Cobre escrito con vino: historia de dos provincias que aprendieron por caminos opuestos

Ago 5, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

“Las montañas no separan: señalan. A veces, lo que falta no es una veta de cobre, sino una veta de inteligencia compartida.”

Hubo un tiempo en que Mendoza y San Juan fueron hermanas siamesas separadas por una carretera. Una sola vid las unía y una misma esperanza las sostenía: que desde el desierto se podía construir una economía con perfume. Y lo hicieron. A su manera.

Mientras Mendoza afinaba el oído para el lenguaje de la estrategia, San Juan escuchaba el tambor seco del esfuerzo puro, sin orquesta. La primera fundaba escuelas de enología cuando aún no se entendía qué era el terroir. La segunda llenaba toneles a fuerza de pulmón. Las dos producían vino, sí, pero no bebían del mismo cáliz. Una creaba marca país; la otra, volumen.

Y así como el vino fue el idioma del siglo XX para estas provincias, el cobre —ese mineral rojo que parece sangrar cuando lo parten— se convierte ahora en el verbo del XXI. Porque cuando el mundo gira hacia la electrificación, el cobre ya no es un metal: es un pasaporte. Y quienes lo tengan, y sepan usarlo, entrarán a la próxima etapa del desarrollo.

Mendoza, la sabia discreta

Mendoza siempre supo algo que los demás tardaron en entender: que los recursos naturales no bastan sin infraestructura, educación técnica y diplomacia comercial. Por eso cuando llegó el tiempo del vino, ya tenía el traje puesto. Las rutas asfaltadas, el paso fronterizo aceitado, el ferrocarril funcionando y un ejército de técnicos formados en casa.

Mientras en otras provincias se discutía si la fruta era para exportar o para consumo interno, Mendoza ya había embotellado la decisión: exportar valor agregado, posicionar marca, integrar cadenas. Así fue como se quedó con el 75% de la producción vitivinícola nacional sin alardearlo demasiado. Lo hizo como quien sabe que el tiempo premia a los pacientes, no a los ruidosos.

Y sin embargo, en minería metalífera se quedó mirando desde el umbral. En parte por decisión política —la Ley 7722 puso freno a proyectos que usaran sustancias químicas—, en parte por su naturaleza conservadora cuando el tema se volvía ambientalmente sensible.

Pero el cobre seduce. Y Mendoza, que aprendió a leer las señales del mundo antes que otras, empieza a levantar la vista.

San Juan, la dura persistente

San Juan es otra cosa. No construye castillos de cristal, pero tampoco se queda esperando. Donde hay tierra dura, cava. Donde hay dudas, apuesta. Así lo hizo con la minería metalífera. Mientras medio país aún discutía si eso era bueno o malo, San Juan ya había creado carreras técnicas, aprobado proyectos, y recibido inversiones que cambiaron su economía.

Hoy tiene cinco yacimientos de cobre en fases avanzadas. Y lo más importante: tiene una red de proveedores, ingenieros, técnicos y empresas que saben lo que hacen porque lo han hecho. No aprendieron en PowerPoints, sino en faenas reales, con polvo en las botas.

El oro y la plata fueron su escuela. El cobre puede ser su graduación. Pero hasta los mejores alumnos necesitan alianzas.

Lo que podrían ser

La historia —esa vieja señora con memoria cruel— nos enseñó que separar caminos no siempre divide el destino. Mendoza y San Juan crecieron juntas y distintas. Ahora tienen una oportunidad inédita: hacer que el cobre no sea un nuevo motivo de competencia, sino de convergencia.

Porque si una tiene el músculo logístico, el olfato comercial y la capacidad de seducción institucional, la otra tiene la experiencia en el terreno, la geología probada y el ecosistema minero ya rodando. Separadas son promesa. Juntas, podrían ser potencia.

Los actores lo saben. Públicos y privados coinciden, por una vez, en algo más que en los brindis protocolares: el futuro se construye con tres ingredientes que no se exportan pero valen oro:

  • Infraestructura inteligente, no sólo para sacar el mineral, sino para integrarse al mundo. Corredores bioceánicos, trenes revividos, puertos eficientes.
  • Proveedores regionales, capaces de trabajar en ambos lados de la cordillera interna sin que la burocracia los empantane.
  • Formación técnica, con carreras comunes, estándares compartidos y movilidad laboral real entre provincias.

Lo que está en juego

No se trata solo de una cuestión de minería. Lo que está en juego es una forma de pensarse como región. Mendoza y San Juan podrían, si quisieran, ensayar una política de cooperación real, una alianza interprovincial que actúe con la escala y visión que exigen los nuevos tiempos.

Pero para eso deberán sacudirse los resabios de una cultura política acostumbrada a la fragmentación, a mirar con recelo al vecino, a priorizar lo inmediato por sobre lo estratégico. Porque los recursos pueden ser comunes, pero el desarrollo jamás es automático. Se diseña, se cuida, se negocia.

Y sobre todo: se construye con generosidad.

¿Y ni siquiera entre vecinos…?

No será fácil. Ya lo sabemos. El federalismo argentino, a veces, es más una bandera que una conducta. Y los celos provinciales suelen pesar más que la geología.

Porque si algo enseña la historia es que las oportunidades no fracasan solas: alguien las empuja al abismo. Ya lo vimos en la vitivinicultura, cuando cada provincia creyó que podía conquistar el mundo con su propio tonel, y al final fue Chile quien brindó primero.

Y ahora, cuando el cobre vuelve a latir bajo tierra, se habla de integración regional, de sinergia estratégica, de corredores compartidos… como si esa sinfonía no se desafinara a la primera nota.

Pero ¿cómo pensar en una alianza entre dos provincias si, en San Juan, los propios departamentos no logran ponerse de acuerdo ni para definir una política minera común?

¿Puede construirse una estrategia binacional entre Mendoza y San Juan, cuando ni siquiera se ha logrado una estrategia intradepartamental entre Jáchal e Iglesia?

Esa es la verdadera veta que hay que explorar: la de la madurez política. Porque si ni entre vecinos se puede, ¿quién va a creer que las provincias sí?

Tal vez el cobre esté ahí, esperando. Pero los verdaderos obstáculos no están en la roca. Están en los escritorios.

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