Shakespeare necesitó cinco actos para retratar el cinismo del poder. Javier Milei parece decidido a demostrar que, con un micrófono y suficientes aduladores, la tragedia puede convertirse en un espectáculo permanente.
William Shakespeare tuvo la extraordinaria virtud de comprender las miserias del poder mucho antes de que los políticos descubrieran que podían exhibirlas públicamente y, encima, recibir aplausos. En Ricardo III, el dramaturgo inglés construyó uno de los personajes más fascinantes de la literatura universal. Un hombre cuya ambición era tan desmesurada como su capacidad para manipular, mentir y convertir la perversidad en una forma de inteligencia política.
Cuatro siglos después, la Argentina parece haber encontrado una adaptación presidencial de aquella tragedia. Aunque con una diferencia considerable. Ricardo III necesitaba conspirar, traicionar y eliminar adversarios para conquistar el trono. Javier Milei llegó mediante elecciones democráticas y, una vez instalado en la Casa Rosada, parece empeñado en seguir comportándose como si todavía estuviera peleando por entrar.
Hay hombres que llegan al poder y comienzan a gobernar. Otros llegan y continúan haciendo campaña. Y algunos, particularmente dotados para el espectáculo, descubren que gobernar resulta menos entretenido que insultar a quienes no comparten sus extraordinarias opiniones sobre sí mismos.
En Madrid, ante un auditorio de empresarios, políticos y académicos de la derecha española, Milei llamó a Pedro Sánchez “impresentable dictador” y sostuvo que había que sacar a los socialistas “a patadas”.
El público aplaudió.
Naturalmente.
Siempre hay una corte dispuesta a celebrar las groserías del monarca, especialmente cuando nadie corre el riesgo de perder la cabeza por reírse demasiado fuerte.
La escena habría despertado la curiosidad de Shakespeare. No por la originalidad del insulto, que cualquier borracho medianamente inspirado podría superar antes del tercer vaso, sino por esa fascinante transformación de la vulgaridad en una supuesta virtud política.
Hemos llegado a una época en la que la falta de educación se confunde con autenticidad, la agresividad con valentía y la incapacidad de discutir civilizadamente con una extraordinaria independencia de pensamiento.
Ricardo III conocía perfectamente las ventajas de semejante procedimiento. Su habilidad consistía en manipular el lenguaje hasta conseguir que las víctimas parecieran culpables y que sus ambiciones personales adquirieran la respetabilidad de una causa superior.
Conviene establecer una distinción. No se trata de equiparar los crímenes del personaje shakespeariano con las acciones de Milei. Eso sería una estupidez histórica y una torpeza literaria. El parentesco pertenece a un territorio más sutil y bastante más inquietante. Ambos permiten examinar la teatralización del poder, el uso calculado de la confrontación y la necesidad de construir enemigos para sostener un relato.
Ricardo III necesitaba adversarios para justificar sus conspiraciones. Milei parece necesitarlos para alimentar una campaña electoral que se resiste a terminar.
La casta, los socialistas, los colectivistas, los periodistas, los intelectuales y cualquiera que tenga la desagradable ocurrencia de disentir pueden terminar incorporados a una nómina de enemigos tan extensa que pronto resultará más sencillo identificar a quienes todavía no han sido insultados.
El procedimiento ofrece ventajas políticas considerables.
Mientras todos discuten el último exabrupto presidencial, las preguntas verdaderamente incómodas esperan educadamente su turno. La economía, los salarios, las instituciones, las relaciones internacionales y las consecuencias concretas de las decisiones gubernamentales quedan momentáneamente desplazadas por el espectáculo.
Es una fórmula extraordinaria. Cuando faltan argumentos, se fabrican enemigos. Cuando aparecen contradicciones, se aumenta el volumen. Y cuando alguien exige explicaciones, siempre queda la posibilidad de llamarlo socialista.
Por supuesto, Pedro Sánchez puede y debe ser cuestionado. Ningún gobernante merece inmunidad frente a la crítica. Pero existe una distancia intelectual considerable entre cuestionar sus decisiones y llamarlo dictador sin demostrar que ejerce una dictadura.
La primera actividad pertenece a la política. La segunda, al repertorio de un hombre que parece haber confundido la diplomacia con una discusión de sobremesa.
Sin embargo, sería injusto atribuirle toda la responsabilidad al protagonista.
Shakespeare comprendió que ningún aspirante al poder construye su destino en soledad. Siempre necesita cortesanos, aduladores y espectadores dispuestos a confundir sus excesos con demostraciones de grandeza.
En Madrid hubo aplausos. En Argentina también los hay.
Y acaso allí resida el aspecto más inquietante de esta representación. No en que un presidente insulte, sino en que una parte de la sociedad haya terminado considerando el insulto una demostración de inteligencia política.
La prudencia se volvió cobardía. La cortesía, debilidad. La reflexión, una pérdida de tiempo. Y la grosería adquirió el prestigio de una revolución.
Ricardo III terminó descubriendo que el poder podía ser conquistado mediante la manipulación, pero no necesariamente conservado gracias a ella.
La historia argentina todavía está escribiendo su desenlace.
Shakespeare, al menos, tuvo la delicadeza de terminar su tragedia en el quinto acto.














