Argentina, entre el colapso del Estado y la promesa de lo posible

Jul 13, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

El mundo ya no es el que era

Hay épocas que se anuncian con truenos, y otras que llegan como el insomnio: sin previo aviso, pero con el peso de una certeza irrefutable. El mundo ya no es el que era. No porque haya cambiado una ley o se haya roto un tratado, sino porque algo en el pulso del tiempo se ha alterado. Lo que antes parecía eterno —el Estado, el trabajo, la naturaleza misma— comienza a resquebrajarse ante fuerzas que ni los imperios pueden contener.

Como si la humanidad entera hubiese cruzado una puerta que no puede volver a cerrar, asistimos al nacimiento de una nueva era. No tiene aún nombre definitivo ni fecha precisa, pero su sombra se proyecta sobre los continentes como una tormenta que se presiente antes del trueno. Y Argentina, país de mitologías propias, se encuentra en el centro de esa encrucijada.

Cambios de época, cambios de mirada

La historia, ese espejo manchado, nos recuerda que cada cambio de época fue también un cambio en la mirada del hombre sobre sí mismo. Cuando se inventó la escritura en Sumeria, no solo nació la Historia: también murió la palabra como único depósito de la memoria. Con la caída de Roma, no solo se desmoronó un imperio: también se extinguió una noción de unidad cultural que tardaría siglos en recomponerse.

La Revolución Francesa, con sus guillotinas y su “igualdad, libertad y fraternidad”, fue mucho más que un ajuste de cuentas con los monarcas: fue el pasaje hacia una humanidad que se pensaba como dueña de su destino. Lo mismo ocurrió, desde otra orilla, con la Revolución Rusa y sus promesas de redención proletaria. Ambos procesos fueron relámpagos que partieron el cielo histórico en dos.

Hoy, otro rayo atraviesa la noche contemporánea. Uno más silencioso, pero más profundo. Ya no se trata de la lucha entre reyes y pueblos, ni siquiera entre clases sociales. Se trata de la disolución misma de las categorías: de trabajo sin trabajadores, de naciones sin soberanía, de cuerpos sin enfermedad, de identidades líquidas. Y en este nuevo tablero, la Argentina vuelve a interrogarse: ¿cómo se habita el tiempo cuando el tiempo ya no se deja habitar?

El Estado en retirada

Desde la Revolución de Mayo hasta la Reforma Universitaria, desde el voto secreto hasta el juicio a las juntas, la historia argentina ha estado marcada por la idea de un Estado que ordena, protege y arbitra. Sin embargo, esa institución —que fue vehículo de inclusión y conflicto, de progreso y represión— hoy parece estar en retirada. No por traición, sino por superación.

El poder, como el agua, busca su cauce más libre. Y ese cauce ya no es estatal. Lo dominan fondos de inversión, corporaciones tecnológicas, plataformas digitales. Google tiene más capacidad de espionaje que cualquier Ministerio del Interior. Amazon puede paralizar una economía si retrasa una entrega. BlackRock puede definir el valor del dólar con un solo movimiento de capital.

En este mundo donde el capital no necesita fronteras y la información vale más que el oro, el Estado aparece como un remanente de otro siglo. Las democracias, jaqueadas por la antipolítica, por la fatiga institucional y por una ultraderecha que ya no disimula su desprecio por el consenso, se asemejan a esos antiguos trenes de vapor: pesados, ruidosos y cada vez más lentos.

La revolución invisible: tecnología y genética

Cada revolución tecnológica trae consigo un cambio en la estructura profunda del mundo. Lo hizo el vapor, lo hizo la electricidad, lo hizo la informática. Hoy, la inteligencia artificial y la bioingeniería anuncian un salto no evolutivo, sino fundacional. Por primera vez, el ser humano puede alterar no solo su entorno, sino su propia esencia.

La inteligencia artificial promete —y amenaza— automatizar tareas, decisiones, relaciones. ¿Qué ocurre con una sociedad donde el saber ya no reside en la experiencia, sino en una red neuronal entrenada? ¿Qué significa la educación en un mundo donde la memoria se terceriza? ¿Qué sentido tiene el trabajo cuando los robots no hacen huelga ni se enferman?

La bioingeniería, por su parte, no solo prolonga la vida: la rediseña. El sueño de crear seres humanos “mejorados” deja de ser distopía para convertirse en opción política. La ética se convierte en frontera movediza y los derechos, en moneda de cambio científico.

Cambio climático: el fin de las metáforas

Si las transformaciones tecnológicas parecen abstractas, el cambio climático no deja lugar a metáforas. El planeta se calienta. Los glaciares se derriten. Las sequías asolan cosechas. El mar reclama territorios. Y los pueblos, empujados por el hambre o por las catástrofes, migran en masa hacia donde pueden respirar.

Argentina, con su vasta geografía y su baja densidad poblacional, podría tener en ello una oportunidad estratégica. Su perfil agroganadero, su acceso al agua dulce, su proyección antártica, son activos que podrían cobrar un nuevo valor en la reorganización global de recursos. Pero eso solo ocurrirá si el país logra pensar en términos de futuro, y no de urgencias eternas.

La base Orcadas, instalada en 1904, cuando el mundo aún creía en la ciencia como fe, nos recuerda que la geopolítica también se juega en los hielos. En la era por venir, el Atlántico Sur, el estrecho de Magallanes y la Antártida podrían convertirse en escenarios centrales. La pregunta es si estaremos allí por decisión o por omisión.

La selva multipolar y el riesgo de la irrelevancia

Durante el siglo XX, el mundo tuvo dos polos. Después, un solo sheriff. Hoy, varios jugadores compiten en simultáneo sin reglas claras. China, Rusia, India, Irán, la Unión Europea, Estados Unidos: todos pujan, todos comercian, todos espían. La multipolaridad no es un reparto más justo: es una selva de pactos tácticos, alianzas reversibles y tensiones permanentes.

Para un país como Argentina, con tradición de no alineamiento y vocación integradora, este podría ser un escenario propicio para recuperar autonomía. Pero la subordinación automática a las potencias anglosajonas, como hoy ocurre, nos vuelve predecibles e irrelevantes. No se trata de elegir entre Washington o Pekín: se trata de pensar desde Buenos Aires. ¿Puede Argentina encontrar una síntesis entre lo que cae y lo que viene? ¿Entre la prosa de lo cotidiano y el verso de lo posible?

Entre el verso y el proyecto

Argentina ha sido muchas cosas: promesa, laboratorio, fracaso, ejemplo, advertencia. Pero siempre fue, sobre todo, una posibilidad. Aún conserva una reserva estratégica de inteligencia, creatividad y resistencia cultural. Tiene científicos, técnicos, artistas. Tiene aún universidades públicas y memoria política. Tiene juventud que se organiza y comunidades que resisten.

La cuestión es si sabrá convertir ese potencial en proyecto. Si podrá superar la adicción a la decadencia y al lamento. Si se animará a diseñar un modelo propio en vez de replicar ajenos. Porque ningún algoritmo podrá prever el futuro argentino si este no se escribe desde su singularidad.

La pregunta que define una época

Y entonces, desde esta encrucijada marcada por la inteligencia artificial, la crisis climática, el colapso del Estado y el reacomodamiento geopolítico, la pregunta que se alza, implacable y urgente, no puede ser otra que esta:

¿Será este el tiempo en que la Argentina despierte su alma libertaria y vuelva a encender, como en Mayo, la llama de una revolución que ilumine al mundo?

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