El partido que todavía no termina

Jun 12, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay partidos que duran noventa minutos y hay partidos que duran medio siglo.

Argentina 6. Perú 0.

Rosario, 21 de junio de 1978.

Casi cincuenta años después, la pelota sigue rodando.

Porque aquella noche no se jugó solamente un partido de fútbol. Se jugó una leyenda. Una sospecha. Un mito latinoamericano que todavía se resiste a desaparecer. En Perú, miles de personas siguen preguntándose qué ocurrió realmente. En Argentina, miles siguen respondiendo que ocurrió exactamente lo que mostró el marcador. Y entre ambas versiones habita una historia donde aparecen dictadores, barcos cargados de trigo, acuerdos secretos, operaciones de inteligencia y una goleada tan improbable que terminó convirtiéndose en una novela colectiva escrita por la memoria de dos países.

La historia oficial es conocida. Brasil había ganado su partido y Argentina necesitaba vencer por cuatro goles de diferencia para clasificar a la final. No era una tarea sencilla. Perú seguía siendo una selección respetada, heredera de una generación brillante encabezada por Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y Juan Carlos Oblitas. Sin embargo, aquella noche ocurrió algo que parecía imposible. Argentina ganó seis a cero.

Cuando los números desafían la lógica, América Latina produce lo que mejor sabe fabricar: relatos.

La primera semilla de la leyenda nació antes del silbato inicial. Minutos antes del encuentro, Jorge Rafael Videla ingresó al vestuario peruano acompañado por Henry Kissinger. El mensaje oficial hablaba de amistad entre pueblos y hermandad continental. Décadas después, aquella escena seguiría provocando preguntas. No porque constituya una prueba de manipulación, sino porque resulta demasiado extraña para un partido que ya cargaba sobre sus espaldas una enorme presión política y deportiva.

Y aquel Mundial estaba lejos de ser normal.

Mientras los estadios se llenaban de papelitos y banderas, Argentina era gobernada por la dictadura militar de Jorge Rafael Videla. A pocos kilómetros de los festejos funcionaban centros clandestinos de detención. Mientras el mundo celebraba goles, otros argentinos desaparecían en silencio.

Del otro lado de la cordillera tampoco gobernaba una democracia. En Perú ejercía el poder Francisco Morales Bermúdez. Aquella noche no sólo coincidían dos selecciones nacionales. También coincidían dos gobiernos militares, dos estructuras de poder y una época en la que los uniformes tenían más influencia que las urnas.

Ese contexto terminó contaminándolo todo, incluso el fútbol.

Entonces comenzaron a circular historias. Que Argentina había enviado miles de toneladas de trigo al Perú. Que existían acuerdos económicos reservados. Que la dictadura de Videla y el gobierno de Morales Bermúdez mantenían relaciones mucho más estrechas de lo que admitían públicamente. Que ambos regímenes compartían mecanismos de cooperación política e intercambio de información en los años del Plan Cóndor. Que algunos futbolistas habían sido comprados. Que otros habían sido presionados. Que el arquero Ramón Quiroga, nacido en Rosario y nacionalizado peruano, ocupaba un lugar incómodo dentro de aquella trama.

Con el paso de los años aparecieron libros, investigaciones, testimonios y documentales. Ninguna explicación logró imponerse definitivamente sobre las demás. Y precisamente allí reside la fuerza de la leyenda; nunca pudo demostrarse completamente, pero tampoco pudo ser enterrada.

Décadas después apareció José Velásquez. No presentó documentos ni grabaciones. Presentó algo mucho más poderoso: memoria. Velásquez, una de las figuras de aquella selección peruana, afirmó públicamente que algunos jugadores y dirigentes se habían vendido antes del encuentro. Sostuvo que existieron acuerdos previos y declaró que la presencia de Videla en el vestuario no había sido una simple cortesía diplomática.

Sus palabras reabrieron una herida que parecía cerrada.

Pero ocurrió algo igualmente revelador. Nadie logró demostrar que José Velásquez tenía razón. Y tampoco nadie consiguió destruir completamente sus afirmaciones.

Otros protagonistas defendieron la honorabilidad del plantel. Teófilo Cubillas rechazó las sospechas. Ramón Quiroga negó durante décadas cualquier arreglo. Juan Carlos Oblitas cuestionó las teorías conspirativas. Los testimonios comenzaron a enfrentarse entre sí y la verdad quedó atrapada en una niebla donde la memoria de unos contradice la memoria de otros.

Como suele ocurrir en América Latina.

Nuestros archivos desaparecen. Nuestros testigos envejecen. Nuestros dictadores mueren. Pero nuestras preguntas sobreviven.

Por eso el 6 a 0 dejó de ser un resultado deportivo para convertirse en una criatura mitológica. Algo parecido a El Dorado. Todos hablan de él. Nadie logra encontrarlo completo. Cada generación agrega una nueva capa de interpretación. Los abuelos recuerdan conspiraciones. Los padres recuerdan sospechas. Los hijos descubren fotografías de Videla entrando al vestuario peruano y vuelven a formular las mismas preguntas.

Mientras tanto, el marcador permanece inmóvil.

Seis a cero.

Tan inmóvil como una estatua. Tan incómodo como una cicatriz.

Quizás por eso la fotografía imaginaria nunca desaparece. Videla observando desde Buenos Aires. Morales Bermúdez observando desde Lima. Los generales sonriendo. Los futbolistas corriendo. Y millones de latinoamericanos intentando descubrir dónde terminaba la política y dónde comenzaba el fútbol.

Casi medio siglo después, nadie lo sabe con certeza.

Porque el Mundial de 1978 fue mucho más que una Copa del Mundo. Fue una gigantesca operación simbólica construida en una época donde las dictaduras necesitaban exhibir normalidad ante el mundo. Y cuando una dictadura organiza una fiesta, incluso los fuegos artificiales parecen interrogatorios.

Por eso la sospecha nunca desapareció. No nació únicamente de los goles. Nació del contexto.

Argentina conserva la copa. Perú conserva la duda. Y América Latina conserva la leyenda.

Tal vez nunca sepamos qué ocurrió realmente aquella noche de invierno en el Gigante de Arroyito. Tal vez existió una conspiración. Tal vez sólo hubo un equipo brillante encabezado por Mario Kempes, Daniel Passarella y Osvaldo Ardiles enfrentando a un rival agotado física y emocionalmente. Tal vez convivieron elementos de ambas explicaciones.

Pero los grandes mitos no sobreviven porque sean verdaderos. Sobreviven porque expresan una verdad más profunda.

Y la verdad profunda del 6 a 0 es que, desde aquella noche, ningún latinoamericano volvió a mirar ese resultado sin escuchar detrás del estadio un ruido extraño, como si entre los cánticos de la multitud todavía pudiera oírse el murmullo de los fantasmas.

Los del fútbol.

Y los de la historia.

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