El último examen de mi secundaria no fue de matemáticas, literatura ni historia. Nuestro profesor decidió hacernos una pregunta que parecía demasiado sencilla para treinta jóvenes que estaban a punto de graduarse. Quería saber si sabíamos cómo se llamaba el portero de nuestro colegio. De los treinta alumnos, solamente uno pudo responder.
Habíamos pasado años estudiando nombres de próceres, fechas de batallas, fórmulas matemáticas y acontecimientos que cambiaron el mundo. Sin embargo, veintinueve de aquellos treinta estudiantes ignoraban el nombre de un hombre que había compartido silenciosamente nuestra vida escolar. Alguien que llegaba antes que nosotros, limpiaba las aulas y preparaba cada mañana el escenario donde otros tenían el privilegio de enseñar y aprender.
Han pasado muchos años desde aquel examen. Olvidé algunas lecciones, muchas fechas y probablemente demasiadas fórmulas. Pero nunca olvidé aquella pregunta. Con el tiempo comprendí que aquel profesor no estaba evaluando nuestra memoria. Estaba examinando nuestra humanidad. Y veintinueve de nosotros habíamos desaprobado.
Hace unos días recibí un mensaje de un portero de una escuela de San Juan. No me escribió para hablar de pedagogía ni para discutir reformas educativas. Me habló de salarios, de una lucha por mejorar sus condiciones laborales y de la necesidad de encontrar un medio de comunicación dispuesto a escuchar a quienes pocas veces aparecen en las noticias.
Su mensaje me devolvió a aquel salón de clases. Comprendí que el problema no era solamente que veintinueve adolescentes desconocieran el nombre de un trabajador. El verdadero problema era una sociedad que había aprendido a necesitar a ciertas personas sin aprender a reconocerlas.
Los porteros llegan cuando todavía es de madrugada, cuando las calles permanecen vacías y el frío sanjuanino atraviesa los abrigos. Limpian baños, barren patios, preparan aulas y mantienen en condiciones los espacios donde transcurre buena parte de la infancia de nuestros hijos. Son parte indispensable de la estructura educativa, aunque rara vez aparezcan en los discursos oficiales.
En San Juan se anuncian programas, se presentan estadísticas, se inauguran edificios y se pronuncian discursos sobre el futuro. Pero existe una contradicción que ninguna campaña publicitaria puede disimular. Mientras el Gobierno provincial habla de transformación educativa, trabajadores esenciales deben reclamar una remuneración digna.
Según información difundida por el Ministerio de Educación, en septiembre de 2026 los porteros vinculados mediante contratos administrativos de servicios de colaboración debían facturar 462.000 pesos mensuales. No hablamos necesariamente de dinero disponible para sus familias, sino de un monto bruto de facturación, sujeto a los gastos correspondientes.
La comparación con el costo de vida resulta reveladora. Tomando como referencia las cifras de septiembre de 2026 utilizadas para este análisis, una familia de cuatro integrantes necesitaba aproximadamente 1.632.505 pesos para cubrir la canasta básica total. La canasta alimentaria alcanzaba los 738.690 pesos.
Los 462.000 pesos representan apenas el 28,3 por ciento de aquella canasta total. La diferencia supera el millón ciento setenta mil pesos. Ni siquiera alcanzan para cubrir la canasta alimentaria familiar.
Conviene precisar que no conocemos la composición de todos los hogares ni sus demás ingresos. Pero la comparación permite dimensionar la insuficiencia de esa remuneración frente a las necesidades de una familia.
Hay una ironía dolorosa en todo esto. El trabajador que limpia el comedor donde desayunan los alumnos puede regresar a su casa preocupado por cómo alimentar a sus propios hijos. Quien prepara las aulas donde se enseña que el trabajo dignifica debe reclamar para que esa dignidad encuentre alguna correspondencia en su salario.
Durante junio, porteros autoconvocados se manifestaron en el Centro Cívico. Reclamaron mejoras salariales, recategorizaciones y estabilidad laboral. El conflicto, por lo tanto, trasciende el testimonio individual de este trabajador y exige respuestas institucionales.
El Gobierno de Marcelo Orrego podrá invocar restricciones presupuestarias, dificultades financieras y negociaciones pendientes. Son argumentos que merecen examinarse. Pero también corresponde preguntar cómo se establecen las prioridades de una administración que encuentra recursos para celebraciones, ferias y acontecimientos multitudinarios, mientras anuncia inversiones millonarias en equipamiento tecnológico y determinados trabajadores escolares siguen reclamando ingresos suficientes para vivir.
No se trata de afirmar que cancelar un espectáculo resolvería automáticamente el problema salarial. Se trata de exigir transparencia presupuestaria y una explicación convincente sobre las prioridades del gasto público.
Porque gobernar también consiste en decidir quién espera y quién cobra, qué necesidad se posterga y qué acontecimiento merece financiamiento inmediato.
Los porteros no necesitan homenajes ni fotografías junto a funcionarios. Tampoco necesitan que los convirtamos en héroes anónimos para justificar sus derechos. Son trabajadores, tienen familias, pagan alquileres, compran alimentos y enfrentan las mismas dificultades económicas que cualquier ciudadano.
La escuela no comienza cuando suena el timbre. Comienza mucho antes, cuando alguien abre sus puertas, enciende las luces y limpia los restos del día anterior. Sin ese trabajo, ninguna reforma pedagógica, computadora nueva o discurso ministerial puede garantizar condiciones adecuadas para enseñar.
Aquel trabajador no me pidió un homenaje, una fotografía ni un reconocimiento público. Me pidió algo bastante más sencillo y, aparentemente, más difícil de conseguir. Que alguien escuchara su reclamo.
Y entonces volví a recordar a mi profesor.
Aquel hombre consiguió enseñarnos, mediante una sola pregunta, algo que no figuraba en ningún programa de estudios. Nos demostró que era posible compartir años con una persona sin reconocer verdaderamente su existencia.
Hoy quisiera formular aquella misma pregunta a las autoridades educativas de San Juan.
¿Cómo se llama el hombre que limpia la escuela de nuestros hijos?
Porque si después de tantos años seguimos sin conocer su nombre, difícilmente podremos comprender el valor de su trabajo.
Y si conocemos su nombre, pero ignoramos las condiciones en las que vive, entonces no hemos aprendido absolutamente nada.














