Mañana Javier Milei hablará sobre Malvinas y se anuncia una ley contra las empresas vinculadas a la explotación ilegal de sus recursos. Pero quizá convenga escuchar algo más que las palabras presidenciales. La historia demuestra que las negociaciones sobre las islas muchas veces comenzaron hablando de petróleo, pesca o cooperación. La pregunta es otra. ¿Argentina está empezando a construir las condiciones para discutir alguna forma de soberanía compartida?
Mañana habrá que escuchar a Javier Milei con atención, pero también habrá que escuchar sus silencios. En política exterior, a veces una palabra omitida explica mucho más que una cadena nacional completa.
Se anuncia que el Presidente enviaría al Congreso un proyecto destinado a sancionar a empresas argentinas que presten servicios o asistencia a compañías que desarrollen actividades económicas en las Islas Malvinas sin autorización de nuestro país. El anuncio aparece relacionado con Sea Lion, el proyecto petrolero impulsado por Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum en aguas próximas al archipiélago.
A primera vista parece una decisión contundente. Argentina reafirma soberanía y rechaza la explotación unilateral de los recursos naturales. Pero Malvinas nunca debería analizarse solamente desde la superficie de los anuncios. Hay que levantar la vista y mirar el mapa completo.
Donald Trump acaba de afirmar que Estados Unidos estaría dispuesto a revisar su posición respecto de la controversia. Eso no significa que Washington vaya a reconocer la soberanía argentina ni que Londres vaya a sentarse mañana a negociar. Sería irresponsable afirmarlo. Pero en diplomacia las palabras de una potencia rara vez son inocentes, mucho menos cuando petróleo, territorio, recursos naturales y geopolítica aparecen en la misma conversación.
Además existe un detalle que merece atención. Argentina ya cuenta con legislación destinada a sancionar actividades hidrocarburíferas realizadas sin autorización nacional. Las leyes 26.659 y 26.915 establecieron sanciones para personas físicas y jurídicas involucradas en esas actividades.
Entonces la pregunta periodística resulta inevitable. ¿Qué cambia realmente con la nueva ley?
Si solamente endurece lo existente, estaremos frente a una decisión importante pero incremental. Si extiende responsabilidades hacia proveedores, operadores financieros, aseguradoras o empresas logísticas, habrá algo diferente. Y si esa presión económica aparece posteriormente acompañada por movimientos diplomáticos, quizá tengamos que empezar a mirar bastante más lejos.
Porque hay una palabra que probablemente nadie pronuncie mañana y, sin embargo, lleva décadas caminando silenciosamente alrededor de Malvinas.
Compartir.
No necesariamente compartir para siempre la soberanía. Podría significar compartir temporalmente administración, recursos o determinados mecanismos institucionales mientras continúa pendiente la cuestión fundamental. Parece una idea extraordinaria, pero la historia demuestra que no lo es.
En 1974 el Reino Unido llegó a proponer un condominio anglo-argentino y Argentina respondió con una propuesta de administración conjunta. Las conversaciones no prosperaron. En 1975 volvió a circular la posibilidad de un condominio y, en 1980, Londres exploró otra fórmula, transferir la soberanía a Argentina y recibir simultáneamente las islas en arrendamiento durante un período prolongado.
Nada de aquello puede trasladarse mecánicamente a 2026. Después ocurrió una guerra que dejó una cicatriz imposible de borrar. Pero queda un dato histórico que conviene rescatar del polvo de los archivos. La soberanía sobre Malvinas ya fue discutida mediante fórmulas intermedias.
Después de 1982 hubo que regresar lentamente de las armas a las palabras. Los acuerdos de Madrid establecieron el llamado paraguas de soberanía. Argentina y el Reino Unido pudieron alcanzar entendimientos prácticos sin abandonar sus respectivas posiciones sobre la cuestión de fondo.
Tal vez allí exista una pequeña llave para entender el futuro. Una negociación no tendría necesariamente que comenzar con una bandera bajando y otra subiendo. Podría comenzar con petróleo, pesca, vuelos, inversiones, logística, cooperación científica o garantías para los habitantes. Podría comenzar con alguna forma de administración conjunta y recién después llegar a esa palabra que lleva casi dos siglos esperando detrás de todas las demás.
Soberanía.
La Constitución argentina establece el límite. La Nación ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes, y considera su recuperación y el ejercicio pleno de la soberanía un objetivo permanente e irrenunciable.
Entonces cualquier fórmula compartida debería juzgarse por su destino y no solamente por su nombre.
Compartir para recuperar no es lo mismo que compartir para renunciar.
También estarán los habitantes de las islas. Sus derechos, propiedades, cultura, idioma y forma de vida deberán recibir garantías. La propia Constitución argentina obliga a respetar su modo de vida. Pero reconocer esos derechos no significa convertirlos automáticamente en titulares exclusivos de una controversia de soberanía entre Argentina y el Reino Unido.
Malvinas exige inteligencia, firmeza y patriotismo. Porque el patriotismo no consiste únicamente en sostener una bandera, recordar a nuestros héroes o afirmar que las Malvinas son argentinas. También significa tener la madurez de acordar, negociar y construir cuando hacerlo nos acerca al objetivo irrenunciable de recuperar el ejercicio pleno de nuestra soberanía.
Malvinas es un sentimiento. Está en quienes combatieron, en quienes quedaron para siempre en aquellas tierras, en sus familias y en generaciones que aprendimos desde niños a reconocer aquellas dos formas en el mapa. Está cada 2 de abril, en las vigilias y en los veteranos que todavía cuentan lo vivido. Por eso negociar no necesariamente significa ceder y acordar no necesariamente significa renunciar. A veces construir soberanía exige encontrar caminos allí donde durante décadas solamente levantamos paredes.
No alcanza con sancionar empresas ni con repetir que las Malvinas son argentinas. Eso ya lo sabemos y, sobre todo, lo sentimos. Lo difícil es transformar ese sentimiento en una política de Estado capaz de atravesar gobiernos e ideologías y construir las condiciones políticas, económicas, jurídicas y diplomáticas para que algún día aquello que repetimos desde la escuela vuelva a convertirse en ejercicio efectivo de soberanía.
Quizá Sea Lion termine siendo solamente otro episodio de una historia demasiado larga. O quizá el petróleo esté comenzando a mover piezas que permanecieron demasiado tiempo inmóviles. Todavía no podemos saberlo.
Por eso mañana habrá que mirar más allá de la ley. Mirar a Washington y a Londres. Escuchar cómo se habla de los habitantes de las islas, de los recursos y de la cooperación. Observar si aparecen palabras como administración, conectividad, desarrollo conjunto o garantías. Y preguntarnos si detrás de un endurecimiento público comienza silenciosamente algún acercamiento diplomático.
A veces los países endurecen sus posiciones antes de negociar. A veces una conversación sobre petróleo termina hablando de territorio. Y algunas puertas comienzan a abrirse tan despacio que nadie escucha el ruido de la cerradura.
Mañana Milei hablará.
Escuchemos el discurso, pero después levantemos la vista.
Quizá el acontecimiento verdaderamente importante no sea la ley que llegue al Congreso, sino las primeras piezas de un tablero mucho mayor.
Y si algún día aparece sobre ese tablero una fórmula de soberanía compartida, habrá que formular una pregunta antes de dejarnos seducir o asustar por esas dos palabras.
¿Compartir para regresar o compartir para renunciar?
Porque compartir puede ser una concesión, pero también puede ser un puente.
Y después de casi dos siglos mirando aquellas islas desde esta orilla, Argentina debería tener la inteligencia, la memoria y el patriotismo suficientes para cruzar un puente sin olvidar jamás hacia dónde quiere llegar.
Podremos discutir los caminos, los acuerdos, los tiempos y hasta la manera de regresar. Lo que no podemos discutir es el destino.
Malvinas, volveremos.














