No todo lo que brilla es táctil

Jul 9, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

En un mundo que ya no subraya, el subrayado se ha vuelto un gesto de nostalgia. Las bibliotecas —esas repúblicas del polvo— ya no convocan revoluciones ni amores. Parecen parques sin niños, estaciones sin trenes. Hoy, todo se escribe con un dedo y se borra con el mismo.

Antes, el saber tenía olor: a tinta, a papel, a noche larga con lámpara encendida. Tenía peso. Había que cargar con él en la mochila, hacerlo cuerpo. Y cuando se leía, se leía de verdad: con pausa, con dudas, con ganas de discutirle al autor o de abrazarlo. Había márgenes donde uno podía anotar su propio desacuerdo. Donde una pregunta escrita a lápiz podía sobrevivir generaciones, esperando respuesta en cada nuevo lector.

Pero ahora la sabiduría cabe en una pantalla que cabe en un bolsillo. Es ligera, se desliza, se actualiza cada segundo. No hay que buscarla: te encuentra sola, disfrazada de notificación. Y, sin embargo, cada vez sabemos menos. Porque saber ya no implica comprender, sino repetir. Ya no es un proceso, sino un producto.

Dicen que estamos en la era de la información. Pero la información sin contexto es puro ruido. Y el ruido —aunque venga en alta definición— no nos deja pensar. Todo llega rápido y se va más rápido aún. Se aprende para olvidarlo, se opina sin haber leído. Se comparte antes de comprender. Hay más datos que nunca, y menos sabiduría que siempre. La cantidad ha vencido a la calidad, como un ejército sin alma.

Lo preocupante no es que los libros se vendan menos, sino que ya no se los extrañe. Que nadie busque en una novela una respuesta. Que la lectura profunda haya sido reemplazada por la lectura urgente: titulares, subtítulos, eslóganes, frases diseñadas para impactar, pero no para quedarse. El pensamiento se volvió pasajero. Y lo pasajero, política de Estado. Hoy, lo que no es viral no existe. Lo que no se puede escanear en diez segundos, molesta.

En otro tiempo, enseñar a leer era un acto de justicia. Hoy parece un trámite escolar. El verbo leer ha sido domesticado: se lee para aprobar, no para rebelarse. Se escribe para likes, no para decir lo que duele. ¿Y quién se va a sentar a leer una carta si ni siquiera sabemos estar sentados sin mirar el celular? Leer se ha vuelto una rareza. Una excentricidad. Un gesto subversivo.

No se trata de romantizar el papel. No todo libro es sabio, ni todo lector es libre. Pero había algo en el ritual de la lectura que nos acercaba a lo humano: esa espera entre páginas, ese silencio que no era vacío, sino espacio para imaginar. Ahora las pantallas no dan tregua: nos vigilan, nos gritan, nos programan. No hay espacio entre una imagen y otra. No hay silencio. No hay sombra.

Y sin sombra, no hay profundidad.

Los griegos creían que la escritura era peligrosa porque debilitaba la memoria. Qué dirían si supieran que ya nadie recuerda un número de teléfono. Que para saber quiénes somos necesitamos Wi-Fi. Que si no lo posteamos, no ocurrió. Vivimos más pendientes del registro que de la experiencia. Más atentos a la cámara que a la escena.

El mundo cambió, claro. Nadie pide volver al pergamino. Pero cuando la tecnología avanza sin compañía del pensamiento, se transforma en abandono. Y hay algo en nosotros que está quedando huérfano. El lenguaje, por ejemplo. Esa herramienta con la que una vez se hicieron revoluciones, ahora se usa para vender aspiradoras o para insultar en redes. El idioma ha pasado de ser puente a ser mercancía. Y cuando las palabras se alquilan, la verdad se esfuma.

Las pantallas brillan, sí. Pero no iluminan. Solo encandilan.

Aun así, yo tengo una esperanza con forma de cuaderno. Una esperanza con olor a página nueva, con margen izquierdo, con tachones. Creo que todavía hay quienes escriben a mano, no por romanticismo, sino porque la lentitud también es una forma de cuidar. Porque para algunos, una letra torcida es más honesta que mil filtros digitales. Escribir a mano es hacer pausa en un mundo de aceleración. Es decirle al tiempo: «yo mando aquí».

No, el papel no está muerto. Está refugiado. Como un exiliado que espera que pase la tormenta para volver. Porque no todo lo que brilla es táctil. Porque no todo lo que desaparece se ha perdido. Porque todavía hay tiempo —aunque sea poco— para desobedecer al algoritmo y sentarse a leer sin prisa. Sin expectativas. Sin recompensa inmediata.

Y porque todavía hay palabras que merecen ser dichas, aunque nadie las escuche. Palabras que no buscan aplausos ni cliks, sino compañía. Palabras que no sirven para vender, pero sí para recordar que seguimos siendo humanos. Y que, a veces, basta una frase escrita en un margen para salvarnos del olvido.

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