La última frontera de la humanidad: Gaza

Sep 1, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En la Franja no sólo mueren niños y médicos; muere también la idea misma de civilización. Gaza es el espejo roto donde el mundo exhibe su fracaso moral y su adicción a la barbarie.

El despertar imposible

¿Qué pasaría si mañana nos despertáramos en Gaza?

No como espectadores protegidos por la distancia, sino como habitantes de esa franja estrecha, preguntándonos qué comeremos, a quién lloraremos, qué hospital resistirá hasta la noche o qué niño se convertirá en huérfano sin aviso.

Esa es la pregunta que nadie quiere hacerse. Gaza no está lejos; Gaza es la última frontera de la humanidad. Todos somos gazatíes hoy. O deberíamos serlo.

El laboratorio del horror

La guerra moderna ya no necesita justificación: se muestra y basta. Gaza es el ejemplo perfecto. Un laboratorio donde la crueldad se aplica con precisión: hambre planificada, bombardeos selectivos, ejecuciones a distancia.

Un niño que busca pan puede convertirse en blanco de un francotirador. Una mujer que carga agua recibe balas como recordatorio de que hasta la sed está prohibida. Médicos sin Fronteras no exageró al hablar de una “matanza orquestada”.

La muerte fulminante —bomba, misil, dron— parece un alivio frente a la otra: la lenta, la infecciosa, la que llega cuando ya no hay antibióticos ni cirujanos porque más de doscientos médicos y mil trabajadores sanitarios han sido asesinados. En Gaza, hasta la salud es tratada como enemiga.

La aritmética de los cadáveres

Nos dijeron que la justicia internacional había aprendido con los Balcanes, que Milosevic era prueba de que los genocidas no quedaban impunes. Pero Gaza destruye esa narrativa: allí la muerte se mide con otro rasero, y los cadáveres palestinos pesan menos.

Existen dos infancias en el mundo: la que duele y la que se descarta. Europa declama principios y se lava las manos en Bruselas. Estados Unidos, ese imperio en ruinas de nuestro tiempo, financia y aplaude la carnicería como quien invierte en acciones seguras.

La niñez palestina se volvió estadística descartable. Una cifra que se informa al final del noticiero y se olvida en la sobremesa.

Fantasmas que regresan

Israel, fundado sobre la memoria del Holocausto, ha terminado reproduciendo la lógica de sus verdugos. No es un exceso retórico: basta escuchar a ministros que piden la “eliminación total” o ver la sonrisa satisfecha de Netanyahu tras anunciar una nueva ofensiva.

El sionismo que alguna vez fue refugio se convirtió en caricatura de sí mismo: un Estado que retorna a las raíces violentas de Hagannah, Stern o Irgún para sostenerse sobre el despojo.

La paradoja es cruel: quienes fueron víctimas del nazismo aplican ahora la política de exterminio contra otro pueblo. Primo Levi lo advirtió: “Quien niega a otro su humanidad se despoja a sí mismo de la suya”. Gaza confirma esa sentencia con cada cadáver extraído de los escombros.

Gaza como símbolo universal

Gaza no es sólo un lugar en el mapa: es Guernica multiplicado, Hiroshima sin pausa, Nankín en pantalla gigante. Pero, sobre todo, es espejo. Nos devuelve la imagen de un mundo que tolera la masacre diaria, que relativiza la muerte de miles de niños y que convierte la barbarie en paisaje.

La verdadera derrota no es sólo palestina. Es nuestra. La de todos nosotros, espectadores adormecidos por la abundancia de imágenes y la escasez de empatía. Gaza desnuda el fracaso de la civilización: no hay humanidad posible en un planeta que asume la matanza como precio del orden global.

Ironía y cenizas

Me pregunto si habrá justicia alguna vez. Quizás no. Tal vez Netanyahu muera en su cama, rodeado de aduladores, mientras las ruinas de Gaza se disuelven bajo el polvo.

Pero las palabras persisten, obstinadas como brasas. La literatura tiene la terquedad de los muertos que se niegan a ser olvidados.

Si el Tercer Reich levantara la cabeza, hallaría en Gaza la prueba de que la historia también sabe plagiar. Y en algún rincón de la Biblioteca de Babel, Borges ya habrá registrado esa ironía para que la humanidad —si todavía le queda voz— la lea con vergüenza.

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