¿Quién decide quién vota en Argentina?

Oct 1, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En San Juan, miles de ciudadanos descubren que su nombre se esfumó del padrón electoral. La Secretaría Electoral no da respuestas, el RENAPER se deslinda y la Justicia llega tarde. La omisión ya no es un error: es un delito que erosiona el corazón de la democracia.

El día en que la democracia hizo agua

En un solo día, veinticinco ciudadanos de San Juan se toparon con un muro invisible: no figuraban en el padrón electoral. Todos con DNI vigente, con domicilio en regla, con la certeza de estar habilitados para votar. Pero al ingresar al sitio oficial de la Justicia Electoral, sus nombres se habían disuelto como tinta en agua.

La respuesta de las autoridades fue tan fría como burocrática: “Son más de mil en la misma situación”. Dicho así, como si la estadística pudiera maquillar la tragedia de un derecho conculcado. Como si el voto, ese pilar democrático conquistado con décadas de sangre y movilización, pudiera reducirse a un número extraviado en una base de datos.

El silencio de las oficinas

La Secretaría Nacional Electoral en San Juan asegura que no tiene “certeza” de qué pasó. El RENAPER, por su parte, se sacude la responsabilidad: “Nosotros solo proveemos datos”. El juego de pases de pelota entre organismos convierte a los ciudadanos en rehenes de un vacío institucional.

El problema es que en ese vacío no solo desaparecen nombres: desaparece el derecho al sufragio, garantizado por el artículo 37 de la Constitución Nacional. El Estado se transforma, sin querer reconocerlo, en cómplice de la exclusión. Y cada omisión es, en términos jurídicos, más que un error: configura un delito electoral por impedir el ejercicio del voto.

Cuando la omisión se convierte en delito

El Código Electoral Nacional es claro: quien impida a un ciudadano votar incurre en una violación al derecho electoral. La omisión administrativa —cuando es masiva y repetida— deja de ser un descuido para convertirse en un obstáculo intencional o, al menos, en una negligencia grave que hiere la legitimidad del proceso.

En otras palabras: no figurar en el padrón no es un problema técnico, es un acto que pone en jaque la soberanía popular. ¿Qué democracia puede sostenerse si miles de ciudadanos quedan excluidos sin explicación ni remedio inmediato?

Rostros detrás de las cifras

En los barrios de Capital, Rawson o Pocito no se habla de tecnicismos jurídicos, sino de bronca y desamparo. Una maestra jubilada que esperaba votar por enésima vez; un joven de 18 años que iba a estrenar su DNI en la urna; un trabajador que confiaba en la boleta como única arma de expresión política. Todos quedaron en suspenso, expulsados por un error que nadie asume.

El relato oficial convierte a estos sanjuaninos en “casos aislados”. Pero la suma de veinticinco en un día, multiplicada por semanas y departamentos, desmiente esa coartada. La omisión es estructural.

¿Quién defiende mi derecho a votar?

La pregunta recorre cafés, radios locales y pasillos judiciales. El derecho al voto no puede depender de la buena voluntad de un empleado de turno ni de la suerte de figurar en un registro. Está respaldado por la Constitución y por pactos internacionales que obligan al Estado argentino.

La vía judicial existe: el amparo electoral. Pero no todo ciudadano tiene el tiempo, el dinero o el asesoramiento para plantarse ante un Juzgado Federal. Y mientras tanto, las elecciones avanzan y la democracia se convierte en un teatro con butacas vacías.

La democracia a prueba

Lo ocurrido en San Juan no es un simple error administrativo: es un síntoma de la fragilidad institucional argentina. La cadena de omisiones —RENAPER, Secretaría Electoral, Justicia que reacciona tarde— configura una grieta que no aparece en discursos, sino en la práctica más elemental de la ciudadanía: el derecho a elegir y ser elegido.

Si el Estado no garantiza ese derecho, incurre en la más peligrosa de las corrupciones: la que corroe desde adentro el contrato democrático. No hay mayor delito político que impedir al pueblo ejercer su soberanía.

Y lo que es más grave: ¿será que esta realidad no se limita solo a San Juan? ¿Se repetirá en otras provincias, donde también ciudadanos queden borrados de un plumazo del padrón electoral? La pregunta es brutal y la respuesta, todavía más inquietante.

Si la institución que debería velar por nuestra democracia no sabe quiénes votan, la falla es monumental. Pero si lo supiera y, aun así, la omisión se repitiera en silencio, lo que se pone en duda no es un padrón: es la democracia misma.

Porque al final, lo intolerable no es solo que falten nombres en una lista: es que pueda faltar la soberanía en la urna.

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