Es sabido que Javier Milei rara vez consigue mantener la atención de un auditorio cuando intenta desarrollar una exposición económica de manera estrictamente académica. Por eso suele recurrir a sus exabruptos, a las provocaciones o a sus ya conocidos bailes, recursos que generan titulares con mucha más facilidad que un razonamiento sólido.
Cuando abandona el espectáculo y pretende sostener una clase de economía, el interés comienza a diluirse. Las simplificaciones, las afirmaciones categóricas y la reiteración de consignas ideológicas terminan sustituyendo al análisis riguroso. El resultado suele ser un auditorio que esperaba profundidad y encuentra, en cambio, un discurso más cercano a la arenga política que a la reflexión académica.
Lima no fue la excepción.
Entonces apareció Dios.
No el Dios de San Agustín, ni el de Santo Tomás, ni siquiera el de los Evangelios. Apareció un Dios sorprendentemente liberal, convertido en profesor de macroeconomía y garante de la propiedad privada. Los Diez Mandamientos dejaron de ser un código moral para transformarse, según el Presidente argentino, en una suerte de manifiesto económico escrito varios siglos antes de Adam Smith.
Conviene hacer una aclaración antes de continuar.
Este cronista no cree en la Biblia como verdad revelada ni en la existencia de un Dios. Precisamente por eso, el discurso provocó una mezcla de asombro y una involuntaria sonrisa. No por su contenido religioso, sino por la extraordinaria facilidad con la que un texto espiritual de miles de años fue convertido en un manual de teoría económica. La ocurrencia resulta tan desmesurada que por momentos deja de ser una tesis para convertirse en una caricatura intelectual. Más que una construcción filosófica, pareció una gran estupidez revestida de solemnidad académica.
La afirmación resulta tan ingeniosa como insostenible.
Los Diez Mandamientos jamás pretendieron explicar cómo funciona un mercado. Fueron concebidos para responder una pregunta mucho más profunda: cómo debe comportarse el ser humano frente a Dios y frente a los demás. Allí conviven la prohibición de matar, de mentir, de robar y de codiciar. Ninguno habla del déficit fiscal, del tipo de cambio, de la emisión monetaria o de la elasticidad de la demanda.
Resulta curioso que quien encuentra en las Escrituras una defensa irrestricta de la propiedad privada omita otros pasajes igualmente centrales. El mismo texto bíblico que condena el robo también exige proteger al pobre, socorrer al extranjero, alimentar al hambriento y recordar que el amor al dinero constituye una de las mayores tentaciones humanas.
La Biblia no escribió una teoría económica.
Escribió una ética.
Tampoco resiste demasiado análisis la afirmación de que la filosofía griega, el derecho romano y las raíces judeocristianas bastan para explicar la prosperidad de Occidente.
Grecia produjo a Sócrates, Platón y Aristóteles, pero también edificó su democracia sobre una sociedad esclavista. Roma legó uno de los sistemas jurídicos más extraordinarios de la historia mientras conquistaba pueblos enteros mediante la guerra. La Europa cristiana levantó universidades y catedrales, aunque también conoció cruzadas, inquisiciones y persecuciones religiosas.
La historia nunca fue un relato lineal donde las virtudes derrotaron definitivamente a los errores. Fue, precisamente, el escenario donde ambas convivieron.
Reducir esa complejidad a una consigna política constituye una forma elegante de falsificar el pasado.
Más adelante llegó el turno de la izquierda.
Según Milei, se trata de una ideología construida sobre el odio, la envidia y el resentimiento. El problema de esas definiciones absolutas es que suelen parecer convincentes hasta que aparece la historia. Porque si algo demuestra el siglo XX es que ninguna ideología posee el monopolio del desastre. El comunismo produjo dictaduras sangrientas. El fascismo hizo lo propio. También hubo autoritarismos nacidos desde el nacionalismo, el militarismo e incluso desde gobiernos que decían defender el libre mercado mientras anulaban libertades fundamentales.
Las ideas no fracasan únicamente por ser de izquierda o de derecha. Fracasan cuando dejan de reconocer la dignidad humana, cuando sustituyen el pensamiento por el fanatismo y cuando convierten al adversario en un enemigo moral.
Cuando la política abandona los matices, termina pareciéndose más a un sermón que a una discusión.
Y fue entonces cuando el Presidente decidió hablar del periodismo.
Cada generación de gobernantes encuentra una explicación semejante: cuando la prensa acompaña, informa; cuando investiga, conspira; cuando pregunta, molesta; cuando contradice, miente.
Es una teoría tan antigua que resulta difícil atribuirle originalidad.
La diferencia entre un periodista y un propagandista no consiste en coincidir o discrepar con el poder. Consiste en aceptar que ninguna autoridad merece quedar exenta de preguntas. El mandamiento que prohíbe levantar falso testimonio obliga al periodista, sin duda, pero con la misma fuerza obliga al gobernante. Porque el poder también puede mentir, manipular estadísticas, exagerar logros, ocultar fracasos o construir relatos convenientes.
Los Diez Mandamientos no distinguen entre periodistas y presidentes.
Quizá el episodio más llamativo de Lima no haya sido el discurso, sino el escenario.
Una universidad debería ser el lugar donde las certezas entran para ser examinadas, no para ser canonizadas. Allí las ideas se someten a evidencia, no a aplausos. El prestigio académico no consiste en confirmar convicciones, sino en ponerlas permanentemente a prueba.
Cuando una ceremonia universitaria termina pareciéndose a un acto partidario, la filosofía deja de dialogar con la ciencia y comienza a servir a la política.
No hace falta creer en Dios para advertir que los textos sagrados merecen algo más de respeto que ser utilizados como diapositivas de una conferencia económica. Tampoco hace falta ser creyente para comprender que la filosofía comienza donde termina el dogma.
Aquella tarde, en Lima, una universidad entregó un doctorado. La economía perdió una clase. La teología perdió contexto. Y la inteligencia terminó observando, con una mezcla de perplejidad e ironía, cómo un texto milenario era reducido a un eslogan político.
Quizá esa sea la mayor pobreza intelectual de nuestro tiempo. Ya no discutir las ideas, sino utilizarlas como utilería para sostener una ovación.














