Antes que las fronteras, las puertas

Jul 31, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay objetos que enseñan más sobre la política que muchas bibliotecas.

Las puertas son uno de ellos.

No preguntan quién gobierna, qué bandera flamea ni qué ideología proclama quien las atraviesa. Solo obedecen una regla tan antigua como la convivencia: quien adquiere el derecho de cerrarlas para otros debe aceptar que, algún día, otros también podrán cerrárselas.

Esa regla tiene un nombre.

Reciprocidad.

No suele aparecer en los discursos grandilocuentes ni despertar ovaciones. Sin embargo, sobre ella descansa buena parte del derecho internacional. Ningún Estado puede exigir un trato que no está dispuesto a conceder. Ningún gobernante puede reclamar respeto para su país mientras convierte el irrespeto hacia otros en una forma de hacer política.

Por eso el reciente decreto migratorio del gobierno argentino (DNU) 681/2026, firmado por el presidente Javier Milei, abre un debate mucho más profundo que el simple control de las fronteras.

La Argentina tiene pleno derecho a decidir quién ingresa a su territorio. La soberanía incluye esa facultad y ningún país serio renuncia a ella. El problema comienza cuando esa decisión pretende transformarse en una obligación moral para los demás, mientras quien firma el decreto actúa como si las puertas ajenas existieran únicamente para permanecer abiertas frente a sus propios excesos.

Hace apenas unos días, Javier Milei cruzó una de esas puertas.

Entró en Brasil.

No lo hizo para fortalecer el Mercosur ni para reconstruir una relación diplomática deteriorada. Eligió participar en un acto político vinculado con la oposición brasileña y, desde el propio territorio de Brasil, volvió a descalificar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva con el estilo provocador que ha convertido en una marca personal.

Allí aparece la contradicción.

El mismo presidente que sostiene que un extranjero puede perder el derecho de ingresar a la Argentina por determinados discursos decidió utilizar el territorio de otro Estado para agraviar públicamente a su máxima autoridad.

La escena parece escrita por la ironía.

Es como si un hombre golpeara la puerta de un vecino para entrar en su casa y, una vez adentro, comenzara a insultar al dueño del hogar antes de marcharse convencido de que la próxima vez volverá a ser recibido con la misma cortesía.

La política internacional no funciona de esa manera.

Las puertas tienen memoria.

Brasil, como cualquier país soberano, posee exactamente el mismo derecho que Argentina a decidir quién entra en su territorio y bajo qué condiciones. Esa es la esencia de la reciprocidad. No consiste en responder un insulto con otro insulto. Consiste en recordar que las reglas nunca pertenecen exclusivamente a quien las dicta.

Si mañana Brasil aprobara una norma inspirada en el mismo principio, el debate cambiaría inmediatamente de perspectiva.

Porque toda ley revela su verdadera naturaleza cuando imaginamos que será aplicada contra quien la escribió.

Ese es el ejercicio que rara vez realizan los gobiernos dominados por la euforia del poder.

Creen que las normas siempre serán utilizadas por ellos y nunca sobre ellos. Confunden el mandato con un privilegio permanente y la autoridad con una licencia para actuar sin consecuencias. Es una vieja ilusión de la política: el delirio de la omnipotencia.

Desde que llegó al poder, Milei construyó buena parte de su identidad alrededor de una defensa casi absoluta de la libertad de expresión. Los insultos, las descalificaciones y las agresiones verbales fueron presentados como manifestaciones legítimas del debate político.

Ahora descubrimos una excepción.

La libertad parece ilimitada cuando sale de la Casa Rosada y bastante más estrecha cuando cruza la frontera argentina en dirección contraria.

Existe una diferencia enorme entre defender la soberanía nacional y confundirla con el orgullo personal del gobernante.

Criticar al presidente no equivale a odiar a la Argentina.

Cuestionar un gobierno no significa atacar a un pueblo.

Las repúblicas existen precisamente para recordar que los gobiernos pasan y las naciones permanecen.

Brasil no es Lula.

Argentina no es Milei.

Sin embargo, el discurso presidencial parece borrar esa diferencia. La crítica al mandatario termina presentada como una agresión al país. Y cuando eso ocurre, la política deja de proteger instituciones para comenzar a proteger susceptibilidades.

Las consecuencias trascienden los titulares.

Brasil es uno de los principales socios comerciales de la Argentina. Miles de empresas, trabajadores, productores y exportadores dependen de una relación madura entre ambos países. Los presidentes pueden disfrutar del aplauso fácil que produce un insulto. Son los ciudadanos quienes terminan pagando el costo de esas provocaciones.

Los países no comercian con agravios.

No firman tratados con descalificaciones.

No construyen confianza sobre impulsos.

Las puertas de una nación representan mucho más que un puesto de control migratorio.

Son el símbolo de una decisión soberana, pero también de una responsabilidad. Quien decide cerrarlas para otros debería recordar siempre una verdad elemental: las puertas nunca se abren en un solo sentido.

La reciprocidad no amenaza.

Simplemente devuelve.

Por eso, antes de convertir una frontera en un instrumento político, conviene recordar que la diplomacia posee una memoria mucho más larga que los mandatos presidenciales. Los gobiernos cambian, las relaciones entre los pueblos permanecen y las reglas que hoy se escriben pueden terminar aplicándose mañana contra quienes las redactaron.

Porque, al final, quien hoy decide quién entra, mañana puede descubrir que ya no lo dejan entrar a él.

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