.

Allende y Maduro, con medio siglo de distancia, comparten esa paradoja: quisieron redimir a su pueblo, pero descuidaron los mecanismos que sostenían la república.

Allende: el ideal que olvidó la aritmética

Salvador Allende soñó con una vía chilena al socialismo: una revolución sin violencia, un laboratorio democrático que enamoró a intelectuales y asustó a banqueros.

Pero el sueño tenía grietas: la economía se desmoronaba, la inflación rozaba el 500 %, y las huelgas paralizaban los puertos mientras el mercado negro florecía.

El Estado crecía, pero la producción caía; los discursos se multiplicaban, pero los alimentos escaseaban.

Allende no fue un tirano: fue un idealista que subestimó la dinámica del poder real. Creyó que bastaba la voluntad para sostener una revolución sin consenso, y en esa ingenuidad abrió la puerta al caos que otros aprovecharon.

La CIA no necesitó crear el desorden: solo lo amplificó.

Kissinger movió fichas, Nixon firmó cheques y los medios estadounidenses justificaron el golpe antes de que los tanques lo consumaran.

Pero sería un error convertir a Allende en un mártir inocente.

Su gobierno ignoró los límites de la economía, desoyó a una oposición creciente y confundió legitimidad electoral con infalibilidad moral.

El resultado fue la tragedia: un presidente valiente, un pueblo dividido y un país dispuesto —por agotamiento— a aceptar el orden de los fusiles.

Chile lo amó, lo resistió y finalmente lo traicionó.

Maduro: la revolución que se volvió sistema

Medio siglo después, otro país rico en recursos repite la escena con distinta escenografía.

Venezuela, bajo Nicolás Maduro, sobrevive entre sanciones, corrupción, control de divisas y un éxodo que ha vaciado ciudades enteras.

El discurso bolivariano, que alguna vez invocó justicia social, se transformó en un lenguaje de resistencia perpetua.

El chavismo —heredero de un carisma que se extinguió con Chávez— cambió la pasión política por la administración del miedo.

El aparato estatal se volvió juez, parte y testigo; la Asamblea perdió autonomía; la justicia, independencia; y el voto, sentido.

Nada de eso justifica una intervención extranjera.

Pero sería deshonesto ignorar que la erosión democrática y la corrupción sistémica prepararon el terreno para el relato redentor que hoy vuelve a venderse desde Washington: “No invadimos, ayudamos a liberar.”

Trump, y quienes lo sucedan, saben leer el desgaste.

La CIA no entra por la fuerza: entra por las grietas.

Y las grietas de Venezuela son internas: corrupción, inflación crónica, clientelismo, censura, persecución, narcotráfico en la frontera y una élite revolucionaria que se acostumbró a la abundancia en un país empobrecido.

De los errores nacen los pretextos

Ningún imperio actúa sin excusa.

En Chile, el argumento fue el comunismo.

En Venezuela, la “crisis humanitaria” y el “rescate democrático”.

Pero en ambos casos hubo fallas domésticas que hicieron creíble la narrativa extranjera.

Los errores de gestión, el control absoluto del poder, la falta de transparencia y el culto al líder —ya sea el médico socialista o el chofer bolivariano— sirvieron como combustible para el intervencionismo.

El Norte no inventa los defectos del Sur; simplemente los utiliza.

La CIA no crea ideologías: las manipula.

Donde hay escasez, ofrece dólares.

Donde hay represión, promete libertad.

Donde hay caos, vende orden.

Y donde hay una crisis interna, instala un operativo externo.

Así, la historia vuelve a escribirse con la tinta del oportunismo y la complicidad local.

El poder que no aprende

En América Latina, los gobiernos populares suelen olvidar que el poder no se defiende solo con retórica.

Allende creyó que la revolución podía sustentarse en el Parlamento; Maduro, que bastaba controlarlo.

Ambos olvidaron que las instituciones no son un estorbo, sino el último dique contra la caída.

Cuando el Estado se confunde con el partido, cuando la prensa se transforma en enemigo y cuando la justicia se somete al poder político, la democracia deja de ser un escudo y se convierte en una coartada.

Entonces, el viejo discurso del imperio encuentra su entrada.

La CIA no tiene ideología: tiene memoria.

Sabe esperar, infiltrar, financiar y sembrar el descontento hasta que el pueblo crea que la intervención es salvación.

Y cuando eso ocurre, la historia ya no se repite: se perpetúa.

La cicatriz y la lección

El cobre chileno y el petróleo venezolano son apenas metáforas de una lucha más profunda: la del control del destino.

Ningún país latinoamericano ha logrado aún administrar su riqueza sin despertar sospechas, ni defender su soberanía sin provocar sanciones.

La autodeterminación, en este continente, se paga cara: primero con aislamiento, luego con hambre y finalmente con injerencia.

Pero también hay que decirlo con crudeza: las revoluciones que se enquistan en el poder dejan de ser revoluciones y se vuelven regímenes; los líderes que prometen igualdad y terminan reprimiendo la disidencia pierden autoridad moral; y los pueblos que callan por miedo o comodidad terminan legitimando su propia servidumbre.

La historia no se refleja como en un espejo, sino que deja una cicatriz que vuelve a abrirse cada vez que un gobierno confunde justicia con revancha.

No es el reflejo lo que duele: es la herida que nunca cerró.

La historia se repite no porque el imperio insista, sino porque los pueblos se olvidan de defender la república antes de defender la bandera.

El precio del olvido

Allende murió con dignidad; Maduro gobierna con resistencia.

Uno cayó víctima del golpe; el otro sobrevive en la implosión.

Ambos encarnan el dilema latinoamericano: la fe en la justicia social enfrentada a la realidad del poder global.

La CIA no inventó la desigualdad, pero la usa.

Los gobiernos populares no inventaron la corrupción, pero la toleraron.

Y entre ambos extremos, el pueblo —siempre el pueblo— vuelve a quedar en el medio, aplaudiendo una utopía que se le escapa entre sanciones, discursos y promesas que ya no calientan el plato vacío.

“La historia se repite,” dicen.

Sí, pero no porque los Estados Unidos vuelvan a intervenir, sino porque América Latina sigue cometiendo los mismos pecados que la hacen vulnerable: el dogma, la improvisación, la impunidad y el olvido.

Cuando un país convierte su revolución en rutina y su soberanía en eslogan, no necesita enemigos externos: ya los lleva adentro.

Y es entonces —solo entonces— cuando el águila del Norte vuelve a desplegar sus alas sobre el sur… porque alguien, desde adentro, le abrió la jaula.

“La historia no se repite, sangra.”

— Iván Nolazco

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