Gobierno busca apoyo en el gremio, pero ninguno sabe leer PISA

Sep 13, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Argentina volvió a caer en PISA y en San Juan encontraron una forma singular de leer los resultados. Gobierno y gremio coinciden en que no hay que hablar de fracaso, señalan a la pobreza, la pandemia, las computadoras y el formato de la prueba, mientras programas recientes aparecen como confirmación de que estamos “en el camino correcto”. El problema ya no parece ser solamente cuánto comprenden los alumnos, sino cuánto comprenden quienes conducen y explican la educación.

Hay algo más preocupante que obtener malos resultados en una evaluación educativa. No saber interpretarlos.

PISA 2025 dejó números suficientemente incómodos como para evitar los eufemismos. En Argentina, apenas el 24% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel 2 en Matemática, el 40% lo consiguió en Lectura y el 41% en Ciencias. El desempeño promedio cayó respecto de 2022 en las tres áreas y también quedó por debajo de 2018. No estamos frente a una percepción periodística ni ante una operación opositora. Son datos de la OCDE.

Pero en San Juan ocurrió un pequeño milagro pedagógico. La ministra de Educación, Silvia Fuentes, leyó los resultados y encontró en ellos la confirmación de que estamos “en el camino correcto”. Desde UDA, Karina Navarro prefirió no hablar de fracaso sino de diagnóstico. Gobierno y gremio coincidieron, además, en señalar las dificultades socioeconómicas, los efectos de la pandemia, los problemas con el formato digital y la necesidad de sostener programas provinciales.

Extraña coincidencia. Cuando los números incomodan al poder, siempre aparece alguien dispuesto a ayudar a interpretarlos.

Quizá deberíamos comenzar precisamente por comprender qué significa un diagnóstico. Un diagnóstico no es una palabra amable que reemplaza a fracaso. Es una construcción técnica que identifica un problema, mide su dimensión, intenta establecer sus causas y permite diseñar intervenciones que después deberán ser evaluadas. Y para hacer eso hacen falta técnicos. No alcanzan funcionarios, dirigentes gremiales, buenas intenciones ni programas con nombres publicitarios.

La primera contradicción resulta extraordinaria. En San Juan participaron aproximadamente 70 estudiantes pertenecientes a tres instituciones. La propia ministra relativizó inicialmente la posibilidad de extrapolar esos resultados al conjunto de la provincia. La prudencia era correcta. PISA fue diseñada mediante procedimientos muestrales rigurosos para producir determinadas estimaciones. La muestra argentina estuvo compuesta por 11.093 estudiantes de 412 escuelas y cumplió los estándares técnicos establecidos para reportar resultados nacionales.

Pero de allí no surge automáticamente que 70 alumnos sanjuaninos constituyan una radiografía estadísticamente representativa de toda la educación provincial. Si esos 70 estudiantes no permiten inferir el estado general de San Juan, tampoco pueden utilizarse para demostrar que las políticas educativas provinciales marchan por el camino correcto. Una muestra no puede ser pequeña cuando incomoda y transformarse en diagnóstico cuando conviene.

Eso no es estadística. Es elasticidad argumental.

Más curiosa todavía resulta la explicación informática. Gobierno y gremio señalaron que el formato digital de PISA pudo perjudicar a estudiantes poco habituados a esa modalidad y la ministra vinculó ese problema con la decisión gubernamental de entregar computadoras. La hipótesis puede discutirse. El problema aparece cuando una hipótesis empieza a utilizarse como explicación antes de demostrarla.

Los propios datos de PISA muestran una realidad bastante más compleja. Argentina tiene dificultades importantes en preparación para el aprendizaje digital, pero los estudiantes también utilizan dispositivos durante una cantidad considerable de tiempo escolar. Y existe otro dato incómodo. Más de la mitad declara sufrir distracciones digitales frecuentes durante las clases de Ciencias.

Entonces quizá el problema no sea simplemente tener o no tener una computadora. Una computadora no alfabetiza, no enseña Matemática ni desarrolla pensamiento lógico por el simple hecho de estar apoyada sobre un pupitre. Puede ser una extraordinaria herramienta pedagógica cuando existe una estrategia detrás. Sin ella también puede convertirse en una costosísima máquina para mirar videos.

Confundir equipamiento tecnológico con política educativa es precisamente una de las señales de una interpretación superficial del problema.

Después aparece Comprendo y Aprendo. La alfabetización temprana es indispensable y comenzar desde los primeros años constituye una decisión razonable. Pero una cosa es defender el programa y otra bastante diferente utilizar PISA 2025 para sugerir que ese programa demuestra que San Juan está en el camino correcto. Los adolescentes evaluados acumularon muchos años de escolaridad anteriores a las actuales políticas provinciales.

PISA 2025 no demuestra que Comprendo y Aprendo funciona. Tampoco demuestra que fracasa. Simplemente no puede demostrar todavía ninguna de las dos cosas. Para saberlo hacen falta líneas de base, indicadores previamente establecidos, mediciones comparables, seguimiento longitudinal y evaluaciones de impacto. Hace falta distinguir correlación de causalidad, definir qué se pretende modificar y establecer cómo se comprobará que efectivamente se modificó.

En otras palabras, hacen falta técnicos.

Lo mismo sucede con Modo Matemática. Puede convertirse en un excelente programa o terminar archivado junto con la extensa colección de planes educativos argentinos cuyos nombres sobrevivieron bastante más que sus resultados. Todavía no lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, un Ministerio técnicamente sólido debería decirnos desde ahora cómo piensa medirlo. Cuántos estudiantes parten de cada nivel, qué competencias deberán adquirir, en cuánto tiempo, mediante qué instrumentos se evaluarán, cómo se compararán los avances y qué decisiones se tomarán si los resultados esperados no aparecen.

Eso es política educativa basada en evidencia. Lo demás son presentaciones.

Desde UDA aparece entonces la pobreza. Naturalmente que las condiciones socioeconómicas influyen sobre el aprendizaje. Negarlo sería intelectualmente absurdo. PISA lleva años demostrando la relación entre origen socioeconómico y desempeño. Pero reconocer un condicionamiento no significa convertirlo en absolución.

La pobreza condiciona, pero no explica todo y mucho menos exime al sistema educativo de su responsabilidad. Porque si aceptáramos que determina inexorablemente el rendimiento, la escuela perdería precisamente una de sus funciones esenciales, que es reducir las desigualdades de origen y ampliar las oportunidades de quienes nacieron con menos.

También aparece la pandemia. Por supuesto que produjo daños educativos. Pero llevamos seis años desde 2020 y convertirla en explicación permanente empieza a parecer menos un diagnóstico que una coartada. La pandemia agravó problemas educativos profundos, pero muchos de ellos existían antes de que aprendiéramos siquiera qué significaba una cuarentena.

Ahora se propone además avanzar hacia la jornada completa. Puede ser una excelente decisión, pero agregar horas no garantiza aprendizaje. Si no sabemos qué ocurre pedagógicamente dentro de esas horas, extender la jornada puede significar simplemente extender el problema. Antes habría que definir contenidos, metodologías, capacitación docente, sistemas de evaluación, acompañamiento de estudiantes rezagados e indicadores de resultados.

Más tiempo no significa necesariamente mejor educación, del mismo modo que más computadoras no significan necesariamente alfabetización digital, más programas no significan mejores aprendizajes y más anuncios no constituyen política educativa.

Tal vez allí se encuentre la enseñanza más incómoda que dejó PISA. Argentina tiene un problema grave con Matemática, Lectura y Ciencias. Pero San Juan exhibe además otro problema. Frente a información técnicamente compleja, las explicaciones públicas parecen construirse con demasiada rapidez y demasiada conveniencia.

Si la muestra provincial es pequeña, sirve para relativizar los resultados. Si la prueba se realizó en computadora, aparece la tecnología como explicación. Si existe pobreza, aparece el contexto socioeconómico. Si hubo pandemia, aparece 2020. Y mientras cada uno de esos factores merece ser estudiado seriamente, todos juntos terminan levantando una formidable muralla de explicaciones alrededor de quienes administran el sistema.

Gobierno y gremio terminaron encontrándose detrás de la misma pared. Siempre encontramos una explicación. Lo que seguimos sin encontrar son suficientes resultados.

Quizá por eso deberíamos abandonar la discusión sobre si PISA significa fracaso o diagnóstico. Es una disputa semántica bastante pobre frente a la magnitud del problema. Llámenlo como quieran, pero comprendan los números.

Porque cuando aproximadamente ocho de cada diez estudiantes argentinos no alcanzan el nivel mínimo esperado en Matemática, el problema deja de ser discursivo. Y cuando frente a semejante evidencia quienes conducen la educación encuentran la confirmación de que marchan por el camino correcto, aparece una pregunta mucho más incómoda.

¿Quién evalúa a los evaluadores?

Tal vez Modo Matemática comenzó por el destinatario equivocado. Antes de volver a examinar a los alumnos, podríamos sentar frente a los resultados a quienes diseñan, conducen, defienden y explican la educación sanjuanina.

Esta vez no hace falta regalarles una computadora. Alcanza con entregarles el informe y pedirles algo que llevamos años exigiéndoles a nuestros chicos.

Que comprendan lo que leen.

Aunque, después de escuchar algunas explicaciones oficiales, quizá convenga agregar una última aclaración.

Cuando les entreguen PISA, por favor, explíquenles que no es pizza.

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