En San Juan el vino no se elabora: se escucha.
La XXXVII Cata Nacional recuerda que no solo somos mosto: somos tradición, identidad y denominación.
El comienzo en la tierra
Todo comienza en la tierra.
Pero no en cualquier tierra.
Sino en aquella que respira alto y guarda silencio, como si las piedras tuvieran memoria y el viento pronunciara apellidos.
Así nació también, en 1988, el Consejo Profesional de Enólogos de San Juan. No en un laboratorio frío ni en un despacho burocrático, sino en el terreno fértil de una necesidad: la de darle voz, jerarquía y protección a quienes, desde la alquimia cotidiana, transforman racimos en relatos líquidos.
No era un capricho. Argentina necesitaba que los enólogos dejaran de ser artesanos invisibles para convertirse en protagonistas reconocidos de una industria que ya no era apenas un oficio, sino una cultura.
El Consejo como raíz
Con el correr de los años, el Consejo se volvió raíz profunda. Apostó por la formación continua, organizó cursos y seminarios, impulsó la defensa de la ética profesional y acompañó a generaciones enteras de técnicos y artistas del vino. Porque ser enólogo no es solo medir azúcares o controlar temperaturas: es entender que el vino no se elabora, se escucha.
Bajo la presidencia actual del enólogo Pedro Pelegrina, esa raíz se ha convertido en tronco firme. Pelegrina —hombre de palabra medida y mirada larga— entiende que el Consejo no es un sello en un membrete, sino una comunidad viva. Su liderazgo combina tradición y modernidad: defiende la memoria del oficio mientras abre la puerta a los desafíos del cambio climático, los nuevos consumidores y la globalización del mercado.
La Cata: ceremonia sin campanas
Entre las obras del Consejo, la más visible es el Concurso Nacional de Vinos Cata San Juan, que este año celebra su XXXVII edición. Cada agosto, la provincia se transforma en altar laico del vino: bodegas grandes y pequeñas, vinos de autor y vinos con marca propia, etiquetas consagradas y proyectos incipientes, todos se presentan a la misma prueba: la copa.
El jurado, compuesto por enólogos, sommeliers y expertos, no ve marcas ni historias. La cata es a ciegas, como debe ser toda justicia. Y así, en el silencio de la degustación, se revelan verdades líquidas que ningún folleto podría inventar.
Las medallas —Plata, Oro y Gran Oro— se convierten entonces en brújulas. Señalan no sólo los mejores vinos, sino también el camino de quienes arriesgan. Premian la paciencia del barril, la fe del viticultor que riega el desierto, la obstinación del joven que se animó a firmar su propio vino aunque nadie apostara por él.
Vinos con firma: autoría y soberanía
El Consejo ha dado espacio y legitimidad a dos fenómenos que marcan el presente del vino argentino: los vinos de autor y los vinos con marca propia.
El primero es un acto poético: el enólogo que imprime su estilo personal, que convierte la botella en autobiografía, que se anima a desafiar la moda para proponer su propia estética. El vino de autor no se repite: es hijo único.
El segundo es un acto empresarial: el emprendedor que compra, selecciona y embotella con su propio nombre (marca) apostando a construir identidad y soberanía comercial. Es la maquila transformada en bandera.
Como alguna vez escribí: “todo vino de autor es un vino con marca propia, pero no todo vino con marca propia es un vino de autor”. Esa diferencia, lejos de dividir, enriquece. Y el Consejo, con su concurso, los reúne a todos en la misma mesa, porque en la copa no hay jerarquías previas: sólo calidad.
Entre San Juan y Mendoza
El vino no sólo se bebe, también se dice. En Argentina existe un eufemismo entrañable: “estar entre San Juan y Mendoza”. Como en España se decía “entre Pinto y Valdemoro”, aquí la expresión nombra, con humor y ternura, el estado de embriaguez.
No hace falta estar físicamente en esas provincias para sentirse allí: basta con que el vino haya hecho su trabajo. Y es que tanto San Juan como Mendoza son más que territorios: son paisajes bebibles, metáforas del desborde, pasajes de una crónica que todavía escribimos.
Lo cantó Rubén Alberto Benegas:
“Anoche me perdí entre San Juan y Mendoza…
y no sé si fue el vino o la nostalgia
lo que me hizo olvidar el camino de vuelta.”
La frase resume lo que el Consejo entiende: el vino no es sólo técnica, es también cultura. No es sólo economía, es identidad. Y ahí radica la fuerza de su labor.

Enólogo Pedro Pelegrina. Presidente Consejo Profesional de Enólogos de San Juan.
Pelegrina: custodio de un oficio
En la presidencia del enólogo Pedro Pelegrina, el Consejo reafirma su rol como custodio de la profesión. Su tarea no se agota en la organización de la Cata, sino que se extiende a la defensa de los enólogos, a la promoción de prácticas sostenibles, al impulso de proyectos que aseguren que San Juan siga siendo un territorio de excelencia.
Pelegrina no busca protagonismo: busca continuidad. Sabe que cada enólogo es, a su manera, un contador apasionado de historias. Y que su función como presidente es garantizar que esas historias encuentren escenario, reconocimiento y respeto.
El futuro embotellado
Todo comienza en la tierra, pero termina en una institución. El Consejo Profesional de Enólogos de San Juan, con más de 35 años de historia, es hoy un espacio donde tradición y modernidad conviven. Donde el vino no es sólo negocio, sino memoria. Donde se forman los custodios de un oficio que no admite improvisaciones.
La XXXVII Cata Nacional de Vinos es la expresión más visible de esa tarea. Pero detrás de cada copa hay algo más grande: la convicción de que cada vino embotella un país posible.
Y mientras el mundo corre hacia la velocidad y la estandarización, en San Juan —entre la paciencia del barril y la fe del viticultor— se sigue esperando. Confiando en que el futuro también puede embotellarse, siempre que alguien custodie la raíz.
Porque un vino no es sólo lo que dice en la etiqueta. Es, sobre todo, la historia de quienes se atrevieron a escucharlo.
Y si algo enseña la XXXVII Cata Nacional de Vinos, es que San Juan no sólo es mosto —aunque sea el mayor productor del país—.
San Juan es tradición, porque cada vendimia es herencia viva de quienes regaron antes el desierto.
San Juan es identidad, porque cada copa habla con acento propio, distinto al de Mendoza, distinto al del mundo, inconfundible como su sol y sus piedras.
San Juan es también denominación, porque el vino no se agota en litros ni en mercados: se nombra, se reconoce, se vuelve referencia.
Y mientras el Consejo Profesional de Enólogos custodie esa raíz, el futuro del vino sanjuanino no será sólo promesa: será firma.
Porque cuando San Juan quiere, también sabe sumar, defender lo propio y levantar la copa con dignidad y orgullo.














