La vejez como espectáculo: derechos de humo y cartón pintado

Ago 30, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Al conmemorarse este 28 de agosto la proclamación de los Derechos de la Ancianidad por Eva Perón en 1948, vale recordar que aquella lista de buenas intenciones tuvo más de liturgia populista que de política social real. Una proclama solemne que prometió dignidad a los ancianos, pero que dejó tras de sí el eco de El coronel no tiene quien le escriba: derechos anunciados, cartas sin pensión.

El escenario del mito

En 1948, Eva Perón se subió al escenario de la historia con un libreto que parecía escrito por una compañía de teatro épico-popular: proclamó los Derechos de la Ancianidad. Los presentó como si fueran tablas de la ley entregadas al pueblo desde el Monte Sinaí peronista. Nadie antes había dado tanto reconocimiento simbólico a los viejos olvidados, esos que, tras décadas de trabajo, quedaban a merced de la caridad familiar o religiosa.

Pero la política tiene sus alquimias, y en la alquimia del peronismo los derechos se mezclaban con propaganda, la justicia social con liturgia, y la vejez con un nuevo frente electoral. Porque, no nos engañemos: Evita no proclamaba para que los ancianos vivieran mejor, proclamaba para que el pueblo sintiera que vivía mejor gracias a ella.

Derechos de aire y escenografía

El decálogo era conmovedor: derecho al bienestar, al respeto, a la asistencia, al esparcimiento. Palabras bellas, casi poéticas, como flores arrojadas al escenario. Pero nadie explicaba quién iba a pagar la función. ¿Qué ley concreta iba a garantizar que un jubilado comiera dignamente? ¿Qué presupuesto estatal iba a sostener que la vejez no fuese sinónimo de pobreza?

Lo que sí existía era una maquinaria de propaganda que repetía hasta el cansancio que Evita había dado a los ancianos lo que nunca tuvieron: dignidad. Una dignidad más cercana a la gratitud hacia el poder que a la autonomía ciudadana.

Era el Estado paternalista, vestido de gala, repartiendo derechos de papel. El populismo en estado puro: ofrecer el cielo aunque en la tierra sigan faltando zapatos.

La política del agradecimiento

La proclamación no fue un acto jurídico, fue un acto emocional. Y en política, los sentimientos pesan más que las leyes. Evita se convirtió en la “abanderada de los ancianos”, y con eso reforzó la imagen maternal que sostenía la arquitectura del peronismo: Perón era el padre, Evita la madre, y el pueblo, sus hijos.

El resultado: la ancianidad no era reconocida como un grupo social con autonomía y ciudadanía plena, sino como un rebaño agradecido que debía fidelidad a quienes lo habían “salvado”. Lo que debía ser un contrato social se convirtió en un vínculo afectivo-clientelar.

Y aquí resuena con fuerza el eco de Gabriel García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba: el viejo militar esperando, cada viernes, la carta de su pensión que nunca llega. En la Argentina de Evita, la diferencia es que la carta sí llegaba, pero escrita en un lenguaje solemne que hablaba de “derechos” sin firmar nunca el cheque que los hacía efectivos.

La paradoja del tiempo

Setenta años después, los derechos de la ancianidad siguen colgados en los muros del recuerdo. Las jubilaciones mínimas no alcanzan para llenar la heladera, los geriátricos privados son un lujo, y la salud pública se sostiene con el hilo de la paciencia. Los ancianos, en la práctica, siguen esperando que aquellos derechos bajen del papel al plato.

La paradoja es brutal: Evita proclamó lo que aún no existe. El país sigue repitiendo la liturgia de los derechos como si fueran plegarias, pero sin traducirlos en políticas sostenibles. Es el populismo eterno: prometer lo imposible para mantener viva la devoción.

Entre la promesa y la estafa

Quizás Evita no hablaba para los ancianos de su tiempo, sino para los viejos de todos los tiempos: esos que, en Argentina, envejecen escuchando promesas que rejuvenecen en cada campaña electoral. Los Derechos de la Ancianidad, más que un acto de justicia social, fueron un acto de ilusionismo político, un truco en el que la miseria se disimulaba con retórica.

Al final, los ancianos no obtuvieron un Estado que los protegiera: obtuvieron un relato que los convirtió en estatuas vivientes de la gratitud peronista. Y el relato, como bien sabemos, siempre envejece mejor que la realidad.

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